Ruidos, acuíferos saturados y terremotos: la ciencia busca sacar lecciones del temporal en Ronda y Grazalema
El CSIC mide los niveles de agua del subsuelo y el Instituto Geográfico Nacional instala estaciones sísmicas para conocer la situación causada por las lluvias excepcionales


Fue un golpe seco. Un sonido repentino en mitad de la noche. “Como un disparo de cañón lejano”, explica Matías Pinos, de 50 años. Pasaban las 11 de la noche del pasado lunes y, mientras se entretenía con una tableta en su casa de Montejaque, se sobresaltó. Sus vecinos ya le habían hablado con temor de esos ruidos, procedentes del subsuelo y que se escuchan en la Serranía de Ronda desde que empezó el episodio de fuertes lluvias hace una semana. Su origen, al igual que la serie de terremotos que se están produciendo en la zona con más frecuencia de la habitual o el inédito comportamiento de la presa de Montejaque, es algo que científicos de diversos campos analizan ya sobre el terreno. Y lo hacen por dos motivos: ayudar a las autoridades a tomar decisiones —como el desalojo de Grazalema— y generar conocimiento para el futuro. “Esa zona es ahora también un laboratorio del que estamos aprendiendo lecciones”, afirma José Morales, sismólogo del Instituto Andaluz de Geofísica.
La intensidad de las borrascas Marta y Leonardo que han azotado al entorno de la Sierra de Líbar, a un paso de la ciudad rondeña, ha generado sorpresa entre los científicos. También expectación. Las previsiones ya indicaban que llovería mucho, pero pocos esperaban que lo hiciera en tales cantidades —Grazalema y su entorno acumulan más de 2.000 litros por metro cuadrado desde primeros de año— ni durante tanto tiempo. “Esto ha superado todo lo que habíamos visto hasta ahora”, señala Sergio Martos, investigador del Instituto Geológico Minero, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Él mismo da respuesta a esos sonidos que asustan a la población local. “Se producen porque ha habido una subida súbita del nivel de agua del subsuelo por todo lo que ha caído. Y como continúa, la lluvia sigue infiltrándose desde la superficie. Ello genera una presión brutal de aire comprimido en los conductos subterráneos que, cuando se obstruyen, revientan. De ahí la vibración y los sonidos que llaman tanto la atención”, relata Martos.
Hay tanta cantidad acumulándose bajo agua que hay acuíferos colmatados que expulsan agua por los enchufes de las casas, pero también por manantiales desconocidos incluso para los más viejos del lugar. Para conocer el estado de esas masas de agua, este científico acudía el martes a la zona como parte de la expedición del Grupo de Asesoramiento de Desastres y Emergencias (GADE) —también del CSIC y que asesora a la Junta de Andalucía— con el objetivo de aumentar las mediciones. Lo hacían en tres puntos de la comarca con el objetivo de ofrecer diagnóstico de la situación y tomar datos para el futuro. Uno de esos puntos de referencia está en Benaoján. Es un pequeño agujero en el suelo, con más de cien metros de profundidad, protegido por una valla y rodeado de arbustos y espárragos. Allí colocaban este martes una sonda que permitirá conocer cómo varían los niveles del acuífero existente bajo tierra. Lo hacían con delicadeza, como en un quirófano en plena naturaleza, ante la mirada extrañada de vecinos como Juan Pérez, que paseaba por allí con sus perros. “Es que no es normal esto que ha pasado”, confirmaba el hombre, que en sus 78 años de vida no recuerda episodio igual.
Registros históricos

