El enfado de los que podrían teletrabajar y no les dejan: “Mejoraría mi calidad de vida”
Seis años después del confinamiento, más de tres millones de empleados en España cuya actividad les permitiría teletrabajar no lo hacen


Sergio es nutricionista, trabaja en Madrid y tiene 35 años. Su empleo consiste en revisar documentación, contestar correos electrónicos y atender llamadas telefónicas, en las que da pautas de alimentación y vida saludable a clientes. “La mayor parte del tiempo estoy sentado delante del ordenador, como podría estar en mi casa”. Él querría teletrabajar, “al menos de vez en cuando”, pero sus empleadores no se lo permiten. “Me dicen que no, que imposible, que es política de empresa. Es una empresa antigua y casposa. No lo entiendo, podríamos hacerlo todo desde casa. Con teletrabajo mejoraría mi calidad de vida”, lamenta este empleado, que pide ocultar su apellido para evitar problemas en la empresa.
Este fin de semana se cumplen seis años del inicio del confinamiento por el coronavirus, con el subidón del teletrabajo que llevó aparejado. La empresa de Sergio es una de las que le ha dado la espalda: él está entre el 16,1% de ocupados que aseguran que sus tareas se pueden desarrollar en remoto, pero que nunca trabajan desde casa. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) de 2025, hay en torno a 3,4 millones de empleados en España en esa situación. Es un grupo que encoge poco a poco (en 2024 eran el 18,4% y en 2023 el 18,8%), pero aún muy relevante en las estadísticas laborales.
A la vez, la proporción de los que sí teletrabajan casi se ha congelado en el último año, según los últimos registros del INE: era el 14,8% en 2025, frente al 15,1% del año anterior. Entonces, en 2024 y según Eurostat, los teletrabajadores españoles eran casi los mismos: el 15,4% del total, en torno a uno de cada seis empleados.
Es la proporción más alta de la serie histórica de Eurostat para España, que empieza en 1992 con un minúsculo 1,5%, 10 veces menos. Este porcentaje creció paulatinamente hasta 2013, en lo peor de la Gran Recesión, cuando se situó en el 7,5%. Retrocedió hasta 2016, mejoró con la salida de la crisis y experimentó un subidón histórico en la emergencia del coronavirus. Confinamientos mediante, el porcentaje escaló hasta el 15,3% en 2021. Cayó ligeramente al año siguiente y ya superó el máximo de la pandemia en 2024, con un 15,4%.
Y, frente a ellos, en torno a un 16% que podría teletrabajar no lo hace. Hay un 60% restante empleado en actividades en las que, por norma general, el teletrabajo no es factible (el campo, la hostelería, la industria, los servicios sociales...). Pero en ese 16% hay margen de crecimiento y, sin embargo, avanza despacio. ¿Por qué? Los especialistas aluden principalmente a la resistencia empresarial, a que hay compañías que no terminan de fiarse de este nuevo modelo de trabajo.
Juan Vicente Castellanos, investigador del CIS y autor de la tesis doctoral Estudio sociológico sobre el teletrabajo en España tras la pandemia, cree que el “estilo directivo” de la empresa española es “muy presencialista”. “Así cuesta más que crezca el teletrabajo que en otros países. Con esa mentalidad, cuesta más tener a gente a cargo a la que no ves”, opina. Cree que esta visión parte de un concepto de fondo, por el que apenas se da autonomía al empleado: “Es un modelo organizativo concreto, en el que se da menos confianza al empleado, en el que no prima la organización por tareas y la autonomía. Hay más supervisión y jerarquía”.
Es una opinión parecida a la de la abogada laboralista Beatriz G. Caneda, autora de la tesis doctoral Alcance del trabajo a distancia y el teletrabajo. Una realidad estructural. “Hay muchos sectores que están siendo conservadores, que siguen apostando por la presencialidad y por un control mayor de la prestación del servicio”, indica esta especialista. Frente a esa resistencia está el deseo de los empleados por trabajar en remoto, una preferencia que cristaliza en los datos del INE: los teletrabajadores valoran con un 8,9 sobre 10 a la experiencia del teletrabajo, con el 51% de los encuestados optando por la máxima calificación. Solo el 2% suspende esta experiencia.
Uno de los empleados encantados con el teletrabajo es Diego Fernández, informático de 31 años. Hasta hace poco ha estado buscando empleo y el teletrabajo era una condición innegociable. “Para mí era imprescindible que la oferta fuese con teletrabajo. Una de las que he rechazado implicaba ir dos días a la semana a la oficina y la que he aceptado son cinco días por trimestre”. Con ese esquema, puede seguir viviendo en Almería y desplazarse a Madrid en esas ocasiones contadas. “Me parece bien ir de vez en cuando, pero que tenga sentido. Si es para que no haya nadie y hablar por Teams igualmente, es mejor no hacerlo”. Asegura que este deseo por teletrabajar es común entre sus compañeros, especialmente los más jóvenes.
