Hablar de los problemas sexuales con la pareja: por qué nos cuesta, por qué hay que hacerlo y consejos para llevar la conversación
La negativa a intercambiar ideas sobre cama, intimidad, deseos o fantasías es una de las dinámicas que más destruye relaciones. Abordar el problema crea un clima de libertad y confianza terapéutico y enormemente erotizante


“Hablando se entiende la gente”. Si en el ámbito de la sexualidad las personas pusieran en práctica este refrán español, los sexólogos perderían muchos clientes, ya que gran parte de los conflictos de pareja se deben a la mala o nula comunicación. Incluso uniones que se llevan bien y que manejan a la perfección el diálogo en parcelas como el trabajo, la economía, la gestión del hogar, los hijos o las planificaciones a medio o largo plazo, naufragan a la hora de intercambiar ideas sobre cama, intimidad, deseos o fantasías. ¿Qué tiene el sexo que nos deja mudos o nos convierte en adolescentes inseguros, pudorosos, torpes o desconsiderados con los sentimientos del otro?
Generalmente, los problemas sexuales se viven en silencio por miedo a incomodar al otro, por falta de estrategias para abordar cuestiones peliagudas o por la esperanza de que desaparezcan, de la noche a la mañana, como fantasmas con la luz del sol. Cuando esto no ocurre, a ello se une, además, la ansiedad anticipatoria. Es decir, ya no hay un solo problema, sino dos, ya que se añade el miedo a que la dificultad inicial aparezca de nuevo. Este clima de tensión contenida solo necesita de un mal día para que todo explote en forma de reproches, acusaciones, culpas e insatisfacciones. ¿Cómo es que los amantes o miembros de la pareja no fueron capaces de leerse las mentes, detectar el problema y ponerle fin?
“El tema de la comunicación lo veo todos los días en consulta y es lo primero que hay que trabajar con las parejas”, afirma Gloria Arancibia Clavel, psicóloga y sexóloga con consulta en Madrid. “La incapacidad para contarle al otro lo que nos preocupa, lo que nos gusta y lo que no, la manera en cómo sentimos más placer cuando nos tocan o las fantasías que querríamos poner en práctica es muy grande. En el fondo está el miedo a no dar la talla, a que nos abandonen, a que piensen que somos muy pacatos o, sobre todo en el caso de las mujeres, unas furcias. Hay mucho en juego, porque hay una dinámica de intentar mantener la pareja, y optamos por callar, por dejar que el problema se resuelva solo. En muchos casos, cuando la gente llega a la consulta hay ya mucho daño hecho, mucho reproche, mucho resentimiento”, analiza.
Cuando algo no va bien y nadie habla de ello, cada parte tiende a interpretar el problema a su manera, con la mucha o poca información de la que se disponga. Lo que Arancibia llama “hacer suyas las heridas”. “Hay mucha sensibilidad a flor de piel, y en este ámbito tan subjetivo como es la sexualidad es bastante común que la gente busque siempre su parte de culpabilidad”.
Pilar (47 años, Palma) lleva tres años en una “no relación” con su pareja, Guillermo, un hombre de 53 con el que ya no practica sexo. “Él dice que sea yo la que tome la iniciativa, que está cansado de ser siempre él, pero es solo una mala excusa”, cuenta ella, quien le ha propuesto visitar a un terapeuta de pareja. Su marido se ha negado, aduciendo que no tiene ningún problema. Pero lo que ella lleva peor es que alguna vez lo ha pillado masturbándose (“nada malo, —aclara— “¡pero si no tiene ganas!”) y que el historial de su ordenador está lleno de páginas para adultos. “¿Cómo competir con las carnes turgentes y operadas de las diosas del porno?”, se pregunta ella.

Sin embargo, lo que su pareja probablemente busca no son esos cuerpos perfectos e irreales, sino una eyaculación fácil. Uno de los muchos síntomas de la andropenia es que las erecciones ya no son tan rígidas como antes y, aunque la penetración no requiere de una potente erección y puede hacerse con un mínimo de firmeza, el hombre siente que la cosa ya no funciona como antes, que el coito es más difícil o, incluso, inviable en determinadas posturas. Conocer esta realdad sería un alivio para Pilar y su autoestima; pero confesarla sería muy duro para Guillermo.
Del silencio a la confesión
Casi todos los sexólogos coinciden en que a los hombres les cuesta más pedir ayuda o recurrir a un profesional y cuando van son, generalmente, arrastrados por ellas. “Aunque se va avanzando, se nos sigue vendiendo el rol de que los hombres no lloran, saben cómo satisfacer a una mujer y deben estar siempre dispuestos. Si esto falla, se interpreta como una pérdida de la hombría”, afirma Raúl González Castellanos, sexólogo y terapeuta de pareja del gabinete de apoyo A la Par, en Madrid. Y añade: “Esto ocurre más entre los heteros; ya que los gays tienden a hablar más entre ellos. Al fin de al cabo, son hombres. Así que, antes de ir al médico o al sexólogo, se busca en internet, se escuchan los consejos de los amigos o se compran pastillas o fórmulas milagro online, olvidando que los problemas de erección, a edades tempranas, también pueden ser indicadores de riesgos vasculares o coronarios”, subraya González.
Si, por lo general, el temor de ellos es perder su masculinidad, el de ellas es dejar de ser deseables, traer problemas a la cama que no existían, parecer mujeres frígidas o demasiado deseantes. “Todavía nos vienen a la consulta chicas a las que les da mucha vergüenza hablar de estas cosas con sus parejas”, señala Bárbara Montes Saiz, especialista en sexología clínica y terapia de pareja y directora de marketing y comunicación de la tienda erótica online Diversual. “Algunas nunca se han masturbado y/o conocen pocos sus cuerpos, con lo que les resulta más difícil identificar el problema. Otras tienden a medicalizar la causa y a descartar cuestiones psicológicas o emocionales. Generalmente, en la pareja, solo se aborda la cuestión de hablar de la sexualidad cuando hay un problema. Es decir, en negativo, casi nunca se habla en positivo, se divaga o se comenta sobre la relación sexual si no hay dificultades”.

