Cómo se engendran los genios
Suzanne Valandon fue trapecista que dio el triple salto mortal: ser pintora, parir a una leyenda y pasar juntos los dos a la historia

Un padre desconocido había embarazado a una costurera de Limosín, la cual parió a una niña llamada Marie-Clémentine, y esta niña a los 14 años se fugó a París y andaba perdida como una perra sin collar por las calles de Montmartre robando fruta y botellas de leche en las paradas para sobrevivir. Un día fue abordada por el empresario de un circo. “Oye, niña, ¿no te gustaría ser acróbata? Si aceptas irás vestida de gasas color de rosa y lentejuelas de pie sobre un caballo blanco cabalgando al galope”. La idea le sedujo. Así la vio trabajar Toulouse-Lautrec en el circo Mollier. Fue el primero en dibujarla. Por el circo pasaban también los pintores Degas, Renoir, Puvis de Chavannes y otros artistas que pintaron sus senos de manzana desbridados sobre el corsé.
A la niña le gustaban las luces, los aplausos y los amigos de la bohemia con los que mataba la noche en la taberna frente a una cazalla. Sin estar preparada un día subió al mástil, empuñó las anillas y al realizar un salto mortal cayó en la pista del circo y quedó medio rota. No tardó en reponerse. A continuación, probó suerte ofreciéndose como modelo de artistas. Era guapa, tenía una bonita figura y fue aceptada por Puvis de Chavannes, un pintor simbolista, quien se convertiría en su celoso y enamorado protector. Por su parte la joven aprendió a pintar, pero esa era su pasión secreta. Absorbía el oficio de otros pintores mientras posaba para ellos. Renoir la había pintado secándose el pelo y bailando con sombrero de flores; Toulouse-Lautrec la había dibujado sentada, la mano en el mentón frente a una botella y un vaso, la boca amarga, los ojos turbios; Degas la había inmortalizado atándose la zapatilla de ballet, pero de todos ellos, ¿quién la había embarazado?
Se asumía que el autor era Puvis de Chavannes, un anciano del cual todos en Montmartre hacían mofa, dado que la joven apenas contaba con 16 años al momento del parto. La paternidad igualmente se le atribuía a Renoir, un sujeto apasionado que retrataba figuras femeninas de gran voluptuosidad. O tal vez Toulouse-Lautrec, pues al volver de posar o de ingerir pan con vino tinto en la Posada del Clavo, sitio donde su compañero Erik Satie interpretaba el piano, la muchacha hallaba en su entrada un ramillete de flores de Lautrec acompañado de un mensaje: “Vale para unos vasos de vitriolo”. Independientemente de quién fuese el progenitor, el relato volvía a ocurrir.
Un señor desconocido había embarazado a su madre y a su vez esta hija parió, fruto de un amante desconocido, a un hijo que el mundo conocería con el nombre de Maurice Utrillo. Fue el 26 de diciembre de 1883. “Un mal regalo de Navidad que le hice a mi madre aquel día” —dijo el pintor borracho perdido 20 años después—. Un día Toulouse-Lautrec descubrió los óleos y dibujos que la chica realizaba de noche en secreto. Quedó fascinado por su fuerza expresiva, por su realismo. Los mostró a los amigos. “¿A ver si sabéis de quién son?”. Eran de aquella jovencita. Entonces Lautrec le quiso cambiar de nombre. Nunca podría ser una buena pintora llamándose Marie-Clémentine. Puesto que posaba desnuda para viejos, le propuso el nombre de Suzanne. Después de bautizarla con ajenjo en medio de una gran fiesta, en adelante se llamaría Suzanne Valadon. A ese sarao de beodos asistió un tipo silencioso que no se movió de un rincón. Llevaba una tela bajo el brazo y como nadie se dignó dirigirle la palabra, se esfumó sin despedirse. Era Vincent van Gogh.
Su hijo Maurice, todavía sin apellido, estaba al cuidado de la abuela y ya era un alcohólico violento a los doce años. “Los lobos no pueden parir corderos”, pensaba la madre. En ese tiempo Suzanne tenía como amante a un joven abogado, muy rico, que la forzaba a llevar una vida burguesa, pero no quiso hacerse cargo de aquella criatura tan problemática, que pintaba cuadros de las calles de Montmartre y los cambiaba por una botella de vino. Fue un antiguo admirador, Miguel Utrillo y Morlius, un ingeniero, crítico de arte y promotor cultural catalán, quien se avino por compasión a darle su apellido al muchacho para ver si dejaba de beber y el 27 de febrero de 1891 en la alcaldía del Distrito Noveno de París firmó en el registro el reconocimiento de la paternidad, siendo testigos un empleado y un camarero que pasaba por allí. A partir de ese momento comenzó la leyenda de Maurice Utrillo, que sería la gloria y el tormento de su madre.
Al ser consultada sobre si rememoraba los años pasados junto a los artistas Lautrec, Renoir, Degas, Puvis de Chavannes, ella contestaba: “Eran todos unos idiotas, pero es curioso, nunca dejo de pensar en ellos”. Suzanne Valadon falleció debido a un derrame cerebral a la edad de 72 años, el 7 de abril de 1938 dentro del vehículo sanitario que la trasladaba al centro médico. Esa joven acróbata de circo había logrado la gran hazaña: convertirse en una artista célebre con obras de altísimo valor, dar a luz a un prodigio y quedar ambos inmortalizados en la posteridad.
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