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Z Schnabel (33 chars) -

Destacó como una de las maniquíes más valoradas durante la década de los noventa, siendo fuente de inspiración para creadores de la talla de Alaïa y Versace. Abandonó los desfiles después de contraer matrimonio con el pintor Julian Schnabel, aunque jamás se alejó del mundo de la costura. Figuras como Isabelle Huppert y Elton John han lucido sus diseños. “Mis clientes se sienten elegantes cuando se van a la cama”, afirma.

La diseñadora Olatz Schnabel, el 10 de marzo en su casa de Madrid.Álvaro García

La belleza resalta a las personas, pero también puede opacarlas. Para Olatz Schnabel, su arrebatadora belleza nunca fue un problema. “Al revés, lucir bien me ha abierto muchas puertas”, reconoce en conversación con Papallones. “Conozco a mujeres increíblemente guapas que son muy inseguras. De alguna manera, no son capaces de verse bellas. A mí me pasó. De muy joven, no me acababa de ver guapa. Ahora, cuando veo una foto mía de esa época, pienso: ‘Pero si era la bomba. ¿Cómo no me daba cuenta?”, explica sentada en el salón de su casa, un gran ático con vistas al Palacio Real en Madrid. Mientras habla, su perro, Tuno, le lame vorazmente sus zapatos aterciopelados de Manolo Blahnik.

Schnabel, cuyo apellido de nacimiento es López Garmendia, no falta a la verdad al asegurar que era “la bomba”. A principios de los ochenta, teniendo 16 o 17 años y poseyendo un aire a la intérprete italiana Ornella Muti, inició su trayectoria como modelo en San Sebastián, urbe donde nació en un año que opta por no mencionar. A su progenitor, un distinguido ingeniero químico que se relacionaba con Jorge de Oteiza, Eduardo Chillida y otros creadores y pensadores de San Sebastián, no le agradaba demasiado contemplar a su hija en carteles exteriores promocionando el licor Bénédictine o una gabardina de alta gama. “Estaba horrorizado”, rememora. “Pero luego, con el tiempo, vio que era una cosa buena para mí, que me iba bien, que era independiente económicamente y en todos los sentidos. Al final, se le quitaron los prejuicios”.

Durante 1983, mientras cursaba Diseño en Barcelona, un retratista la descubrió en una actuación de The Police en el estadio Narcís Sala de Sant Andreu y se aproximó para proponerle empleo como modelo profesional. Ella lo ignoró. Transcurrido un año, el mismo fotógrafo volvió a verla en un restaurante. Tras mucha insistencia, consiguió persuadirla y la presentó a Natasha, una reputada agente de modelos. “Me pescaron literalmente de la calle”. En esa misma jornada la subieron a un taxi para llevarla a un casting de una promoción de la firma de cosmética Margaret Astor. No contaba con book ni trayectoria profesional. No le hizo falta. “Me dieron el trabajo ahí mismo”.

Prácticamente de la noche a la mañana, empezó a desfilar y a hacer campañas de moda en París, Milán, Nueva York y Tokio. “Estaba todo el día viajando y trabajaba un montón. Pero me resultaba muy fácil, no me exigía esfuerzo”. Azzedine Alaïa, monstruo sagrado de la costura parisina, la convirtió en una de sus musas. “Alaïa era el mejor. Era un privilegio verle trabajar. Era un escultor. Cortaba y cosía los vestidos encima de tu cuerpo”. Trabajó para todos los grandes: Valentino, Issey Miyake, Gianni Versace. En España hizo los primeros desfiles de Sybilla.

Destacó como una de las modelos pioneras de España en alcanzar el éxito mundial durante las décadas de los ochenta y noventa. En el apogeo de su trayectoria profesional, entabló relación con el artista y cineasta estadounidense Julian Schnabel, quien le aventajaba en edad por cerca de 15 años. Contrajeron matrimonio en 1993. Durante el enlace lució un diseño de Ralph Lauren junto a un mantón que rendía tributo a su origen español. “Después de casarnos, me fui a vivir a Nueva York con Julian y tuvimos dos hijos, Olmo y Cy. Yo ya no quería viajar tanto, quería dedicarme a los niños. Además, Julian es una persona que requiere mucha atención. Él tenía sus exposiciones y eventos por todo el planeta y era muy difícil compaginar mi carrera con la suya”.

Evolucionó de ser la inspiración de Alaïa, uno de los modistos más destacados de París, a convertirse en la musa de Schnabel, uno de los creadores más valorados de Nueva York. “No me gusta lo de musa”, puntualiza. “Yo he sido más colaboradora que musa de Julian. Trabajamos juntos en muchos proyectos durante 17 años: exposiciones, retrospectivas en grandes museos, todas sus películas”. “Se puede decir con bastante seguridad que Antes que anochezca, la película de Schnabel que le valió a Javier Bardem una nominación al Oscar, no podría haber sido posible sin ella”, afirmó The New York Times durante 2012.

