Una forma de resistencia
Esta foto no es el final de una historia miles de veces repetida, sino una interrupción en la nuestra


Previo a convertirse en símbolo de la barbarie, este pequeño constituía únicamente un organismo reflexivo, un individuo con sentimientos. Poseía una altura definida, una masa, un calor corporal, ciertos anhelos. La imagen, en este punto, representa ya un relato acerca de la perversidad, aunque lo sucedido inicialmente resultó violentamente material, despiadadamente verídico, tal como un impacto de helada o calentura. Lo que más perturba no reside únicamente en la agresividad del momento, sino en la forma en que el menor aparenta comprender cómo actuar en tal situación. No derrama lágrimas, no ofrece oposición, no observa el objetivo. Se halla enfocado en su rol, cual si fuera un arrestado experto, un capturado de ficción. Ha comprendido que, ante determinados escenarios vitales, si resulta útil fingir el fallecimiento, uno simplemente lo hace. No se trata de docilidad, sino de una estrategia para subsistir. La anatomía del infante, ante un engranaje colosal cuya enorme mano descansa sobre su morral, ensaya un comportamiento asimilado para evitar quebrarse. Entrelazar los dedos, quedarse inmóvil, fijar la vista adelante. Una forma de expresar sin emplear vocablos:
—No me pegues.
La imagen captura ese instante en que Liam Ramos, que se convertiría en emblema de la brutalidad de Trump y su entorno, representa meramente a un individuo lidiando con su fragilidad lo mejor posible. Después aparecerán los encabezados, el enfado y la compasión. No obstante, previamente solo existió un pequeño manejando su temor personal con una integridad no buscada. Este retrato no constituye el desenlace de un relato reiterado infinitamente, sino un paréntesis en el nuestro. Nos frena. Nos perturba. Nos reclama un respiro. Y en una realidad que consume las capturas con indiferencia, un alto representa ya un modo de oposición.
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