Tributo a la maestría de Johannes
Los galardones de los deportistas de esquí en modalidades clásicas, eclipsados en las Olimpiadas de Milán-Cortina ante el impacto de los relatos románticos.


Fruto de la fe que en su nombre lleva, Federica Brignone logró el jueves la medalla de oro en el superG de la montaña de las Tofane sobre Cortina 315 días después de haberse roto cuerpo y alma en una terrible caída. Sonó el “blu dipinto de blu”, y el pálido gris de los Dolomitas ya sonrojado con el sol que descendía. El presidente de la República, Sergio Mattarella, bailaba a su ritmo y desde la cama del hospital, l a destrozada pierna izquierda atenazada en una estructura exterior, y en recuperación tras tres operaciones quirúrgicas, Lindsey Vonn la felicitaba, quizás esperanzada imaginando su vida dentro de un año. Cuando se rompió la tibia y el peroné, y el cruzado, en su caída en Val di Fassa, ningún especialista pensó que la Tigresa Brignone volvería a andar, mucho menos esquiar. Fue abanderada en la inauguración de Cortina llevada a hombros por su compañero de curling Amos Mosaner, y cojeando llegó a la salida de su prueba. Brignone, veterana de 35 años, es la heroína de Italia en los Juegos de su país, pero en el resto del mundo es una nota al pie de página, un breve en una cobertura olímpica que a Kirsty Coventry, en busca de una estrella universal, emociona por otros baremos.

En su resumen llegados casi al ecuador de Milán-Cortina 26, la presidenta del Comité Olímpico Internacional (COI) lanzó un mensaje a los patrocinadores del futuro comunicando los grandes números cosechados hasta ahora en redes sociales (7.400 millones de interacciones hasta ahora, más del doble del total de Pekín 22), en su web (84 millones de usuarios, más que en todo Pekín ya) y en la NBC, la televisión de EE UU (27 millones de espectadores diarios, el doble que hace cuatro años). En Países Bajos ven el patinaje de velocidad y en Eslovaquia, el hockey sobre hielo; en Corea, el short track (patinaje en pista pequeña); en EE UU, el snowboard halfpipe, y en Japón el patinaje artístico. Y en la semana de San Valentín, las historias de amor y desamor triunfan everywhere, bien sea la confesión pública de infidelidad del medallista biatleta –esquiador y tirador-- noruego al que su novia, también públicamente, se niega a perdonar; bien, para compensar, todo es amor, la pedida, rodilla en tierra, anillo y una chapita de madera con un verso de Taylor Swift –“¿quiénes somos nosotros para luchar contra la alquimia?”—que un albañil de Salt Lake City llamado Connor Watkins escenificó ante Breezy Johnson, al sorprendente ganadora del descenso femenino en que cayó Vonn, al final del mismo superG de Brignone. Johnson, que le conoció por la app de citas Bumble, dijo sí –“Connor ya no es mi novio”, publicó en su IG, “es mi prometido” --, y el mundo se congratuló. La felicitó Vonn, que está en todo, y también Taylor Swift. Y las audiencias se multiplican.
Deportes y actividades humanas que, concluyen en el observatorio olímpico, demuestran que se está consiguiendo el objetivo de atraer a una base adolescente de seguidores aun a costa de trivializar el contenido.
Dado que el afecto constituye una emoción global, mientras que el esquí de fondo y el biatlón parecen temas de nicho, pese a que sus atletas sean portentos físicos, sobre Noruega, con apenas seis millones de pobladores, se comenta más acerca de los líos amorosos de su biatleta y su pequeño bigote que sobre sus auténticos referentes. Lo anterior, de consumo veloz y gratificación inmediata, logra el éxito en las plataformas actuales; el deporte, en cambio, al ser más riguroso y complejo de entender, queda relegado. Con ocho preseas doradas, superando por dos a los locales, y una cifra global de 16, la nación escandinava lidera la tabla de posiciones. Tres de esos oros corresponden a un solo esquiador, el titán del fondo Johannes Klaebo, de 29 años, quien tras imponerse durante la jornada del viernes 13 en la prueba de 10 kilómetros estilo libre con partidas individuales cada 30s, alcanza ya ocho títulos en las tres citas olímpicas en las que ha competido. Empata así con los máximos ganadores de la historia invernal –sus paisanos Bjørn Dæhlie, Marit Bjørgen y Ole Einar Bjørndalen— y se sitúa a tan solo un triunfo de los nueve obtenidos por Carl Lewis, Larissa Latynina, Katie Ledecky, Paavo Nurmi, Mark Spitz y Caeleb Dressel, los grandes iconos de las Olimpiadas estivales. Superando a cualquier otro, figuran las 23 de Michael Phelps.
Si sus planes se cumplen, Klaebo se irá del Val di Fiemme con tres oros más, para acabar los Juegos como rey indiscutible en lo que a peso metálico se refiere, y con 11 en su total olímpico. Visto la forma en que se impuso en los 10 kilómetros, la prueba que todos decían que nunca ganaría porque el estilo libre no es lo suyo y menos la contrarreloj. Él es hombre de pelotón y oportunismo, dicen. Sin embargo, hizo un recorrido perfecto, alucinante, sobre la nieve que era harina, tanto calor puede con los cultivos artificiales a 1.000 metros de altitud junto al lago de Tesero, en plenos Alpes. Fue una visión incongruente: varios de los 113 participantes salieron sin guantes ni gorro, orejas al aire, algunos lo hicieron en manga corta, y uno al menos, el británico Musgrave solo portaba el chaleco obligatorio, un top sin mangas, músculos briosos. Aunque el gran favorito, otro noruego, el joven Einar Hedegart, que ha ganado las últimas Copas del Mundo de la distancia, mientras Klaebo está virgen en esa nieve—salió detrás del titán, contaba con sus tiempos de referencia y marcó desde el primer crono metraje una gran diferencia, Klaebo, como si fuera en el pelotón, comenzó calmo y solo en los últimos 1.400m, un pequeño descenso y un durísimo repecho final, aceleró como solo él sabe. Ganó. Se sentó en el sillón caliente y vio pasar derrotados. Primero, el sorprendente francés Mathis Desloges, plata, que solo cedió 4,5s. Mucho más tarde, a 14s perdidos íntegramente en el último kilómetro, llegó Hedegart. Exhausto se tendió en la nieve. Calmo, serio, sin apenas mostrar ninguna emoción, Klaebo se acercó a él, chocó el puño, se agachó, le desenganchó los esquís al rival y le ayudó a levantarse. Todo sin hacer ruido, el titán discreto. El mejor de la historia.
Ah, y Sturla Holm Laegreid, el noruego desquerido, ganó el bronce en los kilómetros del biatlón, qué puntería.
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