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El cerebro moldea el cuerpo, sí…, pero también viceversa

Según la postura que adoptemos puede producirse una migración de un estado de ánimo a otro

Álvaro Jiménez

El cuerpo, inevitablemente, habla. Basta con observar una pintura o una escultura para darse cuenta de que al contemplar un cuerpo podemos conocer el estado anímico de quien está representado. Al ver a un hombre sentado en una silla de mimbre, con los brazos apoyados en las piernas y sosteniendo la cabeza como si fuese un tormento que llevar sobre los hombros, sentimos inmediatamente el dolor de cualquiera. Es, precisamente, lo que pintó Van Gogh en Anciano apenado (En la puerta de la eternidad). Sin embargo, al mirar Ronda de amor, del escultor valenciano Mariano Benlliure, sentimos la alegría de una joven al ver revolotear a los niños. Lo vemos en su rostro sonriente, en sus manos acariciando sus propias mejillas y labios como quien oculta una juguetona sonrisa, y lo apreciamos en su cuerpo desplegándose armoniosamente.

El cuerpo manifiesta nuestro estado de ánimo. Una pintura sobre un lienzo o una talla de piedra o mármol pueden transmitir la más delicada y vasta de las emociones. La parte visible de nuestro cuerpo es la imagen especular y encarnizada de lo que sentimos. En los años cincuenta el equipo de investigación estadounidense liderado por el neurocirujano Wilder Penfield logró identificar la región cerebral que da cuenta de la representación de nuestro cuerpo y que hoy denominamos la corteza somatosensorial. Situada como una suerte de diadema que corona el cerebro, va descifrando una por una las diferentes partes de la arquitectura corporal con la peculiaridad de que no hay correspondencia entre el tamaño y el número de neuronas encargado de cada región. Así, por ejemplo, las manos ocupan una extensa parte de dicha corteza y a la espalda se le dedica una porción mucho menor. Las regiones del cuerpo a la que el cerebro dedica una mayor densidad de neuronas son la cara y las manos.

La corteza somatosensorial crea una representación corporal, y así el cerebro conoce lo que sentimos en el cuerpo, dónde lo sentimos, si hay movimiento y la posición de cada miembro. Con dicha representación el cerebro configura, literalmente, la emoción. Sin cuerpo el sentimiento sería tan solo una construcción intelectual, alejada de lo que realmente es la alegría, el miedo o la congoja. William James lo sintetizó magistralmente al afirmar: “No lloramos porque estamos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos”. Para James la emoción es la conciencia de los cambios corporales que suceden ante las ocurrencias de la vida. Sin embargo, las estadísticas nos dicen que nuestra consciencia corporal es muy baja, y que vivimos las emociones en un plano más mental. Las sensaciones del cuerpo se sustituyen por pensamientos, creando una ceguera corporal que nos disocia. Pero recientemente la neurociencia ha sugerido que dicha representación corporal en el cerebro es simétrica. Es decir, la emoción repercute en el cuerpo como hemos visto, pero el cuerpo también puede intervenir en la emoción.

En el año 2014, el grupo del doctor Johannes Michalak, de la Universidad alemana de Bochum, publicó un estudio pionero que mostraba cómo la postura corporal influye en la cognición y memoria emocional. Para ello instó a un grupo de participantes a memorizar una serie de palabras en diferentes posturas. Aquellos que adoptaron una postura encorvada y mirando hacia abajo memorizaron menos palabras y retuvieron más aquellas de carácter negativo, en comparación con los que mantuvieron una postura recta, abierta de hombros y con la mirada al frente. La postura afecta a la percepción. Otro ejemplo, publicado recientemente por la Universidad de Chengdu, en China, mostraba que al tumbarnos aumenta la capacidad de divagación, mermando la atención y el control cognitivo. No hay nada como rumiar un problema en la cama, con una tenue luz y a horas donde el cuerpo pide sueño. Ponerse en pie interrumpe las turbulencias mentales. Otra vez, el cuerpo al rescate de la mente.

Tal es la importancia que las ciencias clínicas otorgan al cuerpo, basadas en las evidencias de la propiocepción, que diversos estudios sugieren la práctica de técnicas de corrección de la postura como complemento a las intervenciones psicológicas. Es importante resaltar lo de complemento y no sustitución. En Australia, hace ya algunos años, instauraron un programa llamado Tener el cuerpo en mente donde se instruía a los pacientes de los servicios de salud mental a cuidar su cuerpo mediante el ejercicio físico y la consciencia de la postura corporal dentro de un marco integral de salud. Sus resultados arrojaron una mejora en los niveles de autoestima, satisfacción vital y reincidencia clínica.

El cerebro configura constantemente una representación del cuerpo para dar lugar a nuestra respuesta ante eventos emocionales. Eso lo sabíamos hace tiempo. Pero ahora sabemos que esa información es vinculativa en sentido contrario. El cerebro moldea el cuerpo y el cuerpo conforma al cerebro. La postura corporal nos permite migrar de un estado de ánimo a otro. Y es acertado hablar de migración, y no de cambio, porque las migraciones no son fáciles ni siempre posibles. La emoción, sea del signo que sea, merece su espacio. Pero también es cierto que en el cuerpo tenemos un aliado más con el que combatir los avatares del infortunio o un escenario en el que permitir que se exhiban las venturas. El cuerpo reclama su espacio. Corresponde permitírselo. 

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