Raquel Correa, entrevistadora implacable
Su mayor desafío profesional consistió en tener que ejercer en dictadura. “Los años del gobierno militar me marcaron profesionalmente —y como persona— muy hondo”, le confesó a la periodista Margarita Serrano

“Raquel, usted me va a excusar, ¡hablo por 15 años de silencio!”.
Para los chilenos que habían vivido el dolor, la incertidumbre y el terror impuestos por la dictadura de Augusto Pinochet, el 25 de abril de 1988 quedó marcado para siempre. Esa noche, el dirigente PPD Ricardo Lagos apuntó con el índice a la cámara e interpeló directamente al dictador: “Usted, el día del plebiscito de 1980, dijo que no sería candidato en 1989. Y ahora le promete al país otros ocho años con torturas, con asesinatos, con violación de derechos humanos. Me parece inadmisible”.
Lagos —y los participantes en el programa que encabezaba la periodista Raquel Correa— sabía que se estaba exponiendo a duras represalias, pero no se contuvo.
Sabía que sería un gesto para la historia
Periodista todo terreno
Raquel es recordada como la voz informada e inclaudicable de la radio o el rostro severo, nunca complaciente, de la televisión. Nunca, sin embargo, abandonó los medios escritos.
A lo largo de su vida entrevistó a decenas de personalidades, tantas que si la décima parte de ellas acudiera a su funeral, “no cabrían ni siquiera en el Parque del Recuerdo”
Era aguda, directa y —como acota Wikipedia— “siempre controvertida”.
Entre sus entrevistados memorables, mencionaba a la madre Teresa de Calcuta, pero obviamente el más llamativo fue Augusto Pinochet.

Pero, la entrevista más difícil, reconocía, fue con el jefe de la DINA, Manuel Mamo Conteras.
Tampoco la dejó feliz su encuentro con el doctor Claudio Molina, director del Instituto Médico Legal. El médico ordenó lanzar a una fosa común los cadáveres de los campesinos asesinados en Lonquén en 1973. No hubo manera de lograr que justificara su acción.
Tampoco quedó satisfecha con el tenista Marcelo Ríos, quien le contestó con monosílabos. Él, en cambio, estuvo “tan cómodo como conversando con una tía en el living de su casa”.
A Patricio Aylwin, lo entrevistó un par de semanas después de su entrada a La Moneda. En la grabación se los ve distendidos y bien dispuestos a dialogar cordialmente. Y lo logran.
“Alta, delgada, de ojos verdes…”
La conocimos en 1956 durante el examen de admisión de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile.
No se sentó con nosotros, los postulantes. Por sus estudios de sicología le pidieron que fuera ayudante. Lidia Baltra, quien también rindió la prueba, la recordaba con cariño: “Alta, delgada, de pelo oscuro y ojos verde pardo, se paseaba entre las filas de los estudiantes mechones. En un comienzo pensé que era una profesora. Pronto supe que también era una postulante”.
La Universidad de Chile recibió oficialmente el edificio que nos albergó, el 30 de octubre de ese mismo año. Había sido financiado en gran parte gracias a una donación de Clara Rosa Otero, hija del fundador de El Nacional, de Caracas.
El director, Santiago del Campo, habló de manera inspirada e inspiradora: “Porque sabemos que es una ciencia, un arte y un destino, porque la prensa entraña una responsabilidad social y una actitud moral. Por eso estamos reunidos en medio de esta construcción joven junto a la juventud que habrá de tomar mañana el pulso de las noticias, el ritmo del pensamiento y de la conciencia de la patria. Gracias por estar asistiendo como padrinos y testigos en el bautismo de esta guagua de fierro, cemento y cristal que es la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile”.
La curiosidad como virtud
En 1953, la primera clase de Periodismo de la Universidad de Chile la había dictado Ramón Cortez Ponce, conocido por dirigir el diario La Nación. También fue uno de nuestros profesores inolvidables.
Una de sus grandes lecciones era que el periodista nunca es noticia. Así lo entendió siempre Raquel Correa.
Años más tarde, ella se asombraba en una conversación en la Universidad Diego Portales de una tendencia de algunos colegas: “Los periodistas nos estamos poniendo demasiado protagonistas por la búsqueda del dinero y la fama. No me gusta cuando los periodistas aparecen hablando en primera persona. Me choca, me da una sensación de poca independencia”.
Para Raquel, el mayor desafío profesional consistió en tener que ejercer en dictadura. “Los años del gobierno militar me marcaron profesionalmente —y como persona—muy hondo”, le confesó a Margarita Serrano.
Su secreto y así lo reconocía, era prepararse a fondo. “La curiosidad bien fundamentada, le dijo a Mariana Grunefeld en Pasión por entrevistar, es la virtud fundamental de un periodista”.
Nunca se identificó políticamente. “Mi única preferencia ideológica es la democracia”, afirmó una vez.
Su amiga y ‘comadre’ Lidia Baltra la retrató bien: “Nadie sabía de qué lado estaba”.
Poco se ha dicho de su ejercicio como profesora de periodistas.
“La Raquel docente —asegura Carolina Mascareño, alumna suya en la Universidad Católica— compartía con la Raquel reportera la rigurosidad y la exigencia. Pero la académica era, ante todo, una persona comprensiva, siempre atenta a resolver los problemas que, a sus ojos, podrían haber sido minucias de universitaria. Sin embargo, para ella, precisar, corregir, explicar y aconsejar en cada una de sus cátedras resultaba natural y prioritario.

Su legado periodístico
En su legado, como parte necesaria para entender la historia política de nuestro país en los finales del siglo XX, figuran tres libros: Los generales del régimen” (1983), con Malú Sierra y Elizabeth Subercaseaux; Ego sum Pinochet (1989), también con Elizabeth Subercaseaux; Preguntas que hacen historia. 40 años entrevistando (1970-2010).
De niña, Raquel Correa fue tímida. También rebelde. Pero, la profesora Elvira Carrasco de las Monjas Inglesas, la despabiló en el momento preciso.
Un día la hizo salir al pizarrón y le preguntó sobre la parábola de los talentos. Raquel —“sonrojada y llena de titubeos”— logró salir del paso.
Cuando terminó, la maestra fue enfática:
“Raquel, usted está desperdiciando sus talentos. Es una niña muy inteligente, pero no se esfuerza”.
La lección fue bien aprovechada. Raquel Correa, periodista, se esforzó a lo largo de toda su vida.
Dan testimonio de ello sus variados galardones y reconocimientos, empezando por el Premio Nacional de Periodismo.
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