En Huracán, una persona interpreta al canino.
El literato chileno Javier Rodríguez explora mediante dos soliloquios que se turnan la conexión entre Francisco Bauer y ‘Huracán’, su animal, en un relato dispar ambientado en un entorno donde afloran realidades como los ‘therian’
La lectura de Huracán, de Javier Rodríguez, llega en un momento crítico. Estos días han emergido entre nosotros los therians, que son personas cuya identidad se asimila a la de un animal no humano, ya sea espiritual o psicológicamente. ¿Y qué tiene que ver ese fenómeno social e internetero con esta novela? Gracias al texto, accedemos a la vida de Huracán, un galgo de carreras, así como de Francisco Bauer, que es su dueño, y a los días de esplendor de ambos, que han llegado a su fin.
El problema de esta novela del autor chileno es el quebradero de cabeza en la estructura; un desiderátum que, supongo, acontece en la escritura y del que es difícil desprenderse: tener que decidir a quién le damos la palabra. En este caso, el parlamento del narrador —que no responde al flujo de pensamiento de Bauer— se alterna con el de Huracán a lo largo de la primera parte, y el lector no desea otra cosa que escuchar a la bestia en exclusiva, a medida que la vida del hombre decae. Ese anhelo se nos concede al llegar a la segunda, donde únicamente escuchamos a Huracán. Hay libros estupendos que tienen que ver con esto también, con postergar lo humano para abrazar lo animal o, al menos, aventurarnos a preguntarnos qué es eso en lo que tal vez puedan estar pensando esos que nos acompañan y a los que, en ocasiones, nombramos de forma absurda, minimizando sus existencias (no me sacaré nunca de la cabeza aquel día que paseando a mi perra Prado esta se enrocó, de pronto, con un tal Golfi). Pienso así en Flush, de Virginia Woolf, o en El amigo, de Sigrid Nunez. No me quiero dejar tampoco Corazón de perro, de Mijaíl Bulgákov, o hasta Los perros duros no bailan, de Arturo Pérez-Reverte.
Rodríguez promueve momentos de emocionalidad narrativa destacables, pero quedan opacados por la sentimentalidad del dueño de Huracán, que no nos importa. Solo el corazón del galgo, sus ojos en extinción eran el núcleo a auscultar aquí. Bauer no solo no consigue generarnos emociones, buenas, malas, regulares, sino que también le es indiferente a Camilo, su hijo, y a las personas con las que es terrible, Norma y sus hijos, Juan y Estefanía. Esta del autor es una novela muy bien escrita; una obra que se permite alguna que otra experimentación con acierto y que, sin embargo, pierde su oportunidad al no dejarse guiar singularmente por los ojos de Huracán, un espíritu decadente que mira cómo el paso del tiempo transcurre para él de una forma presurosa y encriptada, al tener que vérselas con la lengua de los humanos; un idioma que no maneja, pero que, dice, es capaz de comprender.
Supongo que a los therians les sucede algo similar: se encuentran a medio camino de algo que no saben muy bien qué es y terminan aterrizando en un discurso casi en borrador. Yo les respondo con eso que dice Pedro Mairal en La uruguaya: “Si no podés con la vida, probá con la vidita”. En este sentido, la vidita de Huracán es lo que nos salvaría del tedio de una tarde de domingo, que es cuando termino de leer este libro. Y es que las tribulaciones de los humanos han llegado ya demasiado lejos.

Huracán
AdN, 2026
200 páginas. 18,95 euros
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