Mujeres indígenas y afromexicanas abren el debate sobre los cuidados en México: “Cuidamos para preservar la vida”
Un recetario colectivo reúne prácticas ancestrales de sanación y reivindica estos conocimientos como una forma de resistencia, defensa del territorio y un llamado a poner la vida en el centro


El debate sobre los cuidados en México ha estado dominado en los últimos años por la idea de que es una tarea doméstica invisibilizada y sin paga que recae casi siempre en las mujeres. En medio de las discusiones entre políticas públicas y sistemas de cuidados, una obra colectiva busca ampliar el centro de esa conversación. El Recetario de saberes para los cuidados y el buen vivir, impulsado por el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir (ILSB), reúne prácticas curativas, reflexiones y experiencias de mujeres jóvenes indígenas y afromexicanas que entienden el cuidado como algo mucho más amplio que el trabajo del hogar: una práctica comunitaria, política y espiritual vinculada al territorio, que pone la protección de la vida en el centro.
Para Silvia Soler, directora interina del ILSB, el proyecto surgió precisamente de esa ausencia en la conversación pública. “Faltaban voces. Éramos siempre mujeres en ciudades, mayormente blancas, hablando de cómo los cuidados entorpecían en el ámbito del trabajo”, afirma a Papallones. El documento recoge saberes transmitidos entre generaciones y los coloca en el espacio público como conocimiento legítimo. Y, más profundamente, invita a “repensar cómo estamos viviendo nuestras vidas en un planeta con recursos finitos. Poner una pausa a los ritmos voraces y poner la vida en el centro”, agrega.
Qué es el cuidado: un llamado al buen vivir
“Cuidamos para preservar la vida. (Durante la escritura del recetario), el buen vivir nos hizo sentido porque conectaba con lo que sentimos que es el cuidado dentro de nuestras comunidades”, dice a Papallones una de las autoras del recetario, Yajayra Saavedra, una joven mixteca (Ña savi), originaria de Metlatónoc, Guerrero. Su propuesta para el recetario fue un temazcal para madre y bebé. “Durante los primeros 30 días después del nacimiento, los baños diarios fortalecen a la madre y al bebé, y al cerrar el ciclo se realiza la ceremonia sagrada Chikoo í´in, en la que la comunidad agradece al fuego del temazcal por la salud y el porvenir del recién nacido”, escribió Saavedra en el recetario. En entrevista, agrega que ese acompañamiento comunitario contrasta con la vida y la medicina occidental que “individualiza y atiende solamente a una persona”.

El proceso de trabajo permitió identificar cuatro dimensiones del buen vivir. Una espiritual, que conecta cuerpo, alma y naturaleza; una relacional, centrada en la escucha y el acompañamiento; una política, que entiende el cuidado como defensa de la dignidad; y una territorial, que vincula el bienestar con la protección de la tierra y los alimentos. Las autoras dejaron plasmada “una concepción del cuidado muy relacionado con el territorio, una dimensión comunitaria muy enriquecedora”, agrega Soler. En esta narrativa, cuidar no se limita a la familia inmediata ni al ámbito privado, sino que implica también la relación con la tierra, las plantas, los alimentos y la comunidad. La activista Elba Rosario Martínez Romero dice que el cuidado no puede reducirse a una tarea o a un servicio. “Cuidar no es trabajo: es memoria, es raíz y es la forma más alta de decirle al mundo que seguimos aquí”, reflexiona.
Hay también una intención de rescate y permanencia. Belén del Carmen Ramírez, joven afromexicana del Valle de Chalco, en el Estado de México, cuenta a este diario que la escritura de las recetas le requirió recordar las enseñanzas heredadas de sus ”ancestras, abuelas, tías, amigas afromexicanas ya más grandes”. Para ella, eso justamente evidenció cómo el conocimiento intergeneracional de las comunidades está en riesgo de perderse.
Recetas para sanar el cuerpo y el alma
En el Estado de México, la joven mazahua Dyo Ñuu utiliza el bordado como una forma de restaurar la identidad y procesar el dolor. En su práctica, cada color tiene un significado: rojo para la vida, verde para la tierra, rosa para la flor, negro para la historia y el duelo. “Jñatjo t’ani ña ndä ñaa ñ’ää juä. La sabiduría de las abuelas vive en nuestras manos”, afirma.
En Veracruz, Joss Batista propone una limpieza energética con agua, sal y la luz de la Luna llena, una práctica que busca liberar las cargas acumuladas en el cuerpo y el entorno. Para Batista, la protección no implica aislamiento, sino transformación.
Desde la sierra y la costa de Jalisco, Aiwima Juana González, del pueblo wixárika, propone un principio que rompe con la idea de sacrificio permanente: “La mujer wixárika nunca está sola”. En su práctica, fortalecerse implica volver a los lugares sagrados —la sierra o el mar— para recuperar equilibrio.
En la comunidad ayuujk de Oaxaca, Ster Martínez propone una práctica llamada Po’uu’nk, que invita a reconstruir la historia familiar preguntando a las mujeres del linaje sobre los relatos de nacimiento, menstruación y parto. Frente a estos “tiempos voraces”, el libro propone desacelerar y recuperar lo que Soler describe como una “morada”, un espacio donde el bienestar sea posible.
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