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La directora María Herrera busca el Goya con un corto sobre el consentimiento: “Me han llegado a decir que quitarse el condón sin avisar no es una agresión sexual fuerte”

‘El cuento de una noche de verano’ opta al galardón en la categoría de películas de corta duración en ficción

La cineasta María Herrera, nominada al Goya por su corto 'El cuento de una noche de verano', en la Academia de Cine, en Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ

En dos segundos cambia todo para la protagonista cuando ve el condón en el suelo y que él sigue con la penetración. La cámara se fija sobre su mirada y en ese corto espacio de tiempo se concentra el miedo y la parálisis que no le permiten decodificar una infinidad de preguntas. La relación sexual sigue y los dos llegan al orgasmo. Pero todo ha cambiado para siempre. ¿Dónde está ese chico tan majo con el que ligó la noche anterior y que sí se dejó el condón hasta el final?

El cuento de una noche de verano, de María Herrera (Madrid, 33 años), narra en 22 minutos una agresión sexual que tiene hasta nombre en inglés —stealthing—, pero que, por muy clara que quede en el código penal, se diluye en esa categoría de las violencias sutiles. Es ese gran cajón de sastre en el que el lenguaje actúa de manera implacable para volver presentable, por ejemplo, una violación en la que no haya mediado violencia física. “Quería ir en contra de la idea del violador encapuchado”, dice la cineasta, cuyo corto está nominado al Goya en la categoría de ficción. “Pero cuando se lo compartí a amigos, cineastas, profesores… gente muy estudiosa del cine, en apariencia sensible, me decían que no lo entendían y me animaban a reescribir el guion apretando mucho más las tuercas. Me venían a decir que quitarse el condón sin consentimiento no es una violencia sexual excesivamente fuerte”.

Herrera no hizo caso. Lo que cuenta se lo había escuchado a otras mujeres y amigas, a veces con gravedad y dolor, otras veces con incapacidad para reconocerlo. Así que rodó una secuencia de ocho minutos de sexo en la que pone también en el centro el deseo, el erotismo y la vulnerabilidad. “Hay mucha intimidad y algo hasta fisiológico, de excitación. En ese momento no reaccionas, no analizas. Que tenga un orgasmo no invalida que haya sufrido una agresión sexual”, explica la directora. “Porque, además, a ella él le gusta muchísimo”.

Por eso la protagonista se queda a tomar café después. Y por eso también otros tantos hombres, incluidos los que van a las proyecciones de la película, le preguntan a Herrera: ¿por qué se queda?, ¿por qué no le dice nada en el momento?, ¿qué nos quieres decir con esto?. “La protagonista establece los términos de la relación desde el inicio”, zanja, una vez más, la directora, también ganadora de un Goya por su trabajo como productora en el corto Arquitectura emocional 1959.

Una vez fuera de esa casa, la protagonista transita por distintas fases que le permiten ir encontrando algunas respuestas. Es en ese caluroso recorrido por Madrid cuando aparecen los referentes que Herrera, cuenta, no encontró en los temarios de la universidad, sino que descubrió después. Agnès Varda, Céline Sciamma, Audrey Diwan, Annie Ernaux y Chantal Akerman se reflejan en el corto casi como un homenaje por haber ayudado a la cineasta a dinamitar el canon cinematográfico institucionalizado.

El corto conversa con todo lo que ha pasado en los últimos cinco años en relación con el feminismo y sus conquistas. “El último día de rodaje coincidimos con una de las manifestaciones de apoyo a Jennifer Hermoso; yo lo escribí gracias a una beca de estudios en Nueva York cuando en España se estaba debatiendo la ley del solo sí es sí”, recuerda Herrera. Ahora se estrena en mitad de esta fuerte reacción ultra contra la igualdad y los derechos de las mujeres.

“Más que hacer pedagogía, me interesa hacer obras culturales que nos ayuden a cambiar el imaginario colectivo”, afirma la cineasta. “Que haya más mujeres haciendo cine no implica solo que se cambie la mirada sobre determinados temas. No creo que se cuestionara si una mujer hace, por ejemplo, un thriller, lo que yo me he encontrado es que cuento algo que se sigue considerando menor”.

Los porcentajes de mujeres nominadas a los Goya se van aproximando a los estándares de las leyes de igualdad, pero Herrera cree que las cifras esconden otra realidad. “¿De qué temas nos permiten hablar?, ¿qué presupuestos tenemos? Porque yo quiero hacer una película intimista de cinco millones de euros, no hacerla con uno, porque esto supedita toda la idea”, plantea. A ella le costó casi dos años encontrar la financiación para este corto y ni siquiera consiguió toda la que había presupuestado.

Al dinero une otra presión que termina inevitablemente unida otra vez al dinero: “Hay que ser excelente y ejemplarizante todo el tiempo, no se puede hacer una mala película, es decir, no te puedes equivocar”.

Herrera reconoce el trabajo de Carla Simón, Alauda Ruiz de Azúa, Elena Trapero, Clara Roquet, Pilar Palomero y tantas otras mujeres que en los últimos años ocupan los espacios en la industria con sus rodajes, con premios y el reconocimiento del público. Pero no puede evitar seguir añadiendo otras brechas a la ecuación y reclama más diversidad en el tipo de mujeres que acceden a la industria “con todos nuestros condicionantes”.

La cineasta se despide en la cafetería de la Academia de Cine, en Madrid, y sube a una sala donde trabaja ya en su siguiente proyecto: un largometraje que tratará el dilema identitario de una mujer mayor de 60 años tras la muerte de su madre a la que llevaba casi una vida cuidando. Para escribirla, forma parte del programa de Residencias de esta institución. A la vez, ya se prepara para solicitar las ayudas oficiales y plantear la estrategia para convencer a las productoras y otras empresas de que financien el proyecto de una mujer joven que contará la vida de otra más mayor que, dice, “no se parece en nada a Isabelle Huppert; más bien a mi madre, una mujer de barrio”.

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