Ursula, la pata coja
La legalidad no admite agujeros negros. No en la Unión Europea, que es, por encima de todo, una construcción legal democrática


¿Sigue siendo creíble Ursula von der Leyen? El lunes causó un terremoto. Proclamó que el sistema internacional “basado en reglas” está amortizado. Y que como “ya no podemos confiar en él como la única manera de defender nuestros intereses… debemos buscar formas creativas de abordar las crisis”.
El martes, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, la desautorizó: “Los europeos debemos defender el orden internacional basado en normas”, los “principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas” y “el derecho internacional”. El miércoles, ella copió esa frase ante el Parlamento Europeo, añadiéndole su “compromiso inquebrantable” al respecto. Pero no se retractó explícitamente del texto inicial. Solapó ambos. Anuló el primero en parte, pues no es sostenible una cosa y la contraria. Pero dejó viva su propuesta de buscar formas creativas alternativas porque la actuación sujeta a ley no puede ser la única manera de defender a Europa.
Esa tesis convalida y promueve las acciones ilegales. Más aún cuando antes aplicó el calificativo de “fórmula innovadora” y “creativa” al gulag para inmigrantes de Giorgia Meloni en Albania. O, en la prédica del lunes, se regocijó del asesinato del ayatolá déspota, por muy “celebrado”, sentimiento nunca elevable a categoría jurídico-política.
La legalidad no admite agujeros negros. No en la Unión Europea, que es, por encima de todo y antes que un mercado y unas políticas ―discutibles y reformables―, una construcción legal democrática, una “comunidad de derecho”. Que tiene máximo e insoslayable rango constitucional en los primeros artículos del Tratado de la UE (el 2, el 3 y el 7): democracia, igualdad, Estado de derecho, derechos humanos, derecho internacional.
El derecho comunitario prevalece sobre los de los Estados miembros, según los principios de primacía y efecto directo, consagrados en la jurisprudencia del Tribunal de Justicia. De modo que acatarlo no es cuestión menor, sino existencial. Sin la primacía del nivel federal, denostada por los ultras, quebraría la argamasa de la unión: la propia Unión.
La proclama de Von der Leyen, aún no subsanada, es tanto más letal por cuanto ella preside la Comisión: la institución ejecutiva, y también colegisladora con protagonismo máximo. Ejerce, según la expresión clásica, de guardiana de los Tratados. La que los cumple y procura hacerlos cumplir por los demás incluso con sanciones; la que “vela“ y “supervisa” su aplicación. Y, salvo en política exterior y de seguridad (justo el jardín en que torcidamente se entrometió), “asume” la representación de la UE (artículo 7). Clave: como regla general dispone del monopolio de la iniciativa legislativa. Las normas (¡cuyas bases ahora cuestiona!) “Solo podrán adoptarse a propuesta de la Comisión”.
Mientras no rectifique como corresponde, Von der Leyen es, política e institucionalmente, pata coja.
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