La primera sorpresa para los técnicos, de hecho, llegó rápida. El cable tocaba agua a 51,72 metros bajo tierra, poco más de los 47 metros registrados hace unos días. Son marcas que no se habían visto en los registros recientes, que reflejan que el agua no había estado tan cerca de la superficie como ahora. “Es que ha llovido mucho”, subraya Eduardo Navarrete, de la Agencia de Medio Ambiente y Agua de la Junta de Andalucía. Hasta ahora, sus técnicos se pasaban por allí una vez al mes para tomar nota del nivel al que está la masa de agua, pero el nuevo dispositivo instalado realizará una medición cada diez minutos, es decir, 144 veces al día, más de 4.000 mensuales. “Los resultados van a tener mucho interés para gestionar los recursos hídricos en el futuro, así como para entender cuánto tarda este acuífero en llenarse o vaciarse. Y nos permitirá estudiar los efectos de estas lluvias tan importantes. Para la ciencia es muy relevante generar datos de calidad”, relata Navarrete.
También lo es para que las autoridades puedan prevenir o incluso responder sobre la marcha en circunstancias similares. El conocimiento científico del acuífero bajo Grazalema —donde también se ha colocado otra sonda similar a la de Benaoján— estuvo en la base de la decisión que tomó la Junta de Andalucía para desalojar el municipio gaditano: sus niveles habían ascendido a toda velocidad —el agua brota por todas partes— y podía provocar colapsos de tierra, con riesgo para la población. Fue igualmente clave en el desalojo de un centenar de vecinos de Estación de Benaoján y, el propio martes, de otra veintena de residentes de Estación de Jimera de Líbar. La masa de agua que medían este martes los científicos tiene su cabecera en la presa de Montejaque, que preocupa porque desde que se construyó —hace un siglo— nunca embalsó agua debido a las filtraciones del terreno. Hasta ahora, que ha alcanzado su máximo nivel histórico, sobrepasando los 36 hectómetros de capacidad, ante el ingente caudal recibido. Existe riesgo de que se desborde y, si lo hace, esa agua pasaría por el sistema kárstico de Hundidero-Gato hasta salir a la Cueva del Gato —por donde ya nace una increíble cantidad de agua— y otros manantiales de la zona que podrían afectar a las poblaciones evacuadas. Existe un mínimo miedo también a que el hormigón colapse, pero es mínimo. Aun así, nadie se fía al 100% y técnicos de que las administraciones públicas y Endesa —propietaria de la infraestructura— la monitoricen las 24 horas del día. Allí el paso está prohibido por la Guardia Civil y solo los buitres leonados de la colonia allí asentada se desplaza libremente por el entorno.
Temblores superficiales

La población local también está sorprendida por la cantidad de terremotos que registra la comarca. Son imperceptibles, pero han generado sorpresa en la comunidad científica por su coincidencia con las lluvias. Tanta, que el Instituto Geográfico Nacional ha decidido instalar tres estaciones sísmicas temporales —que se suman a las dos que hay ya permanentes en el entorno— en los municipios de Casares, Gaucín y Cortes de la Frontera “para mejorar su localización y caracterización”, según Juan Vicente Cantavella, director de la Red Sísmica Nacional. En los últimos días se han producido decenas de movimientos de baja magnitud —la máxima ha sido 3.7, en Jimera de Líbar— como se esperaba. Lo no tan esperado es que la mayoría han sido muy superficiales: de los 191 registrados desde el pasado 3 de febrero, la mayoría apenas a dos o tres kilómetros bajo tierra, la gran diferencia frente a otros episodios parecidos.
Los factores que pueden estar influyendo en esta serie de movimientos sísmicos son dos. Por un lado, el aumento de la presión de poro del terreno: es decir, que sus características hayan cambiado por el agua y lo hagan menos resistente a la fricción la falla existente, que así acelera su proceso para generar temblores antes de lo esperado. Por otro, el peso del caudal acumulado en el subsuelo, que podría también cambiar el estado de esfuerzos de la zona. “Pero decir que la lluvia tiene relación con estos movimientos es, todavía, muy aventurado”, explica Cantavella, que desde la Red Sísmica Nacional también comparte los datos obtenidos con el Instituto Andaluz de Geofísica, que cuenta con acelerógrafos —aparatos que miden el movimiento del suelo— en Ubrique y Ronda. Según relata uno de sus catedráticos, José Morales, cuando acumulen más información, ambos organismos la analizarán y sacarán conclusiones por separado que luego compartirán. “Tenemos que ver si esta serie de temblores es casualidad o causalidad. Creemos que no hay relación, pero la gente necesita certezas, saber qué está ocurriendo y por qué. Y eso es lo que estamos intentando hacer”, señala Morales. “La ciencia engorda a base de procesos que antes no habíamos visto, como este. Son nuevas lecciones que estamos aprendiendo”, concluye.
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