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Herencia cultural de un as en Sarajevo (

Películas, canciones y libros rememoran el aciago cerco que sufrió la ciudad durante cuatro años cuando se cumplen tres décadas del fin oficial de la guerra

Retrato de una familia empujando un carrito en 'Sarajevo Blues', obra que reúne poesías y prosas del escritor bosnio Semezdin Mehmedinović, con fotografías de Milomir Kovačević.Milomir Kovačević

La memoria, meticulosa y respondona, recuerda que el fin oficial del asedio a Sarajevo ocurrió un 29 de febrero de 1996. Treinta años han pasado. Muchos o pocos, eso según. Los acuerdos de Dayton, ratificados en París (14 de diciembre de 1995), pusieron fin aparente a la guerra que en Bosnia-Herzegovina enfrentó a bosnios musulmanes, croatas y serbobosnios (250.000 muertos). Aun así, el cerco se mantuvo en fase híbrida y neblinosa. Hasta hubo un muerto que puso su epígono de mala suerte un 9 de enero de 1996: Mirsa Durić, fallecida por un obús mientras iba a bordo de un fantasmal tranvía.

Fue el último ataúd registrado en Sarajevo en aquel año bisiesto. Del 5 de abril de 1992 al 29 de febrero de 1996, la ficha técnica del asedio es la que sigue: 1.425 días de cerco, 11.541 muertos (1.601 fueron niños y 60 fueron abatidos por francotiradores), más de 50.000 heridos y 50.000 toneladas de proyectiles caídos en la capital apabullada por su propia historia (329 proyectiles por día).

La cultura no fue ajena a la morgue de Sarajevo. Películas, canciones y libros se han inspirado en los años aciagos. El diorama urbano de la capital bosnia ha renacido. Pero aún se pueden ver marcas de acné y metralla sobre algunos edificios, lo que atrae al llamado “turista de la guerra”. De hecho hay empresas de turismo cultural (ese complicado maridaje) que ofrecen un tour guiado por el Sarajevo del asedio.

Un visitante alérgico a ese tipo de ofertas podría preferir una ruta alternativa. El relato En el cementerio judío de Sarajevo, del Nobel yugoslavo Ivo Andrić, invita a visitar este bucólico bancal de lápidas donde reposa la casi extinta huella judía en la ciudad (mayormente sefardí). Algunos túmulos muestran boquetes de metralla. Desde este emplazamiento las baterías serbias cañonearon la urbe con saña y chulería (el indomable escritor Eduárd Limónov dispararía por placer y ocio, pero desde la otra colina más lejana de Lapišnica).

Desde aquí se contempla el hoy apañado skyline de Sarajevo. Llama la atención un feo edificio de color amarillo Lego que devuelve el orden cromático a los daltónicos. Es aquel mitificado Hotel Holiday Inn (hoy Hotel Inn-Europe Group) que reunió a la llamada “tribu de Sarajevo”, formada por periodistas y reporteros honestos y no tanto. En Historias de Bosnia (Planeta), que reúne los trabajos El mediador, Soba y Navidades con Karadzić, el gran viñetista Joe Sacco dibujó sus estupendas ilustraciones sobre el asedio. En una de ellas aparece el espectral Hotel Holliday Inn, situado en plena balacera junto a la Avenida de los Francotiradores. De Sacco es también un libro dedicado a Gorazde, la otra ciudad bosnia asediada a orillas del Drina y siempre olvidada.

¿Otra ruta cultural alternativa? El cine podría llevar al visitante a las rampas de Vratnik, hasta donde el Bastión Blanco (650 metros de altitud). La conmovedora película Grbavica. El secreto de Esma (Oso de Oro en Berlín 2006), de la directora bosnia Jasmila Zbanić (For Those Who Can Tell No Tales, Quo vadis, Aida?), ofrece en este lugar un fotograma triste y hermoso en el que la protagonista, violada durante el asedio, reprime su rubor en compañía de un aparente buen hombre al que ha conocido. Como paisaje de fondo, bajo tonos sombríos, aparece la ciudad del trauma y la mezcolanza.

