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Crítica Literaria
Crítica

‘La hija’, de Sergio del Molino: las crónicas de ficción de otros tiempos que conectan a Goya y Rosario Weiss.

El creador de ‘La España vacía’ desarrolla una crónica pormenorizada, entre lo real y lo imaginario, de una colectividad completa mediante el corto lapso que pasaron juntos el artista y su supuesta descendiente.

'La atención (autorretrato)' (1841), una pintura al óleo realizada por Rosario Weiss que se localiza en el Museo del Prado.© Museo Nacional del Prado

Un poco contagiado por la poética de la ficción de esta novela, creo que nace toda ella de una pasión secreta de Sergio del Molino por las formas íntimas y públicas de vivir en el pasado, sea el de la España que piensa y recorre campos interminables hasta llegar a vaciarse (La España vacía, claro) o sea el de la turbamulta de seres y desastres que se arremolinan a finales del siglo XVIII y principios del XIX, como sucede en esta La hija y en alguna medida sucedía también en Los alemanes (para otra época). Hay una pulsión de historiador social o de la vida cotidiana, las historias de vida que pueblan el pasado.

Efectivamente, de entrada da la impresión de que los personajes principales del primer y segundo bloque de La hija —uno narrado como novela y el otro como estudio— son la supuesta descendiente de Goya con Leocadia Zorrilla, Rosario Weiss, y el mismísimo Goya. No obstante, superficialmente percibo que lo que realmente cautiva al autor no es únicamente la indagación discreta y teórica sobre trayectorias vitales carentes de registros seguros, ese ejercicio fascinante de recrear lo desconocido de existencias auténticas, sino la crónica detallada, profunda, perceptiva, aromática e incluso arquitectónica de los ambientes, los distritos, los hábitos y las rutinas sociales de esa época. Sergio del Molino no siempre calibra adecuadamente la extensión de los datos y los debates que analiza, lo cual demora de forma inevitable para los lectores profesionales impacientes el progreso de la trama en las dos secciones, aunque resulta igualmente transmisible el entusiasmo por narrar sus descubrimientos (“al liberar mi imaginación de literato romántico, me propuse no hacer trampas”).

“Al liberar mi imaginación de literato romántico, me propuse no hacer trampas”
Sergio del Molino

Imagino bien a Sergio del Molino con la mesa desbordada de libros, ensayos, estudios de arte, sociedad, política y guerras monstruosas —además de las obras del propio Goya y las pocas conservadas de la muy dotada Rosario Weiss—, y lo imagino mejor todavía secretamente convencido de haber encontrado la ruta para contar una sociedad entera, lo más amplia y detalladamente posible, a través del breve tiempo que compartieron vida una niña, Rosario, y su probable padre, Goya, instalado en la Quinta de Goya a las afueras de Madrid, o la Quinta del Sordo, como se llamaría tiempo después (en “un recodo al otro lado del río, junto al puente de Segovia y de cara a Madrid”), y más tarde en el exilio en Burdeos, donde muere cuatro años después, en 1828.

Mucha, mucha documentación veraz o fiable sobre esa etapa, esa niña, su madre y él mismo tampoco hay, y sin embargo se entiende muy bien la irreprimible tentación de imaginar al personaje que narra la primera parte —un antiguo enamorado de Rosario que hizo su única necrológica publicada— en clave autobiográfica y prosa que remeda el atildamiento de estilo de un hombre culto del XIX, y la tentación todavía más fervorosa de recrear con digresiones, excursiones, informaciones y facundia literaria una época, unos protagonistas y un ambiente, tanto si podemos como si no podemos contar cosas exactas y precisas sobre el Goya viejo, poderoso, hiperactivo y sordo.

La segunda parte es la revisión de lo que se sabe y no se sabe, de lo que pudo haber pasado, y en el fondo la reivindicación enamorada (la palabra es enamorada, literalmente) de la mujer autorretratada en La atención, de Rosario Weiss

La segunda mitad resulta más lograda, por lo que el público tendrá que admitir el planteamiento de adentrarse primero en el relato imaginario de un observador de la trayectoria de la joven artista y posteriormente la sugerencia de análisis sobre las certezas y dudas, sobre lo que pudo ocurrir, y esencialmente la defensa apasionada (la palabra es apasionada, literalmente) de la figura plasmada en La atención, de Rosario Weiss, junto a unos cuantos bocetos, sin disponer de mucho más donde indagar en archivos (aunque sostiene la autoría compartida de la pieza final de Goya, La lechera de Burdeos). Precisamente eso, la narración de intentar descubrir y asir algunas realidades sólidas —Sergio del Molino está convencido de que obligatoriamente es descendiente de Goya y su última asistente doméstica, vaya, disculpen, su compañera final— puesto que la invención literaria permite manifestarse con total franqueza o sin excesivo temor, ya que no rivaliza con el terreno de lo fáctico sino de lo potencial. Se denomina ficción, y Sergio del Molino hace bien en defenderla, aun cuando esto en ocasiones sature el volumen con conjeturas constantes y fantasee o imagine cómo pudieron ser los vínculos auténticos de Goya, Rosario y su círculo con Espronceda o Ramón de Campoamor o con allegados como Leandro Fernández de Moratín, Gaspar Melchor de Jovellanos o aquellos de quienes sí poseemos un amplio registro de correspondencia, como Martín Zapater, hasta alcanzar las interpretaciones

Hay apuntes muy puestos en razón, como el recelo del escritor ante la versión más romantizada de Goya como rebelde antisistema, cuando fue un hombre del poder y sometido al poder de la Corte y la Corona toda su vida. Y si algo abre la aventura real es sentirse fuera de ese orden y explorar lo que Edward Said llamaba el estilo tardío: esa etapa final en la que nada impide ceder al atrevimiento, la heterodoxia o el desacato porque ya se ha hecho casi todo y nada importa demasiado, como supo maravillosamente otro viejo productivo, Cervantes, al emprender el primer Quijote y, sobre todo, el segundo, ya cerca de los 70 años. Lo hizo también Goya al final de su vida, con las pinturas negras de la Quinta o en su exilio en Burdeos, mientras la niña Weiss dibujaba y Goya retocaba las difíciles sombras o este o aquel perfil de la talentosa hija prematuramente fallecida a los 28 años, cuando él ya hacía una década larga que había muerto, seguro que tras alguna desapacible bronca más con Leocadia: la niña no llegaba a los 14.

La hija

Sergio del Molino
Alfaguara, 2026
648 páginas. 22,71 euros

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