Una Alianza nueva, entre iguales
Europa debe estar a la altura de un nuevo paradigma de defensa en el que Estados Unidos ha renunciado a asumir el liderazgo

No ha habido drama entre Estados Unidos y Europa este año en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Al contrario, el secretario de Estado, Marco Rubio, reafirmó el vínculo de su país con los europeos y corrigió la grosera e insultante intervención del vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, hace un año, cuando consideró a Europa como una amenaza mayor que Rusia o China, por la erosión de sus normas democráticas y el supuesto borrado de su civilización. La cerrada ovación que mereció Rubio al finalizar su discurso fue un reconocimiento a sus buenas formas, imprescindibles en las relaciones internacionales y maltratadas tanto por Donald Trump como por su vicepresidente.
Las ideas y las propuestas de Rubio proceden, sin embargo, del corazón del trumpismo. Ciertamente suenan más amables que el acoso a Volodímir Zelensky en el Despacho Oval o las vociferantes amenazas de Trump sobre Groenlandia, pero no dejan de exigir lo mismo: Europa debe asumir plenamente la responsabilidad de su defensa, incrementando el gasto militar cuanto haga falta para garantizar su seguridad y su independencia ante las pretensiones hegemonistas de Rusia o de otras superpotencias. Deberá hacerse preferentemente con Estados Unidos. Y si no, en solitario, a pesar de todas las dificultades. Esa es exactamente la ecuación que Rubio ha planteado de forma intimidante a unos líderes europeos que ya habían llegado a la misma conclusión hace tiempo como demostraron en sus intervenciones.
También hay que dar la razón a Rubio en cuanto al valor del lazo transatlántico. Es del interés de todos conservarlo, renovarlo e incluso potenciarlo, a pesar de gobernantes como Trump, por los valores democráticos y liberales compartidos. Es significativo que no sean estas las razones aducidas por Rubio, sino exactamente las contrarias. Su europeísmo no está orientado hacia el futuro sino hacia un pasado idealizado hasta el ridículo en su discurso, dirigido a alimentar la guerra cultural, situar la inmigración como peligro existencial compartido y proporcionar munición a las extremas derechas. Es nula su preocupación por la legalidad internacional o los derechos humanos. Antes, al contrario, critica los excesos del orden basado en normas.
La educación no eclipsa la arrogancia y la exhibición de superioridad de la actual Casa Blanca. Europa necesita a Estados Unidos, sin ir más lejos para sostener a Ucrania, pero Estados Unidos necesita a Europa si quiere salir bien librado del desafío que representa China. El trumpismo solitario, sin aliados y con socios irritados por su prepotencia, es una garantía de declive económico y de desventaja geopolítica frente a Pekín. Idéntica ecuación vale para Europa, siempre más afín a Estados Unidos, pese a Trump, que a la China del partido totalitario único y a la Rusia agresiva de Putin.
Estas son las premisas con las que deben trabajar ahora los gobiernos europeos. Conviene preservar la Alianza Atlántica, también para mantener la esperanza en un cambio presidencial que acerque de nuevo a Washington y Bruselas. Hay que renovarla con urgencia, e incrementar los esfuerzos de los socios. Y si el liderazgo de Estados Unidos en la Alianza debe disminuir, que lo haga. Nada podrá hacerse desde la imposición y el unilateralismo, sino desde la igualdad y el respeto a todos los países socios. Trump ha demolido las viejas normas, pero nada obliga a que las nuevas las haga él.
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