¿De qué demonios te ríes?
El humor bien entendido empieza por uno mismo: esa modesta sabiduría no es quizá tan modesta


El humor bien entendido empieza por uno mismo: quien no es capaz de reírse de sí mismo no tiene derecho a reírse de nada. Por eso hay pocas cosas tan saludables como la autoironía, una bendición cada vez más difícil de encontrar en un mundo donde, gracias a las redes sociales, tantos parecen consagrados a practicar a tiempo completo el arte del “mecachis-qué-guapo-soy”; y lo asombroso no es solo que a sus practicantes no les avergüence esa exhibición asidua de supuestas bondades propias, ese alarde impúdico de los propios logros o los éxitos supuestos o reales: lo asombroso es que no hunda en el descrédito a quien lo practica. Porque, además de impúdica, esa perpetua alabanza de uno mismo es envilecedora, degradante. La virtud es como los fantasmas: en cuanto sale a la luz, se disuelve; la virtud es secreta o no es: si yo les cuento que esta mañana le he dado 300 euros a un mendigo, ese acto de generosidad deja de ser al instante un acto de generosidad y se convierte en una cuña publicitaria: “Admiren ustedes mi bondad”. A menudo es difícil sustraerse a la impresión de que esa es la pesadilla que estamos construyendo con las redes sociales: un mundo infestado de hombres-anuncio, de mercachifles de sí mismos, de narcisistas insaciables. También en este sentido Trump es un emblema de nuestro tiempo: el ególatra entregado al autobombo y alérgico al humor y la ironía (no digamos a la autoironía, que es lo opuesto al autobombo), la personificación de l’esprit du sérieux que La Rochefoucauld definió con estas palabras insuperables: “La seriedad es la máscara que se pone el cuerpo para ocultar la putrefacción del espíritu”.
Sobra decir que nuestros políticos no están vacunados contra esa plaga ubicua. En el Parlamento brillan por su ausencia la ironía y la autoironía, incluso el sentido del humor, al menos desde los tiempos de Manuel Fraga Iribarne (“¿Qué es una sardina?”, se preguntó una vez Fraga desde la tribuna de oradores. “Es una ballena que ha pasado por las manos de un gobierno socialista”). Sus señorías se ríen poco y, cuando se ríen, jamás se ríen de sí mismos; tampoco se ríen con los demás, que es la única forma decente de reírse: se ríen de los demás, que es la más indecente. La única vez que he visto a la bancada del PP puesta en pie aplaudiendo a un miembro del Gobierno, mientras sus integrantes se reían a mandíbula batiente, ocurrió en octubre de 2025 en el Senado, durante un debate sobre corrupción, cuando la vicepresidenta Díaz proclamó que quedaba Gobierno de corrupción para rato (quiso decir, ji, ji, ja, ja, Gobierno de coalición): una respuesta puramente trumpista, de matones o acosadores de patio de colegio. Por supuesto, la abyección no es patrimonio de la derecha (y por eso quienes pregonan la superioridad moral de la izquierda suelen ser unos inmorales): un mes más tarde, en el Congreso, la bancada del PSOE se partió de risa con un lapsus semejante de Núñez Feijóo, quien fracasó sin gloria ni remedio intentando una gracia que mezclaba al presidente Sánchez con el título de una serie de televisión basada en un libro mío, Anatomía de un instante. Matones y acosadores: valentones justicieros con los adversarios, cobardes y pelotas con los suyos. Lo mejor del mejor lapsus del mayor experto en lapsus de la política española reciente, Mariano Rajoy, no fue el lapsus en sí (por lo demás no indigno de un monólogo de Mariano Ozores: “Es el vecino el que elige al alcalde, y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”), sino la reacción de los políticos del PP ante el galimatías impecable de su líder: un aplauso cerrado.
El humor bien entendido empieza por uno mismo: esa modesta sabiduría no es quizá tan modesta; al fin y al cabo, no hay decencia posible sin ella: sin negarse en redondo al autobombo, el matonismo, el peloteo y l’esprit du sérieux, sin aprender a reírse con los demás y no de los demás, sobre todo sin aprender a reírse de uno mismo, que es la mejor forma de quitarse importancia. No descarto que Franz Kafka pensase en cosas así cuando afirmó: “En un mundo sin Dios, el sentido del humor es casi una obligación moral”.
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