“Problemas como la anorgasmia o el vaginismo son vividos por las mujeres con mucha vergüenza y culpa”, añade Arancibia. “En el caso primero se finge, se simula el orgasmo para contentar a la pareja. En general, cuando fingimos en la cama no solo estamos manteniendo el problema sino que estamos reforzando comportamientos equivocados, porque el otro cree que todo va bien y que la otra persona está disfrutando. Con el vaginismo hay mucha reticencia a contarlo, a pedir ayuda a un profesional. Muchas mujeres lo sufren por años. Lo ven como un gran fracaso: sentir dolor en un acto que a todo el mundo le provoca mucho placer”.
Cuando, con ayuda externa o sin ella, se llega al momento de la confesión, de la comunicación del problema, se siente un gran alivio. La ingrata tarea de disfrazarlo, de esconderlo, desaparece. Ahora tan solo hay que centrarse en buscarle solución. Independientemente de que haya dificultades en la cama o todo sea un camino de rosas, una buena relación de pareja debería basarse siempre en la libertad de expresión, en saber que se puede decir siempre lo que uno sienta sin censuras, en la fe inquebrantable en el dialogo y en que hablando no solo se entiende la gente, sino que se resuelven los problemas. Este clima de libertad y confianza no solo es terapéutico, sino enormemente erotizante.
Cómo decir las cosas
Claro que hay que saber cómo verbalizar los problemas, los sentimientos, las cosas que desagradan y las expectativas depositadas en el otro. Porque al tratarse de un tema tan íntimo y atávico, habrá que extremar el tacto, para no herir sensibilidades. “Una vez que se ha tomado la decisión de hablar del asunto, lo mejor es poner todas las cartas sobre la mesa y abordar todos los aspectos del problema; aunque, a simple vista, nos parezcan irrelevantes”, propone González. “Esto no es sinónimo de crudeza, sino de sinceridad, y la sinceridad no debería estar reñida con la amabilidad, la empatía o el buen trato. Hay, por tanto, que evitar el reproche, el enfado, la rabia; porque entonces, ante un ataque, el otro tratará de defenderse. Hay que hablar de manera cercana, amable. Más que de la acusación (’no me gusta cómo haces esto’), se puede partir de la invitación (’por qué no probamos a hacer esto o aquello’)”.
“Aunque parezca algo muy obvio, un punto importante a tener en cuenta es saber muy bien lo que queremos comunicar y hacerlo de manera clara”, continúa Montes, “porque, aunque estamos en una parcela en la que los sentimientos tienen un importante papel, nuestra argumentación y peticiones deben ser precisas y no confundirse con sensaciones o estados de ánimo”.
El momento y lugar donde abrir el dialogo es también relevante. Según Montes, “hay que evitar hacerlo después de la relación. Lo mejor es buscar un momento tranquilo, fuera del dormitorio y la casa y elegir un lugar neutro. Por ejemplo, un parque o un bar tranquilo. A veces, para enmarcar el tema a tratar, puede ayudar leer antes un artículo o ver un vídeo, película o documental que tenga relación con la conversación”.

Una vez entrados en materia hay que hablar desde el yo. “Hay que expresarse desde la primera persona”, puntualiza Arancibia, “por ejemplo: ‘A mí me hizo sentir mal tu comentario o tu actitud’, en vez de un acusador: ‘Es que tú eres muy brusco’. Porque, además, el concepto brusco puede tener muchas apreciaciones, pero los sentimientos de cada uno son discutibles. Incluso siendo extremadamente considerados, el otro puede sentirse mal, pero tenemos que ser conscientes de que no nos podemos hacer cargo de las emociones de los demás”, concluye la sexóloga.
Otra cosa a evitar, a juicio de Montes, “es la comparación con exnovios o anteriores relaciones. Es muy habitual escuchar en consulta, cuando uno señala alguna práctica o gesto del otro que le desagrada: ‘Pues a mis ex les encantaba’. Y, por último, es también importante subrayar las consecuencias positivas que tendría el cambio que estamos sugiriendo y cómo ayudaría a la reconciliación o a un mayor disfrute para ambos”.
Como ocurre con tantas otras cuestiones, cuando la comunicación se vuelve imposible tal vez haya que llamar a un mediador, en forma de terapeuta de pareja. Pero, incluso en estos casos, el silencio o la negativa al diálogo puede resultar muy esclarecedor o puede ser el indicador de que la relación ha llegado a su fin, puesto que hay uno de los miembros que ya ha perdido todo interés. Irremediablemente, siempre estamos emitiendo mensajes al otro, incluso aunque nuestra boca no pronuncie ni una sílaba.
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