La niña y el monstruo: el final a bombazos de una dictadura puede prolongar el terror, no acabar con él
La caída de Sadam Husein tras la invasión estadounidense desembocó en una sangrienta guerra civil


En El ladrón de bicicletas, Vittorio de Sica relata la historia de un padre y un hijo que tratan de recuperar de forma desesperada la bicicleta robada que da título al clásico del neorrealismo. No se trata solo de un vehículo, sino de un instrumento para ganarse la vida, lo único que les separa del hambre en la posguerra italiana. Al igual que ocurre en la Cuba sometida al embargo de Estados Unidos, se trata de existencias que están siempre al borde de la supervivencia y que pueden caer en el abismo de la pobreza absoluta en cualquier momento. La monumental novela de Elsa Morante, La historia narra también la supervivencia de una madre y sus hijos en los años cuarenta, durante y después de la ocupación nazi de Italia. Son personas que no tienen nada garantizado, que nunca saben si van a comer al día siguiente.
El impresionante filme iraquí La tarta del presidente, de Hasan Hadi, una de las mejores películas del año, relata una de esas historias de jornadas en las que solo existe la supervivencia y el hambre: una niña, Lamia, vive con su abuela en el sur de Irak en la pobreza absoluta bajo la dictadura de Sadam Husein. Son árabes de las marismas, una cultura que describió Wilfred Thesiger en un clásico de la literatura de viajes: viven en chozas de cañas y barro en pequeñas islas entre canales, por las que se mueven en canoas. El momento en que transcurre la película es indeterminado, después de la primera guerra del Golfo de 1991 y antes de la invasión de 2003: durante todo ese largo periodo los chiíes fueron masacrados sin piedad.
Lamia y su abuela apenas tienen para comer, aunque la niña va al colegio todos los días, donde es adoctrinada de manera brutal por un profesor que se enorgullece de delatar a los alumnos y sus padres si no son lo suficientemente leales a Sadam. Cada año, con motivo del cumpleaños del presidente, todo el país sale a las calles a celebrar al gran líder —el que no lo haga tiene bastantes pocas posibilidades de llegar vivo al día siguiente— y en las escuelas un niño tiene que llevar una tarta. El encargo le cae a Lamia y se convierte en una tragedia: para esta niña sumida en la pobreza conseguir huevos, azúcar y harina representa una odisea con la que, además, se juega la vida: no traer la tarta sería una afrenta imperdonable.
El mundo que describe Hasan Hadi está lleno de ausencias, empezando por el padre de Lamia. Cientos de miles de chiíes y de kurdos fueron asesinados durante la dictadura: como ocurría en la Alemania nazi, en la posguerra española o bajo el terror de Stalin, la gente desaparecía por cualquier cosa, bastaba una sospecha, una palabra, el capricho de un policía, una denuncia anónima, estar en el lugar equivocado. El miedo y la muerte siempre estaban presentes: era un mundo brutal y cruel.

Durante la invasión de Irak, tras la caída del sátrapa, se descubrieron fosas comunes por todos lados. También se creó en Bagdad una llamada Casa de los Desaparecidos, por la que pasaban miles de mujeres cada día —las historias de desaparecidos casi siempre están protagonizadas por mujeres solas que caminan de un lugar a otro— para consultar los documentos que se iban encontrando en los archivos de la despiadada policía política, la Mujabarat, listas interminables de asesinados y desaparecidos…
En aquellos momentos, cuando salió a la luz con claridad la dimensión genocida de la represión, pocos lamentaron la caída del sátrapa. Pero la invasión fue un desastre de tales dimensiones que acabó con una guerra civil que provocó un millón de muertos por enfrentamientos sectarios entre suníes y chiíes. El Irán de los ayatolás ha desatado unas de las oleadas de represión más brutales que se hayan vivido en Oriente Próximo para sofocar las manifestaciones que arrancaron para protestar contra el deterioro del nivel de vida y acabaron convirtiéndose en una movilización general contra la dictadura. El reguero de sangre parece interminable en la región, pero ninguna guerra nueva, por muy brutal que sea el régimen que se combate, va a mejorar las cosas. Solo producirá más muerte y destrucción.
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