De Ulm a Hechingen: viaje a las raíces de Albert Einstein en Baden-Wurtemberg
Coincidiendo con el aniversario del nacimiento del físico, transitamos los lugares donde nació, se fortaleció y, tras alcanzar el éxito, regresó para encontrar la paz

En Ulm, la ciudad alemana donde Albert Einstein nació —y aún se le recuerda— el 14 de marzo de 1879, cuentan que existían ninfas que protegían a la naturaleza y a las mujeres en los partos. Se llamaban Erdweiblein (también Erdweibchen o Erdmännlein), vestían de gris o blanco, vivían en la tierra, en ríos, bosques, árboles, cuevas, y, cuando desaparecieron, todas las mujeres lo notaron. Aunque el que está considerado como el científico más influyente del siglo XX vivió en esta ciudad del Estado de Baden-Wurtemberg a orillas del Danubio poco más de un año, lo cierto es que cuando el viajero llega aquí con la intención de celebrar el aniversario de su nacimiento corre el riesgo de poner en duda el definitivo impacto que estas calles medievales y adoquinadas tuvieron en el genio y en su genialidad. Y también a la inversa.
Al fin y al cabo, se dice, él permaneció en la calle de la estación —Bahnhofstraße 135— demasiado poco tiempo. Incluso quitaron su nombre a la calle que hoy lo lleva cuando la inconsciencia nazi se apropió de la ciudad y del país, para rebautizarla de igual modo más tarde. Con ironía, Einstein diría: “La llamaría más bien la calle Veleta.” Para entonces, él no era ciudadano alemán, pero sin duda recordaría lo que aún quedaba en Ulm de él y de los suyos. “En la tierra en la que uno ha nacido siempre se mantiene el vínculo. El lugar donde uno ha nacido es como una madre”, escribió a las autoridades de la ciudad. Aunque el viajero conozca esta frase, continúa haciéndose la pregunta de cómo este lugar pudo influir en el genio de forma tan definitiva al llegar a la inmensa planicie de la plaza Central (Münsterplatz), en cuyo centro se alza la catedral de gótico tardío que cada sábado por la mañana se llena de visitantes de todo el mundo. Aún más al atravesar sus gigantescas puertas labradas, adentrarse en el sobrecogedor recinto luminoso del templo y acceder a través de unas escaleras de piedra desgastadas al campanario, pasear bajo los arcos apuntados del tejado, sobre las bóvedas, observar sus contrafuertes, arbotantes, pináculos, tracerías.

La familia Einstein contribuyó económicamente a construirlo, como la mayor parte de la ciudad hizo siglo tras siglo. Por algo esta catedral, una de las más famosas del mundo por poseer la torre de iglesia más alta del mundo (algo más de 161 metros), es fruto directo del florecer en la ciudad del arte en el siglo XIV, dos siglos después de que esta ciudad, que hoy desprende olor a canela y pan, a las salchichas asadas con chucrut o repollo rojo, fuera declarada Ciudad Imperial del Sacro Imperio Romano Germánico, ciudad libre. El monumento, que ha sido construido metro a metro durante 500 años a base de voluntad y suma de fuerzas, es para muchos también una metáfora de la capacidad humana de resilir y alcanzar lo inalcanzable cuando suma; el ejemplo máximo de cómo los seres humanos se superan a sí mismos.
Lo fácil, sin embargo, es que el viajero desista de seguir los pasos de Einstein si al salir del templo e ir a la oficina turística situada a pocos metros escucha que la mayoría de su familia directa emigró a Múnich cuando él aún era un bebé. Entre ellos, su tío Jacob, quien con sus inventos acostumbró al pequeño Albert a confiar en el poder de la imaginación. “La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado, mientras que la imaginación no tiene límites y abarca el mundo entero”, diría el genio.

