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Las siete vidas de Keir Starmer: el primer ministro británico gana tiempo hasta las elecciones de mayo

Los diputados laboristas esperan una debacle electoral que precipitará la guerra interna

Keir Starmer, este miércoles, a la puerta de Downing Street en Londres.Alastair Grant (AP)

Keir Starmer ha llegado este miércoles a la sesión de control del Parlamento (Prime Minister’s Questions, o Preguntas al Primer Ministro) con las garras afiladas. A los conservadores les ha recordado las fechorías de Boris Johnson; a los liberales demócratas, su complicidad con la austeridad impuesta por el Gobierno de David Cameron; a los nacionalistas escoceses del SNP, los casos de corrupción de su anterior dirección. Bien aleccionados, los diputados laboristas jaleaban y aplaudían a su líder. El objetivo inmediato era frenar las consecuencias del escándalo Mandelson-Epstein, que ha estado a punto de acabar con el breve mandato del jefe de Gobierno británico.

La Sociedad Fabiana tuvo en sus inicios como escudo de armas un lobo camuflado bajo una piel de cordero. Intelectuales británicos de izquierdas contribuyeron a impulsar a finales del siglo XIX un movimiento que defendía el uso inteligente y pacífico del sindicalismo y el poder municipal para lograr avances sociales, frente a la revolución o el caos. El general romano Quinto Fabio Máximo, que dio nombre a la sociedad, esperó paciente un descuido del cartaginés Aníbal para atacar con éxito (las llamadas “tácticas fabianas”). “Llegado el momento, hay que golpear duro, como Fabio, o la espera habrá sido en vano”, rezaba el panfleto inaugural de los fabianos, que contribuyeron en 1900 a fundar el Partido Laborista del Reino Unido.

En 2019, por primera vez en la historia, un miembro del Comité Ejecutivo de la sociedad se convirtió en el líder de la primera fuerza de izquierdas del Reino Unido. Su nombre es Starmer. El primer ministro aplacó con inteligencia el lunes, en unas pocas horas, una rebelión interna decidida a derrocarle.

“Nunca huiré del mandato que se me concedió para cambiar este país. Nunca me alejaré de las personas por las que se me encomendó luchar, nunca me alejaré del país que amo”, proclamó desafiante Starmer al día siguiente, cuando quedó claro que, por el momento, había logrado templar la irritación de los laboristas por el escándalo Epstein y el nombramiento de Mandelson como embajador de EE UU pese a conocer sus vínculos con el pederasta.

Pero el instinto de supervivencia del primer ministro no es en absoluto garantía de que pueda respirar tranquilo en los próximos meses. Starmer, que entró tarde en política y siempre fue un lobo solitario, ha llegado a presumir de que no existe algo llamado “starmerismo”, como sí existió “blairismo” (por Tony Blair) o “corbynismo” (por Jeremy Corbyn). Lo suyo es una apuesta por el pragmatismo, que se benefició electoralmente del hartazgo colectivo después de 14 años de gobiernos conservadores.

El primer ministro no ha logrado mantenerse a flote impulsado por su propia corriente, sino aprovechando la debilidad de las corrientes contrarias. La mayoría de los diputados laboristas es consciente de que la popularidad de Starmer está por los suelos. Un 63% de los británicos, según el último sondeo de la empresa YouGov, ve como bastante o muy probable que deje de estar al frente del Gobierno antes de que termine 2026.

Starmer logró frenar el intento de golpe interno esta semana porque sus principales rivales no están aún en condiciones de lanzar un desafío en toda regla, y el grupo parlamentario no está por la labor de lanzarse al vacío. Los aplausos al primer ministro de este lunes, cuando hizo acto de contrición ante sus diputados, fueron más una tregua que la cauterización de la herida viva.

La exministra Angela Rayner, adorada por los sindicatos y el ala izquierda del laborismo, aún no ha terminado de solucionar sus líos de impago de impuestos a la Hacienda pública que forzaron su salida del Gobierno. El ministro de Sanidad, Wes Streeting, carismático y fantástico comunicador, tiene sus propias explicaciones que dar por su estrecha relación con Peter Mandelson, el malogrado político y exministro cuya intimidad con Jeffrey Epstein ha sido el origen de la crisis institucional actual del Reino Unido. Y Andy Burnham, el popular alcalde de Mánchester, tiene las manos atadas desde que Starmer maniobró para impedir su regreso al Parlamento, condición indispensable para poder competir por el liderazgo del partido.

Históricamente, la mejor posición para sustituir al primer ministro ha sido la de ministro de Economía (chancellor, en la jerga política británica) o la de ministro de Exteriores. Fue, respectivamente, el caso del laborista Gordon Brown, que forzó la salida de Tony Blair, o del conservador Boris Johnson, que desplazó a Theresa May.

Tregua hasta mayo

“Los aplausos de los diputados fueron orquestados, al igual que la cadena de apoyos simultáneos a Starmer por parte de sus ministros”, ha señalado a la BBC Diane Abbot, histórica diputada laborista, rival acérrima del actual primer ministro, pero con una agudeza política derivada de décadas en la lucha. “No creo que [Starmer] aguante más allá de las elecciones de mayo. Van a ser catastróficas, y la idea general es la de permitirle seguir al frente hasta ese momento, para que asuma toda la responsabilidad”, ha apuntado Abbot.

El próximo 7 de mayo se celebrarán comicios municipales en gran parte de Inglaterra, y autonómicos en Gales y Escocia. Los sondeos anticipan una debacle laborista y el avance imparable de la ultraderecha de Reform UK, el partido de Nigel Farage. Esa fue la razón principal por la que Anas Sarwar, el líder del Partido Laborista Escocés, se precipitó el lunes a reclamar la dimisión de Starmer sin que nadie secundara su iniciativa: intentaba salvar los muebles frente a su previsible derrota ante los nacionalistas del SNP.

Si Starmer intenta sobrevivir al hundimiento de mayo, deberá con toda probabilidad hacer concesiones a sus rivales y abrir la vía a un posible reemplazo. “No me sorprendería que el precio a pagar fuera hacer ministra de Exteriores a Rayner o ministro de Economía a Streeting. Puede acabar siendo la única forma de que Starmer sobreviva a corto plazo, y serviría para posicionar a cualquiera de los dos para desafiar posteriormente su liderazgo con el modelo tradicional”, asegura Andrew Adonis, político laborista, escritor, exministro con Tony Blair y hoy en la Cámara de los Comunes.

La decisión del primer ministro británico de deshacerse de Morgan McSweeney, su jefe de gabinete, y de Tim Allan, su director de Comunicación, en respuesta al clamor de los diputados por el escándalo Mandelson-Epstein, parece a primera vista una muestra de la implacable determinación de Starmer por cortar de raíz el problema. Pero el primero fue el aliado fiel que resultó clave en la victoria electoral de 2024 y que diseñó desde entonces la estrategia política del primer ministro. El segundo, un veterano del Gobierno de Tony Blair con el que el primer ministro quiso resucitar el éxito comunicativo de aquella era. Los dos eran piezas fundamentales en Downing Street.

Su eliminación puede también ser vista como la señal de la debilidad extrema de Starmer. Cuatro jefes de gabinete y cinco directores de comunicación en menos de dos años. La debilidad del starmerismo y el principio del fin del lobo con piel de cordero.

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