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Bienvenidos al Aeropuerto Internacional Donald J. Trump Washington Dulles

Tras la Casa Blanca y el Kennedy Center, el presidente amenaza con dejar su impronta en el principal aeródromo de la capital, cuyo pintoresco sistema de transporte de viajeros quiere fulminar

'Render' del proyecto del despacho de Zaha Hadid para el aeropuerto de Dulles.

La primera sorpresa del visitante que debuta en Washington llega al bajar del avión en el aeropuerto de Dulles. ¿Qué son esos bichos que parecen sacados de La guerra de las Galaxias y transportan al viajero entre terminales?

Como el edificio principal del aeródromo, obra maestra de formas sinuosas, los diseñó el gran arquitecto Eero Saarinen y no son exactamente autobuses, sino una mezcla de vagones de tren, fingers sobre ruedas e ingenios hidráulicos. Se los conoce como movers, pero en realidad se llaman Transportes de Personas de Dulles o Salas Móviles de Dulles. Llevan funcionando 54 años, y al presidente de Estados Unidos, ay, no le gustan.

Así que un estudio de arquitectura ha propuesto cambiarles el nombre a Transportes Aéreos Directos; en inglés, Direct Jet Transports, denominación cuyas siglas coinciden con las de Donald J. Trump. Tal vez así sobrevivan, dada la afición del presidente a estampar su propio nombre a todo: desde el Kennedy Center hasta una nueva generación de buques de guerra o un instituto para la promoción de la paz.

Vista del aeropuerto de Dulles Airport, con los 'movers' que llevan y traen a los pasajeros entre terminales.

El estudio que continúa el legado de la arquitecta Zaha Hadid también respondió a la petición de la Administración estadounidense de ideas para remodelar el aeropuerto, que en realidad está en Virginia y es el más grande de los tres que dan servicio a Washington y su conurbación. Lo hizo con otra propuesta consciente de que —como saben jefes de Estado, miembros de su Gabinete o secretarios generales de organismos multilaterales— el halago es la receta de éxito más previsible con el inquilino de la Casa Blanca más imprevisible. Pasa por construir una nueva terminal, llamarla Donald J. Trump y dejar la original como un “centro de servicios”.

Ese proyecto es el que más atención ha recibido de los que respondieron a la llamada de la Casa Blanca. Tenían que cumplir con dos ideales: contribuir a la “edad dorada de los viajes”, que el secretario de Transporte, Sean Duffy, promete que está a punto de comenzar, por más que resulte difícil de creer a cualquiera que surque frecuentemente los cielos de Estados Unidos, y cumplir con un decreto de agosto pasado que pide “devolver la belleza [’neoclásica, regional o tradicional’] a la arquitectura federal”.

El asalto a Dulles (IAD son sus disléxicas siglas aeroportuarias) es también otra manifestación de la obsesión del presidente con una ciudad que lo recibió en su primer mandato con un desdén que ahora está pagando caro. Trump ha ocupado sus calles con centenares de miembros de la Guardia Nacional, que pasan los días viendo pasar el tiempo, ha ordenado despidos masivos de funcionarios y ha puesto en marcha purgas en museos e instituciones culturales como el Kennedy Center, a punto de cerrar dos años por orden presidencial para desgracia de los melómanos de Washington.

También ha emprendido renovaciones en la Casa Blanca y alrededores: más allá de la demolición de su ala este para construir un desmedido salón de baile, fantasea con la idea de un arco de triunfo de 80 metros de altura entre el cementerio de Arlington y el monumento a Lincoln.

La construcción de este ya tendría que haber empezado, pero ya se sabe que las promesas de un promotor inmobiliario como Trump no siempre son de fiar. Por eso, hasta que les meta mano, si llega a hacerlo en el maremágnum de guerras, cambios de régimen y otros asuntos pendientes, los movers seguirán esperando a los pasajeros a su llegada a Washington.

Terminal principal del aeropuerto de Dulles, en Virginia, obra de Eero Saarinen.

Hay 19 y no es la primera vez que se enfrentan a su desaparición, aunque en 2023, las autoridades de Dulles decidieron extender su vida útil “durante décadas” con una inversión de 16,4 millones de dólares. Un accidente con uno de ellos, que envió en noviembre pasado a 18 personas al hospital, los puso en el punto de mira de la Casa Blanca.

Si llegara su fin, es probable que no muchos de sus usuarios lloren su desaparición. Es difícil cogerle cariño a un bicho que tomas tras un vuelo transoceánico rumbo a una aduana en la que, con un poco de mala suerte, te espera una cola de tres horas. Pero lo cierto es que con ellos moriría un poco más el sueño modernista de Saarinen. Ese ideal de los 60 del avión como un viaje de regreso al futuro. Y francamente, Washington no anda sobrada de ideales estos días.

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