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Por qué la guerra en Irán dispara el precio del diésel por encima de la gasolina

La dependencia europea de importaciones, los bajos inventarios y el freno exportador de China amplifican el impacto del conflicto de Oriente Próximo en el mercado del gasóleo

Dos personas repostan en una gasolinera este martes en Ourense, Galicia. Brais Lorenzo (EFE)

El mercado energético global vive días de extrema volatilidad desde que Estados Unidos atacó a Irán, hace más de una semana. El recrudecimiento del conflicto en Oriente Próximo ha inyectado una prima de riesgo inmediata en los mercados de materias primas. Lo que hasta hace poco era una tendencia alcista moderada en el precio del petróleo, se ha convertido en una carrera frenética por asegurar el suministro de combustible. El impacto se ha dejado sentir con especial intensidad en los derivados del crudo, castigando con especial dureza al gasóleo frente a la gasolina.

En las últimas semanas, el barril de brent, de referencia europea, ha pasado de cotizar en torno a los 60 dólares a rozar los 120. La volatilidad domina las sesiones; la diferencia entre el máximo y el mínimo diarios en Wall Street ha llegado a alcanzar casi 30 dólares. Para el consumidor que acude a repostar, el precio del crudo es solo una pieza del engranaje. El coste final en el surtidor depende sobre todo de las cotizaciones internacionales de los combustibles ya refinados, que siguen sus propias dinámicas de oferta y demanda y que, según los analistas, están experimentando distorsiones significativas.

Mientras el petróleo acumula una subida cercana al 40%, la gasolina ha aumentado en torno a un 10% y el diésel se ha disparado un 20%, duplicando el ritmo de encarecimiento en el surtidor. Si se observan las cotizaciones internacionales de productos refinados —las que realmente sirven de referencia para mercados como el Mediterráneo o el noroeste de Europa— la brecha es aún mayor. El gasóleo ha llegado a registrar incrementos de hasta el 55%, frente al 26% de la gasolina y el 33% del brent, según explica Inés Cardenal, directora de Comunicación de la Asociación de la Industria del Combustible de España.

La consecuencia ya se percibe en las estaciones de servicio. El diésel ha pasado de los 1,383 euros por litro a comienzos de año a los 1,789 euros registrados este lunes, superando con creces a la gasolina 95, que se sitúa en los 1,662 euros, según datos del Ministerio de Transición Ecológica. El sorpasso es llamativo porque, históricamente, el diésel ha disfrutado de un colchón fiscal en España de aproximadamente 10 céntimos de euro por litro menos que la gasolina. Pero la actual crisis ha borrado esa ventaja. Al ser la cotización del producto refinado tan elevada, la menor carga impositiva ya no basta para mantenerlo más barato.

Parte de la explicación reside en una debilidad estructural de la industria energética europea. Fuentes empresariales que piden anonimato señalan que Europa dispone de suficiente capacidad de refino para ser exportadora neta de gasolina, pero sufre un déficit crónico de gasóleo, lo que la obliga a depender de las importaciones para satisfacer su demanda interna. Gran parte de este diésel que consume el continente proviene precisamente de Oriente Próximo, una región ahora bajo la sombra de los ataques militares y la inestabilidad política, lo que deja a los mercados europeos muy vulnerables ante cualquier interrupción en el flujo de suministros.

A esta fragilidad geográfica se suma el bajo nivel de inventarios. Las reservas europeas de gasóleo se encuentran significativamente por debajo de la gasolina, lo que reduce el margen de maniobra ante una crisis de oferta y empuja los precios al alza de forma casi automática cuando asoma el temor de la escasez, según explica Jorge León, jefe de análisis geopolítico de Rystad Energy.

El contexto se complica además por la política comercial de China. El gigante asiático ordenó la semana pasada la suspensión de las exportaciones de combustible ante el conflicto en Oriente Próximo. Fuentes oficiales citadas por la agencia Reuters aseguraban que el Gobierno había instado a sus refinerías a frenar las ventas de productos refinados para garantizar su propia seguridad energética.

Cardenal insiste en que la decisión tiene un peso considerable en el mercado global. Aunque el país importa grandes cantidades de crudo, su capacidad de refino la convierte en uno de los mayores exportadores mundiales de gasóleo. Al cerrar el grifo para proteger sus reservas internas y abordar una posible disminución en su propio suministro, retira del mercado global un volumen de producto que es vital para equilibrar los precios.

Todo esto coincide con el hecho de que el diésel es un producto muy inelástico desde el punto de vista de la demanda. A diferencia de la gasolina, cuyo consumo puede reducirse parcialmente si el ciudadano decide usar menos el coche privado, el gasóleo es la sangre que mueve el transporte de mercancías por carretera y los sectores industriales estratégicos, donde no existe una alternativa inmediata y el consumo es difícil de recortar. En contextos de crisis geopolíticas, el diésel aumenta este papel estratégico, de acuerdo al análisis de Rafael Salas, investigador del ICAE.

La falta de elasticidad en el producto amplifica cualquier shock en la oferta. Ante la mera amenaza de desabastecimiento, los precios del diésel tienden a reaccionar con más agresividad que en otros combustibles. La volatilidad del brent, con caídas y subidas abruptas en cuestión de horas —como se ha visto en las sesiones de esta semana―, refleja en última instancia un mercado dominado por el miedo y la especulación geopolítica. Los analistas advierten de que el rumbo futuro sigue siendo incierto y dependerá tanto de la duración del conflicto en Irán como de su intensidad y de la respuesta de los organismos internacionales.

La Agencia Internacional de la Energía ha acordado este miércoles liberar reservas estratégicas, en la mayor intervención de la historia, para inundar el mercado y tratar de contener los precios. La OPEP también sigue de cerca el conflicto a fin de decidir si interviene en el flujo de producción. Pero mientras las refinerías europeas sigan operando al límite de su capacidad y la dependencia de las importaciones de gasóleo desde zonas en conflicto no se mitigue, el diésel continuará siendo el eslabón más débil de la cadena energética.

El efecto no se limita al transporte. También tiene impacto en el Índice de Precios al Consumo (IPC). El último avance diario del ICAE muestra que el impacto conjunto de los carburantes y la electricidad amenaza con elevar la inflación de marzo en 10,2 décimas. El análisis desglosa que el gasóleo ha repuntado un 25,6% desde el inicio de las hostilidades, lo que supone una contribución de cinco décimas a la inflación general. La gasolina, por su parte, se ha encarecido un 13,2% en el mismo periodo, aportando 2,5 décimas al IPC. En un contexto donde combustibles y electricidad representan el 7,5% del peso total del IPC, el organismo advierte que los precios de la cesta de la compra dependerán, en gran medida, de la duración del conflicto en el estrecho de Ormuz, cuya reapertura es vital para destensar los mercados internacionales.

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