Ir al contenido
_
_
_
_
LAS COPAS Y LAS LETRAS
Columna

No viajes solo donde antes viajaste enamorado

El problema específico del amor es más bien haber traicionado una alegría con el desencanto del tiempo

Una persona de pie y, a su derecha, dos personas abrazándose delante del Lago Starnberg en la ciudad Starnberg, en Alemania, el 8 de febrero de 2026. Michael Nguyen (NurPhoto / Getty Images)

Uno no debería viajar solo donde antes ha viajado enamorado. Hay algunas razones poderosas por lo obvias, empezando porque el amor sabe buscar sus sitios y nos llevará a Córdoba o a Nápoles o a París antes que —con perdón— a Collado Mediano. Si se fijan, además, hay una cierta predestinación en estos viajes: una especie de providencia o de ángel de la guarda de los enamorados por el cual todo sale bien incluso cuando sale mal; si hace sol, porque parece que la primavera en conjunto se ha puesto de nuestro lado; si llueve, porque acuérdate cómo llovía. Después, cabe pensar —aunque el amor gusta, como dice el Lied, de la errancia—, que alguien es más alguien cuando su figura destaca en un tiempo y, sobre todo, en un paisaje: “me dueles en Galicia en 2012”. Son siempre curiosas las materialidades —libros, imágenes— que nos evocan ante los demás, pero quizá ninguna más intensa que las ciudades y los restaurantes, los hoteles y los bares que fueron un día santos lugares del amor.

Por supuesto, no es sabio viajar solo donde viajamos enamorados por la melancolía física de la pérdida, por la vivencia del rostro perdido como miembro fantasma. Contra esto nada ha mejorado las recetas de los clásicos: dejar que pase el tiempo y, si uno es propenso, leer algún poema. Hay, sin embargo, otras razones no por más sutiles menos devastadoras. El ser humano vive de comparar, y la presencia del enamorado sobre el mundo es la manera más poderosa que tenemos de habitarlo: una exaltación que contrasta a aquel que fuimos con el sabor a agua tibia de la normalidad presente. Los amores fallidos, de alguna manera, nos hacen viejos. Y puede haber un sentimiento amargo al pensar en el caudal de felicidad que se nos dio y que quizá malversamos.

Se dirá que esto ocurre siempre: el abogado que somos se comió al actor o al ingeniero que un día pudimos ser. El problema específico del amor es más bien haber traicionado una alegría con el desencanto del tiempo. Y eso nos puede causar una melancolía que es implantable cuando uno es joven: el preguntarnos que quizá ni el tiempo nos hizo bien ni nos hizo mejores. No es una lección hermosa de la vida el considerar lo mal que envejecen algunas alegrías. Ni ver cómo nos crece, imperceptible, esa costra del tiempo que es el escepticismo cuando hemos tenido esa mirada del enamorado que nos descubre el mundo como debería ser, o que nos lo devuelve tal y como fue antes de haber sido desencantado. En el XIX, al menos, lo llamaron de un modo muy bonito: “Las ilusiones perdidas”.

Con esta excepción, que quizá nos ponga algunos tachones en el mapa, uno no quería dejar de hacer un elogio del viajar solo. Un elogio poco militante: el placer de la vida es tanto vivirla como conversarla, y lo mismo puede decirse de los viajes. Si, además, el infierno son los otros, consuela poco saber lo infernales que les resultaremos a la vez a los demás. Hay, en todo caso, un placer específico en el viajar solo, que no tiene que ver con la introspección: para eso, mejor un retiro de yoga o unos ejercicios espirituales. Tiene que ver más bien con volver a exponerse, con regresar a aquellos momentos en el tiempo en los que todavía descubríamos; con la ilusión de poder darle al mundo el orden —“pues ahora me tomo una cervecita”— que queremos y al que, por supuesto, jamás, en los días de diario, se somete. Viajar solo da una nueva dimensión a muchas cosas: la libertad, de pronto, es coger un tren, y la subversión tal vez sea pasar la tarde leyendo un diario de papel. Reganar una cierta soberanía, sentir la alegría de desaparecer en un sitio en el que no somos nada para nadie: viajar solo es un placer particular. Muchos debemos de estar de acuerdo: leo en The Spectator que el mercado para viajeros solitarios alcanzará el billón de euros en 2030.

Hace años le dije a mi novia que iba a Venecia, pero que tenía que ir solo: era más una peregrinación que un viaje. Solo la jurisdicción excepcional que es Venecia puede hacer pasar por natural un comentario que, en cualquier otro lugar, sería delito de pretensión o una excusa de capullo. Ella lo entendió perfectamente. La ironía es que, al poco de llegar, pensé que hubiera sido mejor ir con ella. He ahí otra de las verdades de la vida: nada como viajar enamorado donde una vez viajaste solo.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a Papallones desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en Papallones.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones Papallones
Recomendaciones Papallones
Recomendaciones Papallones
_
_