Valentín Bote, director de Randstad Research, subraya que esa aspiración por teletrabajar coloca en desventaja al reclutar personal a las empresas que no lo ofrecen. “Hemos visto que algunas empresas que no apuestan por el teletrabajo experimentan complicaciones adicionales para captar talento”. Dice que esto sería menos grave para las compañías si sobrase la mano de obra, “pero en un contexto de escasez de muchos perfiles, resultas menos atractivo”.
Ley de teletrabajo
Bote cree que hay varios motivos que explican la resistencia empresarial a aplicar más teletrabajo. Señala la falta de control sobre el empleado y la posible pérdida de productividad que puede ir asociada [el principal argumento esgrimido por algunas grandes tecnológicas que lo rechazan, junto al freno a la innovación al no compartir ideas presencialmente], pero el que más destaca es la falla que aprecia en la ley aprobada en 2021 —apoyada por sindicatos y patronales—. “Esa legislación supone un coste para la empresa cuando se supera el 30% de teletrabajo. Eso ha sido un desincentivo para que muchas empresas vayan más allá y por eso es tan común que se limite a seis días al mes”, destaca Bote. Cree que esa lógica sabotea un mayor desarrollo de esta fórmula: “Si es algo que el trabajador demanda, ¿por qué penalizar económicamente a la empresa?“.
Lo que establece la ley es que cuando el teletrabajo (que siempre es voluntario por las dos partes) supere el 30% de la jornada se deben regular una serie de derechos y deberes, que incluyen la compensación de algunos gastos, una evaluación de riesgos laborales o los medios de la compañía para controlar la actividad. Por debajo de ese 30%, las obligaciones se difuminan y prima la informalidad. De ahí que Raquel Boto, experta en la materia de CC OO, defienda esta normativa: “La empresa siempre prefiere que el teletrabajo flote en la indefinición, beneficiarse de la conexión permanente de muchos empleados pero no regular las condiciones en las que se presta para evitar responsabilidades”.
Con todo, Castellanos aprecia un avance del teletrabajo convenio a convenio, que poco a poco se abre paso en la negociación colectiva desde la pandemia. “Sin la crisis inflacionista, que ha puesto mucho peso en la negociación salarial, habría avanzado aún más. El teletrabajo se ve como un derecho más que el trabajador exige”. Abunda Caneda, que ha estudiado el fenómeno de forma específica: “La mayoría de los acuerdos son de dos o tres días. Muchas empresas intentan huir de la ley, no rebasar el umbral [del 30%] para evitar obligaciones”. “Las empresas grandes [en las que los sindicatos tienen más fuerza y a menudo convenios propios] tienen más presión para implantar el teletrabajo. A las pequeñas, además, les cuesta más por la inversión en tecnología para hacerlo factible”, agrega el investigador del CIS.
Boto cree que las empresas no rechazan el teletrabajo por los costes a los que alude el experto de Randstad (“son muy pequeños, una parte de la luz e internet, junto a la prestación de equipos”), sino porque “se cree mucho en la vigilancia al empleado, sin valorar la mejora en la vida del empleado; la productividad aumenta con el teletrabajo”. A la vez, subraya el papel transformador que puede jugar el teletrabajo para combatir la despoblación, aliviar los precios de la vivienda en las ciudades que concentran los empleos y en la huella climática, dados los desplazamientos que ahorra cada día.
Esa mejora vital es la que reclama Lorena para sí, compañera de Sergio en la empresa de nutrición que rechaza el teletrabajo y que también pide ocultar su apellido. “He escuchado historias para no dormir con el teletrabajo, personas que se dedican a todo menos a trabajar. Es normal que haya cierta reticencia por parte de algunas empresas”, concede, antes de resaltar que ese tipo de fraudes no deberían laminar el derecho para el común de los trabajadores: “Para mí sería una maravilla tener un par de días de teletrabajo para conciliar mejor. Para no traer el coche, ahorrar esos costes, para aprovechar mejor el tiempo y no perderlo en el trayecto de ida y vuelta. Es una tristeza todo lo que nos perdemos”.
Más teletrabajo en las economías más desarrolladas
El promedio europeo de teletrabajadores ha seguido una tendencia parecida a la española, pero siempre con mucha ventaja: el último dato que detalla Eurostat es del 22,6% de media para los Veintisiete. Los países europeos con una mayor porción de teletrabajadores son Países Bajos (52%), Suecia (45,6%) y Luxemburgo (42,8%). En la posición contraria se encuentran Grecia (7,8%), Rumania (3,5%) y Bulgaria (3%). El patrón salta a la vista: los países con economías más avanzadas, más tecnológicas y de mayor valor añadido, teletrabajan más que los que se caracterizan por justo lo contrario. Esta dinámica se repite en la desagregación por comunidades autónomas. En la Comunidad de Madrid se teletrabaja en 2024 más del triple que en Canarias.
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