Si, por el contrario, el responsable de turismo señala la importancia que hoy tiene en la Universidad de Ulm la huella de Einstein y en su gente, y uno sigue adelante siguiendo sus pasos, pronto va a descubrir el poder de lo imprevisible, y que, en este caso, lo esencial también es visible a los ojos. En Metzgergasse, calle situada en el barrio histórico (Altstadt), el viajero puede mirar las ruinas que se alzan aquí y allá como recordatorio de lo que la ciudad fue al buscar restaurantes típicos como Gerberhaus o Zur Forelle, que en día festivo están repletos. Los bombardeos sobre Ulm durante la última gran guerra se llevaron gran parte de lo que esta ciudad fue, pero dejaron estas cicatrices en pie.
Frente a ellas, se puede decidir seguir caminando por el impresionante, bello, anacrónico barrio de los Pescadores (Fischerviertel) hasta el The Einsteins – Museum of a Ulm Family. Lo que hay cambia para siempre la imagen de la ciudad como raíz de Einstein, alimenta la certeza de que con este abono se forjó en gran parte al genio. Encuentra, mientras tanto, las casas tradicionales de entramado de madera que emergen del Blau, el riachuelo de aguas cristalinas que recuerda por unos metros a una humilde Venecia. Este museo lleva abierto apenas dos años, recuerda a un pequeño barco y muestra sus raíces, parte del abono que lo alimentaría después.
Al atravesar la entrada, se encuentra el retrato del genio en su edad infantil junto a un violín y a su madre. Pauline supo alimentar la genialidad. Albert no habló hasta los tres años, pero ella articuló su mente con la música y empujó en la infancia su maestría con el violín. “La música es la verdadera aritmética del alma”, escribiría él pasado el tiempo: “Vivo mis ensoñaciones en la música”. Sus ensoñaciones trajeron consigo las imágenes pilar de sus teorías.
Llegado este punto, se deduce que, en efecto, Ulm y el Estado de Baden-Wurtemberg marcaron consciente e inconscientemente al genio. Y hay dos formas de saber cómo. La primera es la más obvia: basta con conocer los paisajes cercanos a Ulm a los que regresó una y otra vez, como la Selva Negra o los Alpes. Por ejemplo, de 1917 a 1924 visitó a su amigo Camilo Brandhuber, sacerdote católico, en la rectoría Pfarrhaus de Benzingen, un pequeño pueblecito que pertenece a Sigmaringen. “Estoy en un pueblo que mana leche y miel”, escribió a su esposa desde allí. El pueblo, que hoy apenas tiene una leve insignia con el nombre de Einstein y de su amigo, fue el remanso de paz en la naturaleza donde encontrar el equilibrio que fama y éxito amenazaron destruir.
Las dos mujeres que le marcaron
La segunda forma de encontrar las raíces que fortalecieron su genialidad en estas tierras es descubrir los lugares a los que llegó con las mujeres que amó y le amaron; los momentos que esculpieron su memoria y personalidad.

A tan solo dos horas de Ulm, en Heidelberg —ciudad luminosa, calles adoquinadas junto al río Neckar, una de las universidades más antiguas de Alemania, el castillo del año 1300, puerta cercana a la Selva Negra—, él y Mileva Marić pasaron algunos de los momentos más cruciales de su vida. A veces una gran personalidad se asienta sobre grandes fracasos. Ella, brillante, única mujer en su promoción, mayor que él, estudió un semestre en Heidelberg poco después de conocerse. Einstein llegó aquí con dos cosas claras: quería trabajar con el mejor, Wilhelm Ostwald —Premio Nobel después, uno de los científicos más influyentes en la Europa del momento— y Milova estaba embarazada. De la bebé que tuvieron antes de casarse nada se supo excepto su nombre (Lieserl), pero sí se supo que Ostwald rechazó a Einstein y que Milova jamás sería la misma. Era 1901. Cuatro años después, Einstein publicó las teorías que cambiarían el mundo. Cuando Milova quedó atrás, él regresó a la tierra de su origen.

Llegó en busca de paz a la ciudad de Hechingen junto a su segunda esposa. Esta era la ciudad natal de Elsa, sobrina de su madre. A él se le veía junto a su esposa. El castillo de Hohenberg, que se alza sobre un cerro, está muy cerca y es uno de los más visitados de Alemania. “La alegría en mirar y comprender es el regalo más hermoso de la naturaleza”, escribió el genio. Einstein y Elsa dejaron Alemania en 1933. Todo viajero lleva consigo su raíz —Ulm y su madre, Mileva y el tiempo en Heidelberg, la Selva Negra, el Neckar, el castillo de Hohenberg—. Tras su muerte el 18 de abril de 1955, sus cenizas se desparramaron junto al río Delaware, cuyas aguas cristalinas recuerdan al lugar donde nació y llevó siempre consigo: la Selva Negra —con sus riachuelos y cascadas, sus árboles y su tierra negra— y los Alpes; a esa madre que decidió comenzar a esculpir su mente con música, a esa esposa que brilló per se y murió sola, a esa otra esposa que lo llevó de vuelta a sus raíces en lo que hoy es Baden-Wurtemberg. Raíces sobre las que creció casi hasta el infinito.
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