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Siempre robando
Opinión

Nada que ver aquí

No sería la primera vez que se considera un pene relajado algo turbio y subversivo, digno de tentación y por tanto censurable

El estadounidense Tate Frantze, en acción durante la prueba de saltos de esquí en los Juegos Olímpicos de Invierno en Predazzo, Italia. FILIP SINGER (EFE)

La cabecera de la RAI de los Juegos Olímpicos de Invierno empieza con la imagen del Hombre de Vitruvio, el famoso dibujo de Leonardo da Vinci realizado sobre 1490. Representa a un hombre desnudo en dos posiciones superpuestas, con brazos y piernas abiertos, inscrito a la vez en un círculo y un cuadrado; el dibujo, en fin, exhibe las proporciones ideales del cuerpo humano. Nada que no veamos cada semana en Instagram, filtro Gandía Shore mediante.

Hasta aquí todo bien. Pero en Italia ha empezado una larga y pesada discusión porque al Hombre de Vitruvio, en esa imagen, le han eliminado sus atributos. ¿Por qué? Se desconoce. Por grandes no fue. La RAI se ha lavado las manos: la imagen les llegó así, ha dicho.

Es probable que sea cosa del COI, que dice que “los contenidos sexuales explícitos están estrictamente prohibidos”. No sería la primera vez que se considera un pene relajado algo turbio y subversivo, digno de tentación y por tanto censurable. La mejor definición de mirada sucia es ver algo sexual en las partes del Hombre de Vitruvio o en el David de Miguel Ángel: lo que los inocentes no vemos ni cuando está delante, los culpables lo facturan cuando ni se adivina.

Lo más divertido es que esta noticia llega con una investigación abierta para averiguar si los saltadores de esquí se han agrandado el pene con ácido hialurónico y alterar el tamaño permitido del mono. De esta manera pueden volar más: el área del traje influye en la sustentación y milímetros de tela que pueden traducirse en metros de salto (irónico recordatorio de que el último que voló en unos Juegos, un pertiguista, tumbó el listón al tropezar con él su miembro). Nunca se sabe para qué queremos según qué cosas.

Pero bien. El deporte de élite lleva años pendiente de medirlo todo: la grasa, el lactato, el sueño, la carga de entrenamiento, la altura de las suelas, la rigidez de las pértigas, la curvatura de los esquís, la aerodinámica de los cascos, el colesterol de las cenas de conjura. El cuerpo del atleta es ya un laboratorio portátil y en un campo de batalla reglamentario. Cada centímetro es sospechoso y cada gramo puede ser ventaja ilícita; cada anomalía invita a iniciar un protocolo. Durante décadas el dopaje fue una cuestión química: lo que entraba en la sangre. Luego pasó a ser tecnológica: lo que te pones encima. Ahora roza lo casi picaresco: modificar el propio cuerpo no para rendir más en sí mismo, sino para alterar cómo el sistema lo mide. No se busca más fuerza, ni más resistencia, ni mejor técnica, sino un número guay en un escáner.

Todo esto dialoga con el pobre Hombre de Vitruvio mutilado en la cabecera de la ofendida RAI. Leonardo dibujó un cuerpo para entender el mundo; nosotros medimos el cuerpo para intentar controlar el rendimiento y, de paso, la imagen pública. Y descargar el puritanismo que se nos almacena a lo largo del día en un barrio marginal de nuestros prejuicios. En un caso el cuerpo era la medida de todas las cosas; en el otro, las cosas son la medida del cuerpo. Lo más divertido es que muchas veces descubrimos que lo que más nos fascina no es el récord, sino la grieta. Ahí aparece el ser humano completo: el que calcula mal, el que se equivoca, el que intenta atajos, el que siente vergüenza, el que quiere ganar y ser querido a la vez.

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