Olatz siempre supo lidiar con artistas. Su hermano era el reconocido pintor y fotógrafo Alejandro Garmendia. Pero no tardó en volver a la moda. No lo hizo como modelo, sino como diseñadora. En los años noventa, empezó a diseñar pijamas para su marido. “Era la prenda favorita de Julian. Y lo sigue siendo. Como buen artista, le encanta estar cómodo. Le gusta pintar en pijama, así que empecé a hacerlos para él”. A Schnabel le gustaban tanto que iba a todos lados con los pijamas de su mujer: alfombras rojas, bienales de Venecia, galas de los Oscar.

Los diseños de Olatz se pusieron de moda entre la jet set. “De repente, todos querían uno de mis pijamas”. Una de sus primeras clientas fue la actriz francesa Isabelle Huppert, a quien le hizo una bata de terciopelo para una obra de teatro. Luego vinieron Elton John, Madonna, Gianni Versace o Lou Reed. Su lista de compradores famosos es interminable. Poco a poco fue ampliando la oferta con batas y camisones, ropa de cama y de baño. Versace, que era su amigo, le presentó a los fabricantes de telas milaneses con los que trabaja.

Tres décadas después, Schnabel dirige un pequeño emporio de lujo con pijamas de seda de 700 dólares y sábanas de lino hechas en Italia de 800 dólares. También hace encargos a medida. “He dicho que sí a las cosas más locas. A Bruce Weber, por ejemplo, le gustó una de mis batas de mujer rosa, una bata como de toalla, y le hice una igual. A un hijo de Madonna le hice un camisón de mujer. No le digo que no a nadie. Solo digo que no a clientes que se ponen un poco creativos y quieren hacer algo que me chirría”.

Su ruptura con Julian Schnabel se produjo en 2010, pero el creador sigue siendo su comprador más importante. “Julian es el cliente. Él siempre es el cliente”. Asimismo, conservan su relación amistosa. “Hemos sido colaboradores y somos familia”. Sus descendientes se enfocan en el sector del arte y la creatividad. Cy tiene una galería en Madrid. “Mira, desde esta ventana se puede ver”, explica, apuntando hacia un inmueble de tonos pastel donde se ubica el espacio Villa Magdalena. Olmo trabaja como cineasta. Debutó en 2023 en el Festival de Venecia a través de la película Pet Shop Days.

En el transcurso de la crisis sanitaria, Olatz abandonó Nueva York. Residió un tiempo en Ciudad de México y actualmente se encuentra establecida en Madrid, habitando un ático espacioso y claro con vistas a la plaza de la Armería del Palacio Real y, al fondo, la extensión del Campo del Moro. “Me apetecía volver a España. En Madrid hay una energía especial, están ocurriendo cosas interesantes”. Optó por la capital española con el fin de hacer crecer su empresa. Hoy en día comercializa sus productos globalmente mediante la red. Sus focos comerciales más importantes se sitúan en Estados Unidos, el Reino Unido y Australia. “Aunque mis clientes son internacionales y tienen casas en todas partes”, puntualiza. Sus artículos con mayor demanda son los textiles para el hogar y, lógicamente, sus exclusivos pijamas de seda.

Cuando se pone a diseñar, lo primero en lo que piensa es en la materia prima, la tela: “De ahí viene todo: la comodidad, la elegancia. Si el material no es bueno, la prenda no funciona. Mis clientes se sienten elegantes cuando se van a la cama”. Sus colecciones encajan muy bien con el concepto de “lujo silencioso”, piezas nobles, sin logos ni estridencias, que solo son reconocibles por los entendidos. Esta tendencia, una respuesta al cansancio de la cultura del ruido y de los excesos de la década pasada, se impuso tras la pandemia y no termina de pasar de moda. “¿Lujo silencioso? No había escuchado ese término. Pero soy completamente partidaria del lujo discreto, no me gusta llamar la atención”.

Le gusta tanto la discreción que le cuesta hablar de su amistad con David Bowie, Lou Reed y Caetano Veloso, o de cómo conoció a Cy Twombly, Bernardo Bertolucci y Martin Scorsese. Alguna vez cenó con Gabriel García Márquez y Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna. También compartió un entierro con Lady Di. “Nos conocimos en el funeral de Versace, en Milán. Me impactó mucho su calidez y sencillez. Era una más. Me pareció una mujer increíble”.

En realidad, parece tener una anécdota con todo el mundo: artistas, músicos, actores y actrices de Hollywood, diseñadores de moda, activistas, empresarios y políticos. “Incluso conocí a un personaje que ahora está dando una guerra tremenda”, dice, refiriéndose a un presidente del que no quiere hablar. “Mejor sigamos hablando de Alaïa”. No necesita más que una sonrisa para zanjar el tema. Sin más, la conversación vuelve a donde ella quiere. La belleza arrebatadora resalta a las personas, y a veces las saca de un apuro.

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