Grbavica. El secreto de Esma (el título da nombre al único distrito urbano que fue tomado por los sitiadores) muestra la silente vergüenza de las mujeres bosnias que fueron violadas por los chetniks serbios. Se puede pasear hoy también por los macizos bloques de Grbavica que sirvieron de madrigueras a los francotiradores. El ya remozado estadio de fútbol del club Zeljezničar hizo de trinchera y línea divisoria en el frente. Treinta años después, el silencio y la culpa de Esma recorren las inocuas avenidas y los feos recodos de Grbavica.

Musicalmente, el martirio de la ciudad inspiró la canción de U2 Miss Sarajevo (aquel concurso de belleza celebrado bajo las bombas). El reciente documental Kiss The Future cuenta la historia del concierto que U2 ofreció el 27 de mayo de 1997 en el estadio de Koševo, justo al lado del vasto sembrado de lápidas que dejó la guerra (Bono quedó afónico en mitad de la actuación). The Cramberries hizo suya la canción Bosnia (Dolores O’Riordan y su plegaria por Sarajevo). Una canción olvidadísima (I Have No Cannons That Roar), compuesta en plena guerra y grabada en un casete, la envió Irfan Ljubijankić (compositor y político bosnio) a su amigo Yusuf Islam (Cat Stevens). Un misil lanzado contra el helicóptero en el que volaba mató a Ljubijankić. El otrora Cat Stevens impulsó un álbum, titulado con aquella canción, para recabar fondos para las víctimas de la guerra de Bosnia. También, del disco Memoryhouse (catalogado como “música documental”), el británico-alemán Max Richter compuso la pieza Sarajevo.

En cine (Grbavica aparte), el director bosnio Adenir Kenović filmó El círculo perfecto (1997), el mismo año que Michael Wintterbotton estrenó Welcome to Sarajevo. En Sympathy For The Devil (2019), Guillaume de Fontenay sigue los pasos del peculiar reportero francés Paul M. Marchand (perdió un brazo por un disparo de francotirador a bordo de su Ford Sierra). El documental Facing Darkness (2023) confronta imágenes hechas en vídeo casero en la guerra con sus protagonistas 30 años después. Asimismo, también tres décadas después, el fotoperiodista Gervasio Sánchez siguió la pista a los niños a los que antaño fotografió en pleno asedio (Álbum de posguerra, 2020). No puede faltar Safari Sarajevo (2022), el documental del esloveno Miran Zupanič que destapa el posible caso de los ricachones extranjeros que pagaron por ir a matar personas desde las colinas de Sarajevo y cuya denuncia, tras la documentación aportada por el escritor italiano Ezio Gavazzani, investiga la Fiscalía de Milán.

Más allá de los títulos del canon (Cuaderno de Sarajevo de Juan Goytisolo, Territorio Comanche de Arturo Pérez-Reverte o el estupendo Sarajevo de Alfonso Armada, mezcla de dietario y de crónicas escritas para Papallones), sin duda son Plegaria en el asedio (Automática), de Damir Ovčina, y el recién publicado Sarajevo Blues (Deleste), de Semezdin Mehmedinović, las dos últimas obras que mejor se adentran en las vísceras de lo que fue el asedio por parte de quienes lo padecieron bajo el hisopo de los obuses.

La insobornable novela de Damir Ovčina –Adenir Kenović prepara su adaptación al cine– cuenta la supervivencia de un chico de diecisiete años que quedó atrapado en el barrio de Grbavica al inicio de la guerra y cómo fue reclutado por un pelotón de trabajo por los serbios para enterrar cadáveres. Ritmo sin tregua. Frases de vuelo corto. Metralla sobre la metralla. Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek traducen este regalo.

Traducida en este caso por Marc Casals, Sarajevo Blues, con fotografías de Milomir Kovačević, reúne poesías y prosas del escritor bosnio Semezdin Mehmedinović (autor también de Diarios del olvido). La mecánica rutinaria del asedio es descifrada sutilmente por el autor. Su mirada reposa, poética y la vez escrutadora, sobre las estampas que dejaba la supervivencia. Parte de este Sarajevo Blues se publicó en 1992 y fue muy leído como terapia bajo la silbatina de los obuses, los disparos en la Avenida de los Francotiradores y las matanzas como las de la cola del pan y del Merkale. Ocurrió hace treinta años. Muchos o pocos, eso según.

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