Traiciones
Esta semana el morenismo ha desatado toda una campaña en contra de los legisladores aliados que votaron en contra de la iniciativa presidencial de reforma política


Pocas palabras han resonado tanto en estos años de la Cuarta Transformación como “traición” y “traidor”. Esto revela algo muy profundo entre quienes conforman ese movimiento: la debilidad de sus asideros y de lo que ellos llaman principios (nadie sabe bien cuáles son).
Es explicable que en un partido político reciente esté construido de traiciones y deserciones en otros lados, se tengan temores sobre la reincidencia en esa actitud. Un movimiento en el que destacan Alfonso Durazo, Javier Corral y Miguel Ángel Yunes -tan solo una triada de los Iscariotes de altos vuelos que pululan en Morena- no puede más que estar alerta en cuanto a traiciones se refiere. Se sabe: quien traiciona una, traiciona dos.
Andrés Manuel López Obrador, exmilitante del PRI, supo convertir la captación de tránsfugas en una virtud política. Su estrategia consistía en atraer a personajes que, tras romper con su institución de origen, se veían obligados a adherirse a su figura ante el cierre de puertas en su antiguo partido. Así, la lealtad al líder suplía la falta de claridad ideológica, y el morenismo se nutrió de numerosos desertores, contribuyendo así al debilitamiento del priismo.
Tampoco es motivo de sorpresa. La traición ha sido siempre un elemento central de la vida pública. El conocido trabajo de Jeambar Denis y Rocaute Yves, Elogio de la traición (editorial Gedisa) en el que sostienen que en política se hacen grandes cosas a partir de la traición de ciertas promesas y de la renuncia a la rigidez. Sin embargo, ese no es el caso de Morena, donde rara vez se aprecian grandeza en los propósitos o virtudes. En su entorno, casi todo resulta vulgar y burdo, y la discusión sobre traidores y traiciones se convierte en tema recurrente. Viven en un bar de despecho.
En política los líderes exigen ante todo, lealtad. Más que la capacidad y la honestidad su preocupación básica es la deslealtad en el equipo. Sin embargo, muchos de ellos exigen no lo que puede ser un valor personal sino una característica canina. La lealtad, piensan, debe llevar la anulación individual. Fuera de la obediencia todo es considerado una desviación. La sumisión fortalece el dogma y alimenta el rencor hacia quien la abandona. Por eso hemos visto en estos días, el dedo flamígero de tantos señalando a una nueva camada de traidores en los aliados del Verde y el Partido del Trabajo.
“El énfasis en la lealtad delata al traidor”, escribió con precisión Javier Cercas. Por eso no es de extrañar que el discurso de Alfonso Durazo ante el Consejo Nacional de Morena oscilara entre la lealtad y la traición. Sabedor por ejercicio propio del peso que pueden tener ciertas deserciones, habló de la unidad como estrategia y subrayó que la lealtad trae recompensas al indigno: “Si somos leales, el movimiento nos garantizará con generosidad vida política mucho más allá del 2027”, dijo a sus compañeros. Que quede claro: en Morena el lacayismo se premia con generosidad, porque como advirtió el propio Durazo con sus aires de intelectual de lonchería: “en política la distancia más corta entre dos cargos no es necesariamente una línea recta”. Se trata de una clara invitación a torcerse, a doblegarse porque lo recto no necesariamente acaba en un puesto y para ellos la política es eso: puestos, cargos, premios.
Esta semana el morenismo ha desatado toda una campaña en contra de los legisladores aliados que votaron en contra de la iniciativa presidencial de reforma política. Ahora resulta que son advenedizos, gente sin valores ni principios que se han enriquecido en los puestos; tienen casas, joyas y se han vuelto conservadores. En resumen, son traidores. Si eso pasó con sus aliados, imaginemos lo que viene con el pleito en casa.
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