Svetlana Alexiévich, Premio Ortega y Gasset de Periodismo 2026: las voces de la memoria del fin de la URSS
La Nobel de Literatura piensa en cómo será el momento de volver a su Bielorrusia natal y cómo se debería construir el futuro allí sin dejarse poseer por el “odio, que no conduce a nada”


El Homo Sovieticus, ese ser histórico, cultural y mítico, al que Svetlana Alexiévich dedicó su último libro, no solo sigue vivo —“en el Kremlin y disparando en Ucrania”, como ella misma dice—, sino que tiene múltiples aliados, simpatizantes aventajados y adeptos en otros parajes bien distintos al entorno soviético-europeo donde la escritora bielorrusa nació (Stanislav, hoy Ivano-Frankivsk, Ucrania, en 1948), se formó y trabajó.
La proliferación de monstruos es uno de los fenómenos que desde su exilio en Berlín constata con desazón Alexiévich, que fue Miembro del Comité Coordinador de la Oposición al dictador bielorruso Alexandr Lukashenko durante las multitudinarias protestas del verano de 2020, y, por ello, se vio obligada a abandonar su país y el espléndido ático con vistas al río Svislach en Minsk, donde se había establecido tras recibir el Nobel de Literatura en 2015.
La desintegración de la Unión Soviética, relatada a partir de las voces de testigos implicados (tanto ganadores como perdedores o híbridos de ambos), fue el tema de El fin del Homo Sovieticus, publicado en 2013. Los movimientos tectónicos provocados por el fin del Imperio, cuyas consecuencias psicológicas y políticas fueron inicialmente infravaloradas en Occidente, es punto de partida para Alexiévich y para Vladímir Putin, aunque ambos eligieron caminos opuestos. En el caso del actual mandatario ruso, el objetivo era reanimar al monstruo y en el de la escritora, liberar al ser humano.
En el proceso arduo de la liberación, en ese “infernal trabajo de convertirse en personas”, el destino pone a prueba a Alexiévich, porque los fantasmas y los monstruos resentidos, crueles e intolerantes se reproducen y amenazan donde menos se espera. Svetlana sabía desde hace tiempo que el homo sovieticus no estaba solo, pero ahora lo sufre con más intensidad, al tratar de dar forma a su próximo libro. Alexiévich bucea en las raíces profundas de “la dictadura” y del “dictador”. En otoño, en una larga y distendida conversación en Berlín, la escritora apuntó La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, en la lista de sus próximas lecturas, que ya incluían bibliografía sobre Franco, Salazar y el régimen de los coroneles de Grecia.
Escribe en ruso, pero se afirma como una escritora bielorrusa. Con eso, facilita el trabajo a los burócratas y políticos rusos, aliviados porque esa identidad les ha dado un buen pretexto para evitar felicitarla cuando recibió el Nobel y también para excluirla de la lista de los suyos.
Maestros en la literatura documental
El padre de Svetlana era bielorruso; su madre, ucrania. La niña Svetlana creció en la república socialista soviética de Ucrania, antes de que sus progenitores, ambos maestros rurales, se trasladaran a Minsk. Allí, Alexiévich estudió periodismo y encontró a sus maestros en la literatura documental, los escritores Vasil Bykov y Alés Adamóvich, marcados por la II Guerra Mundial.
Entre las obras de Alexiévich, Voces de Chernóbil, publicada en 1997, es especial. Por la diversidad de sus voces y porque esta coral trágica trasciende a su autora y el accidente en la central nuclear en abril de 1986.
A Alexiévich se la ha caracterizado como una “escritora de catástrofes”, pero ella no se ve así y, en realidad, le gustaría escribir sobre el amor. La escritora piensa en cómo será el momento de volver a Bielorrusia y cómo se debería construir el futuro allí, con justicia, sin dejarse poseer por el “odio, que no conduce a nada”.
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