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Editorial

Milei, reformar e insultar

Los cambios que necesita Argentina son de tal calado que requieren un debate sosegado, no los malos modos del presidente

El presidente de Argentina, Javier Milei, durante la apertura del periodo legislativo de sesiones en el Congreso Nacional, en Buenos Aires. Agustin Marcarian (REUTERS)

El presidente argentino, Javier Milei, atraviesa en el meridiano de su mandato el momento de mayor fortaleza política. Tras un inicio cargado de obstáculos, fruto de su raquítica representación parlamentaria y de su inexperiencia, el ultraderechista ha armado un espacio de poder propio, capaz de doblegar a una oposición peronista sin brújula y de imponer en el Congreso reformas de calado. Hace cinco meses, Milei necesitó de la ayuda de Donald Trump para mantener a flote su lucha contra la inflación, sostenida en un feroz recorte fiscal y emisión cero. El rescate financiero de EE UU eliminó el riesgo de una nueva suspensión de pagos y detuvo el derrumbe de la moneda nacional. Las consecuencias políticas fueron inmediatas: el partido de Milei, La Libertad Avanza, ganó con comodidad las elecciones legislativas de medio mandato en octubre pasado y, gracias a una amplia estrategia de alianzas, logró el control del Congreso. Reforzado, Milei ha logrado en el último mes la aprobación de leyes consideradas hasta ahora tabú en Argentina, como una reforma laboral que elimina derechos de los trabajadores considerados intocables o la reducción de la mayoría de edad penal desde los 16 hasta los 14 años. La raíz de los problemas, sostiene, es que el país se ha estructurado alrededor del principio de justicia social, una “aberración” a la que considera responsable de “100 años” de decadencia nacional.

Entre sus enemigos están también los grandes empresarios industriales argentinos, a los que acusa de vivir de la protección del Estado, mientras promete un futuro de prosperidad sostenido en las exportaciones del campo y la energía. No hay duda de que Argentina necesita reformas estructurales que pongan fin a sus interminables ciclos de auge y crisis. Las leyes laborales, por poner un ejemplo, datan de principios de los años setenta, cuando el mundo era otro. Desde el regreso a la democracia, en 1983, todos los gobiernos no peronistas intentaron cambiar las reglas del trabajo, pero chocaron contra el muro del peronismo, que encontraba en ellas su identidad partidaria. Lo que está en duda es si basta recortar derechos a los trabajadores para que mágicamente crezca el empleo formal, suban los salarios y disminuyan los despidos, como promete Milei. Sobran los ejemplos en sentido contrario.

La magnitud de las reformas que propone el mandatario merece un debate sosegado, donde todos los sectores tengan voz. El presidente va en sentido contrario: acompaña sus reformas de un discurso de odio hacia todo el que se atreva a ponerse en su camino, neutralizando el debate. En la apertura del año legislativo, celebrada este domingo, Milei se perdió en insultos hacia la oposición, lejos de lo que se espera de un líder que propone a la sociedad sangre, sudor y lágrimas para salir del pozo. La polarización nunca es una buena estrategia, sobre todo cuando millones de argentinos solo esperan soluciones a sus problemas.

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