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tribuna

Ucrania, entre lo que no puede ser y lo que es imposible

Kiev no puede ganar, pero Moscú tampoco, y el conflicto se cronificará salvo un verdadero impulso de la vía diplomática para llegar a algún tipo de pacto

enrique flores

En estos cuatro años desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania ha dado tiempo para elaborar todo tipo de discursos y valoraciones, desde los muy escorados ideológicamente hasta los directamente manipuladores y al margen de los hechos, tanto de lo ocurrido como de lo que puede deparar el futuro inmediato. En todo caso, sin pretender establecer ningún tipo de verdad absoluta sobre lo primero y, menos aún, sobre lo segundo, sí parece posible determinar algunas cosas.

A la hora de señalar responsabilidades, es incuestionable que Rusia ocupa la primera posición, por su flagrante violación militar de la integridad territorial de un Estado soberano, pero el listado no se agota ahí. EE UU también debe asumir su carga, tanto por forzar la inclusión de Ucrania como candidato a la OTAN (Bucarest, 2008) como por alimentar la inseguridad rusa con el abandono de tratados de control de armas y despliegue de sistemas antimisiles en su vecindad. Y si la actitud rusa huele a rancio imperialismo, la estadounidense suena a manipulación irresponsable de Ucrania, agobiada por asegurar su propia existencia.

Si las tropas regulares que defendían el aeropuerto de Hostómel no hubieran sido capaces de abortar el asalto aerotransportado que debía conectar con las columnas mecanizadas procedentes de Rusia y de Bielorrusia con la clara pretensión de tomar Kiev y deponer a Volodímir Zelenski, seguramente hoy Vladímir Putin podría sacar pecho al hablar de su operación especial militar, y el resto del planeta lo habría aceptado como un hecho consumado. Y, del mismo modo, si el propio Zelenski hubiera tomado el avión que le ofrecía Washington para salir del país, en lugar de quedarse para liderar la defensa, probablemente la voluntad de resistencia de los ucranios no habría sido la que llevamos viendo desde entonces.

Lo mejor que se puede decir de Ucrania, tanto de sus fuerzas armadas como de su población, es que ha resistido infinitamente más de lo que nadie pudo imaginar en el arranque de la invasión frente a una maquinaria militar que entonces se suponía imparable. A pesar de su inferioridad demográfica, agravada por la salida de unos siete millones de ucranios que decidieron cruzar a otros países, sus militares han sorprendido a propios y extraños, primero con un rendimiento en combate muy distinto al registrado en 2014 (anexión rusa de Crimea) y, desde entonces, con una singular destreza para incorporar a la carrera nuevas tecnologías y tácticas, hasta el punto de que se puede estimar que hoy es el ejército más operativo de Europa. Pero ni su creciente capacidad para atacar objetivos rusos en profundidad contra instalaciones críticas, ni su considerable capacidad industrial para alimentar a sus unidades (misil Flamingo incluido) ocultan su forzada actitud defensiva, sin opciones para lanzar una ofensiva que expulse a los invasores de su suelo.

Por su parte, Rusia, a pesar de su inicial ventaja demográfica, económica, industrial y militar, está sufriendo un serio revés, no solo en su imagen de pretendida superpotencia, sino también en vidas humanas y en su economía. Ni la adopción de una economía de guerra ni la reiteración de esfuerzos (echando mano incluso de efectivos norcoreanos y hasta africanos) le han permitido controlar más que el 19% de Ucrania y, aunque sus tropas siguen avanzando muy lentamente, está fuera de su alcance lograr el dominio total del país por vía militar. De ahí que no quepa esperar que otra ofensiva en la próxima primavera vaya a cambiar sustancialmente la situación sobre el terreno.

Sin el apoyo de sus aliados, con EE UU a la cabeza hasta el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Ucrania no habría podido llegar hasta aquí. El problema no es solo que Trump haya cerrado el grifo, sino que no oculte su alineamiento con Putin para presionar a Zelenski hasta la capitulación, aceptando la pérdida de parte de su territorio y quedando a expensas de futuras intentonas rusas.

La Unión Europea ha mostrado abiertamente sus vergüenzas y sus debilidades estructurales. Queda claro que a corto plazo (y Kiev no puede esperar al largo plazo) no está en condiciones de sustituir a Washington, dado que no tiene capacidad industrial para asegurar el suministro de munición o de inteligencia al nivel necesario. Tampoco ha logrado sitio en la mesa de negociaciones, mientras se le va poniendo cara de pagador principal en la reconstrucción posbélica. Tratando de buscar algún elemento positivo de esa penosa situación, solo queda por ver si lo ocurrido le sirve para dar el necesario salto de voluntad política para romper la tendencia a la irrelevancia y acercarse a la ansiada autonomía estratégica.

Militarmente, el uso masivo de drones e ingenios robóticos ha impactado de tal modo las tácticas de combate que va a obligar a un replanteamiento total de los ejércitos, desde la producción de armas hasta el adiestramiento del personal militar y la planificación y ejecución del ataque y la defensa. Ucrania se ha convertido en un campo de experimentación que, por un lado, cuestiona la eficacia de sistemas de armas que hasta hoy parecían imprescindibles (desde grandes plataformas navales a carros de combate, aviones y helicópteros) y, por otro, impulsa la automatización del campo de batalla, con el peligro que supone la deshumanización de la guerra ante la profusión de sistemas autónomos (sin participación humana). De ese modo, sin flota ha logrado expulsar a Rusia del mar Negro y sin aviación suficiente ha impedido a Moscú gozar de superioridad aérea, lo que ha complicado sobremanera los movimientos de sus unidades terrestres.

Para colmo, la guerra en Ucrania ha servido para acelerar la deriva armamentística en la que están sumidos los Veintisiete, aceptando sumisamente el dictado de Trump. Y si antes teníamos una amenaza (Moscú), ahora debemos sumar la que representa abiertamente el trumpismo.

En definitiva, Ucrania no puede ganar, pero Rusia tampoco. De ello se deriva que el conflicto tienda a cronificarse, en la medida en que resulta imposible imaginar que Putin vaya a salir con las manos vacías de su apuesta militarista, salvo que cobre verdadero impulso la vía diplomática para llegar a algún tipo de pacto. Un pacto que estará muy lejos de una paz, justa y duradera, pero que sirva al menos para salvar momentáneamente la cara a ambos contendientes. Eso, en términos realistas y asumiendo que Kiev ha llegado al límite de sus capacidades y que sería iluso esperar que sus aliados vayan a aumentar el apoyo lo suficiente como para permitirle dar la vuelta a la situación actual, significa inevitablemente una pérdida de territorio.

El futuro de Ucrania está, para desesperación de Zelenski y los suyos, en manos de otros. Otros que no cabe esperar que estén dispuestos a jugársela por los ucranios. De ahí se deduce que el margen de maniobra de Kiev es muy estrecho y ni siquiera puede aspirar a obtener unas garantías de seguridad fiables, más allá de lo que Putin esté dispuesto a aceptar. Todo ello sin olvidar que ya en 1994 (Memorándum de Budapest), a cambio de renunciar a su arsenal nuclear, Washington, Moscú y Londres actuaron como avalistas de su integridad territorial. ¿Qué y quién puede ofrecerles a los ucranios hoy algo más sólido para que puedan volver a confiar en su futuro?

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