La ola de juicios y arrestos debilita
Decenas de jóvenes continúan enfrentando procesos judiciales con penas de prisión seis meses después del levantamiento social más extenso en dos décadas.


Los jóvenes de la generación Z que se movilizaron en un estallido insospechado hace seis meses en Marruecos para reclamar mejores servicios de sanidad y educación y en contra de la corrupción ya no salen a la calle. La protesta popular más amplia registrada en el país magrebí en las dos últimas décadas se ha extinguido tras la detención de cerca de 6.000 personas, de las que más de 2.000 han recibido condenas de cárcel de hasta 15 años, según ha documentado la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH). Decenas de jóvenes están aún sometidos a juicio y son sentenciados a penas de prisión por su participación en las movilizaciones. Y una joven marroquí residente en Francia ha sido detenida y encausada en su país de origen por haber apoyado desde las redes sociales las marchas reivindicativas de su generación.
Zineb el Jarrubi, de 28 años, que trabaja en el sector del cine en París, fue detenida el mes pasado en el aeropuerto de Marrakech cuando regresaba para una visita familiar. Está acusada por la Fiscalía de Casablanca de “incitación la comisión de delitos” por haber animado a participar en las protestas con lemas y consignas desde sus publicaciones en línea en Facebook o Instagram. Tras varias comparecencias ante la justicia, El Jarrubi ha sido citada a juicio este lunes, 23 de marzo.
El artista de rap Suhaib Qebli, con 23 años de edad, resultó imputado por el ministerio público el reciente día 4 a causa de “insultar a funcionarios y a un órgano constitucional”, de acuerdo con lo reportado por la agencia Efe. Mediante temas como Queremos saber responsabiliza a los cuerpos de seguridad de la violencia ejercida sobre la juventud. Dicho rapero marroquí destaca por sus composiciones que denuncian la deshonestidad estatal y el restablecimiento de vínculos oficiales entre Marruecos e Israel. Permanece aguardando su proceso judicial en la localidad de Taza, situada a 300 kilómetros hacia el oriente de Rabat. La AMDH estima que en las dos situaciones se transgrede el derecho a expresarse libremente amparado por la Constitución marroquí de 2011, ratificada durante el auge de la Primavera Árabe.
Las masivas protestas de la generación Z transcurrieron de forma mayoritariamente pacífica entre finales de septiembre y comienzos del pasado octubre. No obstante, se produjeron altercados, como aquellos en los que tres jóvenes murieron por fuego policial en la zona de Agadir, en la costa sur del territorio magrebí, y decenas de personas sufrieron lesiones en otras partes de la nación, de acuerdo con la AMDH.
Hace apenas un mes, el Tribunal de Apelación de Marrakech condenó a 48 jóvenes a un total de 106 años de cárcel por su participación las movilizaciones del otoño pasado. Seis de ellos fueron sentenciados a seis años de prisión, acusados de asociación ilícita y actos de vandalismo. Los principales cargos presentados contra los jóvenes detenidos y procesados por el movimiento de la generación Z suelen ser “organización de marchas no autorizadas”, “daños a la propiedad” o “insultos y violencia contra las fuerzas de seguridad”.
El llamado movimiento GenZ 212 desencadenó desde las redes sociales una revuelta juvenil sin precedentes en Marruecos. Su nombre hace alusión a la generación Z o posmilenial (nacidos entre 1995 y 2010) y al prefijo telefónico internacional de Marruecos. Cuando estrenó página propia el 18 de septiembre en el servidor de Discord, una plataforma de juegos en línea con servicios de mensajería cifrada, alcanzó los 250.000 usuarios en apenas un día. Una semana después movilizó en las calles a cientos de miles de seguidores bajo el lema central “Menos estadios y más hospitales”.
Transcurrido apenas un mes —jalonado por marchas interrumpidas por disturbios y culminado por un discurso a la nación del rey Mohamed VI—, el Gobierno marroquí respondió a la ola de reivindicaciones de la generación Z. Aprobó un aumento del gasto en sanidad y educación de hasta 140.000 millones de dirhams (cerca de 13.000 millones de euros, un 16% más que en 2025), en los presupuestos del Estado para 2026.

“El movimiento ya ha dado frutos, pero las medidas anunciadas son insuficientes (...) Para luchar contra la corrupción”, advirtió GenZ 212 desde las redes sociales. El 10 de octubre, Mohamed VI instó desde el Parlamento a los poderes públicos a acelerar las reformas sociales: “No debe haber contradicción entre [dichos programas] y los grandes proyectos nacionales”. Aludía así a la construcción de estadios de fútbol y de grandes infraestructuras para el Mundial de Fútbol de 2030 (coorganizado con España y Portugal) y los programas sociales.
La última protesta simbólica de la generación Z —apenas unos centenares de manifestantes en Rabat, Casablanca y Tánger— se produjo en diciembre, poco antes del inicio de la Copa de África de Fútbol, organizada por Marruecos y que concluyó el 18 de enero. Una huelga nacional de abogados en defensa de sus reivindicaciones profesionales dejó luego en suspenso los procesos hasta mediados de febrero. Desde entonces los juicios se han intensificado, mientras se han seguido produciendo algunas detenciones.
Oleada de descontento global
Las protestas de la generación Z se han extendido además por países como Nepal, Perú o Madagascar, cuyos gobiernos fueron derribados por una ola de descontento juvenil, que enarbolaba una bandera pirata con una calavera cubierta por un sombrero de paja. Les inspiraba una imagen del manga One Piece. Con más de 500 millones de ejemplares vendidos desde 1997 en decenas de países y traducido a más de 40 lenguas, ha dado paso también a una serie en Netflix basada en personajes jóvenes y rebeldes del anime japonés.
El movimiento tiene el denominador común de una protesta digital que hace ondear emblemas de la cultura juvenil global. En su origen, el malestar coincide con la frustración de una generación sin perspectivas de educación, empleo y vivienda, y que comparte la repulsa a la corrupción y el nepotismo. La primera generación nativa digital por completo ha abierto una fractura tecnológica contra los poderes establecidos.
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