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Editorial

Catástrofe en la ayuda al desarrollo

Los drásticos recortes de Trump, imitados por varios países, están condenando a la muerte o a la miseria a millones de personas

Medición del crecimiento de un niño en la región de Karamoja, en Uganda.Hajarah Nalwadda (Getty Images)

El devastador efecto del cierre de la agencia de cooperación estadounidense (USAID) por Donald Trump en julio del año pasado, al que siguieron drásticos recortes (de entre un 9% y un 17%) por varias potencias europeas en su ayuda oficial al desarrollo, comienza a poder cuantificarse. Las cifras reflejan ya una verdadera catástrofe de un modo de entender la lucha contra la miseria y las mismas relaciones internacionales. La situación proyecta un macabro dato: 22 millones de muertes más de las previstas de aquí a cuatro años. Hay que recordar que USAID, la mayor agencia de cooperación gubernamental del mundo, suponía el 40% de la ayuda global al desarrollo.

La falta de fondos por el cierre de los programas ha supuesto una debacle de puestos de trabajo en el sector de la ayuda humanitaria y la cooperación, lo que se traduce en la retirada total de las organizaciones de territorios clave en la lucha contra la pobreza y la mortalidad. Entidades grandes y pequeñas no han tenido más remedio que reestructurar sus prioridades para decidir qué crisis pueden seguir siendo atendidas, en una suerte de triaje de emergencia donde, inevitablemente, no todos recibirán la ayuda que necesitan. Los datos hablan por sí mismos; solo en 2025, ocho agencias de Naciones Unidas, ocho grandes ONG internacionales y el Comité Internacional de la Cruz Roja anunciaron más de 31.000 despidos. Eso por no mencionar organizaciones más pequeñas y especializadas que se ven abocadas a poner su actividad bajo mínimos.

Desgraciadamente, no ha sido necesario esperar mucho para constatar los nefastos resultados de los recortes decretados por Trump y los países que le han imitado: el año pasado, la mortalidad infantil creció por primera vez en lo que va de siglo, hasta sumar 4,8 millones de menores de cinco años fallecidos. Pero no es una cuestión meramente de cifras, por sombrías que resulten, y de puestos de trabajo. Insidiosamente, Trump, sus colaboradores y sus admiradores han desatado un inaceptable clima de hostilidad —por no decir de abierta calumnia— contra unas organizaciones que han demostrado de forma repetida que están en primera línea en la lucha contra la desigualdad global; en el combate contra enfermedades que, de no ser identificadas y controladas, arrasarían la población del planeta, y en la ayuda en situaciones de conflicto manteniendo la necesaria neutralidad. La campaña de desprestigio ha causado mella también en las donaciones privadas, cuando lo cierto es que, diga lo que diga el discurso populista, la ayuda humanitaria internacional ha demostrado con datos comprobables que tiene un impacto positivo real y tangible en millones de vidas.

Conviene decirlo con claridad. La pobreza no es un problema de los más pobres sino de todo el planeta, y combatirla no es una cuestión de justicia básica —lo que por sí solo ya debería bastar—, sino un asunto que afecta a la seguridad global. Dejar que se pierdan decenas de miles de vidas por una medida política egoísta y corta de miras debería tener consecuencias no solo para quienes fallecen o son condenados a seguir sobreviviendo en la miseria, sino para quienes han tomado tal decisión.

Como en otros terrenos del actual panorama mundial, las principales potencias, y en especial la UE, deben sentar las bases de un sistema de ayuda internacional que ya no puede contar con la participación de Estados Unidos. La cooperación no es una forma de limosna o un arma de presión, como la entiende Trump, sino una obligación moral que, además, beneficia a todos.

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