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Tribuna

La ciudad disipada

Parte de la solución a la crisis de la vivienda no está en el mapa, sino en el cronómetro y en el termómetro

Viviendas en rehabilitación en Barcelona.GETTY

La ciudad contemporánea no es un conjunto de coordenadas geográficas, sino un organismo herido por la entropía. Si pudiéramos elegir los códigos de la mirada, y dejar de observar la ciudad como un escenario construido con mayor o menor fortuna, y enfocar la ciudad como un sistema vivo, metabólico, probablemente concluiríamos que sufre una hemorragia constante de energía, tiempo y dignidad humana. El problema de la vivienda en España no es únicamente una falta de metros cuadrados —ese es el relato dominante—, es también un fracaso de la termodinámica social.

Durante décadas, nos vendieron el extrarradio como el Edén de la clase media: una promesa de futuro horizontal y parcelado donde la felicidad se medía en metros adosados. Sin embargo, desde una óptica física, el extrarradio es el triunfo del desorden. Es la dispersión de la energía. Al alejar la vida del centro, obligamos al sistema a quemar recursos masivos en transporte y suministros. Hemos creado “ciudades dormitorio”, puntos fríos en el mapa donde la vida humana solo transcurre de forma residual y en fines de semana. Mientras perdemos por el retrovisor nuestro hogar, el centro se convierte en un parque temático. El extrarradio no fue una solución habitacional; fue una huida hacia adelante que fragmentó la comunidad en átomos aislados tras muros de pladur y vallas de jardín, en el mejor de los casos.

Políticamente, parece que el control del relato se ha vuelto más importante que el control de la eficiencia.

Debemos entender la vivienda como un flujo de energía. Una casa de 120 metros cuadrados habitada por una sola persona en un centro urbano tensionado es, físicamente, una ineficiencia sistémica; éticamente, es un espacio retenido. Una propuesta de Mitosis Residencial y Rehabilitación de Flujo Positivo, el cambio de uso y la adaptación de edificios terciarios en desuso, no nace de una voluntad de control, sino de un imperativo ético: el derecho a la ciudad consolidada.

Recuperar los centros urbanos no significa gentrificarlos, sino densificarlos con inteligencia. Al fragmentar las unidades sobredimensionadas y reconvertir los esqueletos de oficinas obsoletas, estamos inyectando turgencia al tejido urbano. Estamos permitiendo que la juventud regrese a los nodos de intercambio de información y cultura, reduciendo la entropía del transporte y restaurando el pulso de los barrios. Estamos siendo energéticamente eficientes y evitando millones de toneladas de emisiones de gases urbanos.

La ética del siglo XXI nos exige pasar de la arquitectura del objeto a la arquitectura del metabolismo. Rehabilitar no es solo sustituir revestimientos, es transformar un agujero negro energético en un nodo de generación. Cuando aislamos un bloque de los años setenta y lo dividimos para albergar nuevas vidas, no estamos solo haciendo obra; estamos realizando un acto de justicia termodinámica y social. Estamos permitiendo que el ahorro energético financie la propia existencia de la vivienda.

Parte de la solución a la crisis de la vivienda no está en el mapa, sino en el cronómetro y en el termómetro. Está en la capacidad de ver el metro cuadrado no como una propiedad inerte, sino como una oportunidad de encuentro. Si logramos que el espacio fluya de donde sobra a donde falta, si convertimos el desperdicio térmico en equidad social, habremos vencido a la entropía.

La ciudad del futuro no debería únicamente ser una expansión infinita hacia el horizonte; es un regreso consciente, denso y vibrante al corazón de lo que nos hace humanos: la proximidad. Por tanto, el reto es transformar una parte del problema de la escasez de vivienda en una oportunidad de redención urbana.

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