Las olas de calor récord amenazan la celebración del Tour de Francia en verano
La crisis climática pone en riesgo la salud de los deportistas en competiciones estivales como la ronda gala, según un estudio que ha analizado 50 ediciones de la carrera ciclista


El Tour de Francia es una carrera afortunada y abusona, repiten, muy envidiosos, los organizadores de otras pruebas, que denuncian que la carrera ciclista por antonomasia tenga copado el mes de julio, las semanas en las que menos competencia pueda haber de otros deportes; en las que, sobre todo, no hay liga de fútbol, que todo lo devora.
Si no se corriera en julio desde su primera edición, en 1903, el Tour no existiría. Lo inventó un periódico deportivo, L’Auto, que buscaba medios para aumentar la tirada y la publicidad en el mes en el que menos se vendía, en julio justamente, el mes en el que los episodios de canícula se repiten.
Más de su 120 años después, y ya bien entrados en el siglo XXI de todas las crisis climáticas, el mes de julio más que una fortuna puede ser una maldición, según avanza, imparable, el calentamiento global. Sin calor, nadie entendería el Tour, las tardes de siestas sudorosas en el sofá ante la tele mientras los ciclistas se abren los maillots y sudan litros de agua y sal que dejan, indelebles en la ropa, la marca de la épica y el sufrimiento que tanto se les admira, un cerco blanco. Pero con temperaturas extremas, en medio de olas de calor cada vez más frecuentes, el espectáculo peligra. Y la salud de los artistas, pues se incrementa el riesgo de estrés térmico.
“Con el calor, el rendimiento disminuye porque al descender el volumen plasmático con la sudoración para enfriar el cuerpo, se reduce el flujo sanguíneo a los músculos y también se ve afectado el sistema nervioso, pues el cerebro se sobresalta por la percepción exagerada de esfuerzo y disminuye su actividad para salvaguardar su energía”, explica Pedro L. Valenzuela, investigador en la Unidad de Fisiología de la Universidad de Alcalá, quien hace cuatro años participó en una investigación que concluyó que entre 10 y 25 grados la mayoría de los ciclistas alcanzan sus mayores valores de rendimiento. “Nos basamos en los datos de valores medios de potencia máxima (MMP) de más de 70 ciclistas profesionales a lo largo de ocho años tanto en entrenamientos como en competición, y observamos un deterioro del rendimiento a temperaturas más frías (-18% a 5 grados) y más cálidas (-9% a 35 grados). Los valores más altos, en efecto, se alcanzaban entre 10 y 25 grados”.
Correr a las temperaturas ideales en julio será cada vez más complicado, no solo porque disminuya el rendimiento, también porque será peligroso para la salud. Simplemente, correr será imposible dentro de unos años. En su protocolo de temperaturas extremas, la Unión Ciclista Internacional (UCI) fija umbrales de riesgo basándose en las llamada temperaturas globales de bulbo húmedo (WBGT), una medida que engloba tanto la temperatura ambiente como el grado de humedad como el viento. La zona naranja se establece entre 23 y 27,9 grados centígrados de WBGT: temperaturas de riesgo alto moderado, que exigen medidas para ayudar al sudor a bajar la temperatura corporal: uso de chalecos con hielo y guantes sacados del congelador antes de la etapa, aparcar en la sombra los autobuses, calcetines con hielo en la nuca durante la carrera, hidratación constante, tratamiento para convertir en sorbetes los geles de carbohidratos con los que se nutren durante la etapa, entrenamiento invernal en altura en instalaciones que simulen altas temperaturas vestidos de arriba abajo en monos de pintor…
“A corto plazo, el calor extremo no es algo que vaya a poner en riesgo el Tour de forma general, pero sí que creo que cada vez van a ser más frecuentes etapas específicas en las que se modifique el horario y se lleven a cabo acciones preventivas por las temperaturas extremas”, añade Valenzuela, que también es coeditor de la revista científica Fissac. “Quién sabe si de aquí a unas décadas no cambiarán por completo el Tour u otras pruebas que se dan en verano, pero lo que está claro es que cada vez es más frecuente que en días específicos se alcancen temperaturas que sabemos que son peligrosas no solo para el rendimiento, también para la salud. El efecto más claro del calor sobre el rendimiento son la deshidratación y el golpe de calor, que puede conllevar un mayor riesgo de eventos cardíacos. Y eso a veces, en esfuerzos de varias horas a alta intensidad, cuesta mitigarlo incluso con la hidratación adecuada o hielo en la nuca”.
Si se llega a 28 grados, se entra en zona roja, lo que implica modificar el horario de las etapas buscando el fresco del amanecer o el anochecer, huyendo del periodo de máximo calor e insolación, entre las 13 y las 17 horas; la neutralización de largas subidas en las que la velocidad del ciclista disminuye, sobre todo en laderas con poca vegetación, e, incluso, la neutralización de la etapa.
Y los 28 grados de la zona roja se han superado en el mes de julio durante la última década en París, Nimes, Burdeos, Toulouse y Pau, ciudades en las que el paso del Tour es muy habitual, según revela un estudio publicado en Scientific Reports, que ha analizado datos climáticos asociados a más de 50 ediciones de la carrera francesa. La investigación ha sido liderada por el French National Research Institute for Sustainable Development (IRD) en el marco del proyecto europeo TipESM y ha contado con la colaboración de, entre otras instituciones, la London School of Hygiene & Tropical Medicine (LSHTM) y el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), centro impulsado por Fundación la Caixa.
Sin embargo, hasta ahora no se ha debido aplicar el protocolo de zona roja: por fortuna, los episodios de más calor se produjeron o antes o después de que llegara el Tour a esas ciudades, nunca durante la celebración de una etapa. Irónicamente, un gran número de episodios se produjeron en julio de 2020, el año en el que, debido a la pandemia, la grande boucle se disputó en septiembre, el mes en el que es posible que acabe disputándose en el futuro.
“En nuestro análisis observamos que la ciudad de París, en la que siempre termina el Tour, ha superado el umbral de riesgo alto por calor en cinco ocasiones en julio, cuatro de ellas desde 2014. Otras ciudades analizadas también han registrado muchos días de calor extremo en julio, pero, afortunadamente, nunca coincidiendo con la fecha de una etapa del Tour de Francia”, explica Ivana Cvijanovic, investigadora del IRD y primera autora del estudio. “En cierto modo, podemos decir que es una carrera extremadamente afortunada, pero con las olas de calor récord cada vez más frecuentes, parece solo cuestión de tiempo que el Tour se enfrente a días de estrés térmico extremo que pondrán a prueba los protocolos de seguridad actuales”. Por el contrario, localizaciones clásicas de las etapas de montaña, como el Tourmalet o Alpe d’Huez, se han mantenido históricamente dentro de los umbrales de riesgo bajo y moderado por estrés térmico, sin que se hayan registrado episodios de calor extremo.
Mientras, los equipos, ajenos a las razones del calentamiento, atónitos ante la realidad, siguen acogiendo con fruición el patrocinio de empresas ligadas a los combustibles fósiles como TotalEnergies, Ineos o Uno-X y de países como Bahréin o Emiratos Árabes cuya economía depende del petróleo o el gas natural. Sportwashing y carbono. Y la Vuelta, que se corre en agosto, elige Andalucía para la más de la mitad de las etapas en 2026.
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