La palabra inteligencia
Solo sabemos, ya privados de casi toda inteligencia, que es muy triste que inteligencia signifique traición


Las palabras no ganan para sustos. Las traen, las llevan, las quitan, las ponen, las callan, las gritan, las pervierten: es una vida muy difícil. Algunas se defienden como pueden, escondidas donde pocos las digan o recuerden, pero otras sufren reveses tremebundos. Hasta hace nada, por ejemplo, la red era el aparejo del rudo pescador mal afeitado o del gentil cazador de mariposas; ahora es el ogro que se come a nuestros niños crudos y a nuestros electores con patatas. Hasta hace nada, una maga era una mujer que hacía posible lo imposible; ahora es el epitafio en el gorrito de un señor mayor que se dedica a bombardear el mundo. A la palabra inteligencia le ha pasado algo así, y se la ve sentida, resentida.
Inteligencia, por supuesto, viene del latín, donde fue inter y legere, que, juntos, tienen dos significados muy curiosos: puede ser elegir entre dos cosas o relacionarlas. Así la inteligencia, tan indefinible, se puede definir como una cruza de esas dos aptitudes: la capacidad de elegir entre muchas la mejor opción, la de juntar elementos que parecían distantes y lograr algo nuevo en esa síntesis. Así la inteligencia fue, desde hace dos o tres siglos, la cualidad más apreciada o más temida: los que la tenían creaban, prosperaban, gobernaban, dudaban con ella. Alguno incluso se atrevió a pensar.
Ya no: como dijimos hace poco, buena parte del mundo descree de la inteligencia, le desconfía, la detesta, y ha decidido reemplazarla, en muchos puestos de gobierno y conducción, por la más crasa estupidez.
Así que, despreciada, escarnecida, la palabra buscó refugio en otros significados, pero no tuvo suerte. Su sentido más popular, últimamente, el que la tiene en tantas bocas, le exigió dejar de ser humana y volverse artificial. La inteligencia artificial —IA, AI— es el chicle globo de estos tiempos: lo masticamos sin parar, le hacemos burbujitas. Y le tenemos mucho miedo de dos formas: porque tememos que sea tan inteligente que se apodere de nosotros y nos domine —aunque nadie entienda mucho cómo, para qué— y porque tememos que deje a millones de personas sin trabajo.
Algo así ya sucede y siempre sucedió: con la mejora de técnicas y herramientas muchas tareas precisan menos manos y cabezas. Debería ser un orgullo y una felicidad que nuestra sociedad sea capaz de inventar aparatos que trabajen por y para nosotros; el problema es que, siguiendo los principios que nos organizan, los dueños quieren aprovechar esas ventajas para ganar todavía más. El problema no es el avance técnico; es esta sociedad o, por decirlo en serio, el capitalismo desbocado.
(Esto no va a quedar así: estoy convencido de que el gran conflicto político y económico de las próximas décadas será la pelea entre patrones, trabajadores y extrabajadores por el reparto de los beneficios de la tecnificación. Por ahora se los quedan los primeros; segundos y terceros empezarán a reclamar su parte y arderá alguna Troya.)
Así, la palabra inteligencia en inteligencia artificial no tiene tantos fans. Lo malo es que le ha surgido una competidora aun peor: la palabra inteligencia en el esquema de gobiernos y ejércitos, guerras y guerritas, drones y ladrones. La palabra lleva siglos designando al que sabe violar ciertos secretos, pero recién a fines del XIX Estados Unidos la usó para rotular su departamento de espías navales: la Office of Naval Intelligence. La verdadera inteligencia les resultaba tan ajena que pensaron que decir inteligencia quedaba más elegante, menos brutal que espionaje o infiltración o vigilancia o chismorreo. Así que después, en 1947, cuando se decidieron a tratar de controlar el mundo, usaron la palabra para una de sus armas principales: la famosa Central Intelligence Agency, CIA.
Hace unos días la CIA salió en todos los diarios: contaban que sus agentes se habían enterado del pijama party de los jefes islámicos en Teherán y transmitieron “la inteligencia” a los tirabombas adecuado s. Me impresiona pensar en el triunfo de esos señores que representan, se diría, el triunfo de la maldad más pura: la de simular que piensan y sienten lo que no piensan ni sienten para facilitar la muerte de los que les creen —y ganar con eso un buen dinero. Aunque quizá sea lo contrario, el más puro heroísmo: personas que simulan que piensan y sienten lo que no piensan ni sienten para ayudar a que otros, millones, puedan dejar de simular. En cualquier caso, ya sea por la patria o por la pasta —que a veces se parecen tanto—, el método es el engaño, el puñal en la espalda.
Quién sabrá qué quieren, qué imaginan esos señores y señoras. Solo sabemos, ya privados de casi toda inteligencia, que es muy triste que inteligencia signifique traición. No hay, sospecho, mayor traición a la palabra inteligencia.
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