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Hijos de represores argentinos alzan su voz.

“Mi padre volvía de la Escuela de las Américas, de aprender a torturar, a secuestrar por parte de los militares franceses, y me traía una muñeca divina. Mi vida fue ese tironeo: entre la ternura y el horror”, cuenta una de las voces

Bibiana Reibaldi es hija de Julio Juan Felipe Reibaldi, alias Juan José Rivera, personal civil del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército. Zapatos de niño de su padre, conservados por su abuela.Anita Pouchard Serra (Anita Pouchard Serra)

En un contexto político donde las políticas de memoria vuelven a ser cuestionadas y relativizadas, Desobedecer.org introduce una dimensión poco explorada: la fractura interna dentro de las familias vinculadas al aparato represivo de la última dictadura argentina (1976-1983). Proponen una lectura contemporánea del Nunca Más desde la desobediencia íntima y la acción pública. Estas son alguna de sus historias.

Erika Lederer es la hija de

El punto de partida de Erika Lederer fue una toma de posición: “Bueno, sos hija. ¿De quién sos hija? Tenés que hacerte cargo y ver qué hacés con eso”. La hija del obstetra Ricardo Lederer, quien dirigió partos en centros clandestinos de detención, decidió que su destino podía ser otro distinto al mandato familiar de silencio y lealtad. Junto a otros hijos de genocidas fundó Historias desobedientes y se puso del lado de las víctimas.

“Los hijos de genocidas que luchamos por Memoria, Verdad y Justicia levantamos la consigna de "No en nuestro nombre" para repudiar la violación de los derechos humanos, ocurran donde ocurran". Un posicionamiento que, dice, no es solo sobre el pasado, sino sobre el presente: Confrontar con el discurso de los hijos de genocidas que colaboran con este gobierno hambreador y su plan de guerra contra los trabajadores y el pueblo. Mi anhelo más íntimo es que siempre me encuentren luchando del lado de los oprimidos y explotados”. Frente a los discursos de “memoria completa” promovidos por el gobierno de Javier Milei, responde: “La única memoria completa es la que se construyó con testimonios, documentos y juicios”. Y agrega: “Que hablen los militares, que rompan el pacto de silencio, que digan dónde están los cuerpos [de los desaparecidos], dónde están los chicos”.

Lederer sabe que "el primer lugar para la construcción de la memoria es apelar a sus víctimas" y el papel de los hijos e hijas desobedientes en este caso no es protagónico sino de reparto. "Esto no significa que no sigamos manteniendo el compromiso ético en lazo con la conciencia social, por encima de la lógica mafiosa de clanes en la que fuimos educados en nuestra niñez", agrega. Cuenta que declarar, hablar, exponerse implica una pérdida: “Pasás a la incomodidad, se pierden cosas”. Pero también una ganancia: “El día que declaré en el juzgado, lo que sentí fue paz. Paz con uno mismo y con la sociedad.”

Conoce a Maria Laura Delgadillo

A sus 17 años, ocurre el golpe más fuerte: “Fue cuando desapareció mi tía, que era hermana de mi papá. Era partera, trabajaba en la unidad carcelaria, y enfrente había un centro clandestino. Atendió el parto de mellizos de una detenida desaparecida. Después dio aviso a las Abuelas y se la llevaron, la secuestraron de su casa”.

Recuerda que hasta entonces había sostenido una imagen parcial: “Yo sabía que mi viejo era policía, pero me hacía la idea de que el policía era el que estaba de uniforme. Y mi viejo nunca estuvo de uniforme”. Con la vuelta de la democracia, dice, “me explotó la cabeza”. Y nombra al Nunca Más, la Condep, los casos que empezaban a hacerse públicos, entre ellos el de los mellizos restituidos.”

Una escena doméstica la marcó en aquellos años: “Un día mi viejo trajo un montón de cosas y dijo que eran de una feria americana. Mi mamá no le creyó nada. Se pelearon muy mal”. Entre esos objetos había un juego de química. “Mi mamá quemó casi todo y yo me guardé esa parte”.

Tiempo después, decidió llevar ese objeto a Chicha Mariani, una abuela de Plaza de Mayo, con la intuición de que alguien podría reconocerlo. “Y ella me contó cómo había sido lo de mi tía, sabía todo”, dice Delgadillo. “¿Qué hago con esto? ¿Cómo lo resuelvo? ¿Dónde lo meto?”, se preguntaba. Hoy, ese recorrido encuentra otro lugar trabajando en la Comisión Provincial para la Memoria, ubicada en el mismo edificio donde trabajó su padre. “Es un espacio donde todo se hace para los otros. Estoy contenta de ser parte”, dice.


Julio es el padre de Pablo Verna.

La trayectoria de Pablo Verna rumbo a la desobediencia no constituye una meta final, sino una evolución en constante transformación. “Siempre hay más por comprender”, comenta, respecto a un relato que jamás concluye definitivamente. La ruptura ocurre en 2017, a raíz de la respuesta ante la sentencia del 2x1, la cual favorecía a los militares encarcelados al contabilizar por duplicado el tiempo en prisión sin sentencia firme: “El contacto con los demás marcó un punto de inflexión. En ese momento surgió el interrogante: "¿Y ahora qué hacemos?".

Antes, había sido un proceso más íntimo, casi imperceptible. Recuerda una conversación con su padre que, con los años, cambió de sentido. "Le pregunté cómo sabían si alguien decía la verdad bajo tortura y me respondió con total naturalidad”. Tiempo después volvió sobre esa escena: “Si vos me dijiste eso, entonces vos estabas ahí”. La respuesta fue el cierre: “Hacé una investigación si querés, pero a mí no me preguntes. No voy a decir nada aunque me torturen ni me maten”.

Esa negativa configuró una certeza. “Lo que me está diciendo es que sí, que participó”. Pablo declara en juicios de lesa humanidad y se integra a la Comisión Memoria, Verdad y Justicia de Zona Norte. Y lamenta que su padre esté "vivo e impune”, pese a años de denuncia judicial.

El rol de los hijos, dice, es incomodar, insistir, desarmar los discursos justificatorios. Su padre, asegura, "muchas noches estaba secuestrando compañeras y compañeros o arrojándolos en los vuelos de la muerte”.

Hoy, su posición no busca cerrar la historia, sino abrirla. “El movimiento de derechos humanos está siempre en movimiento”, dice, citando a una compañera, Adriana Taboada. Y en ese movimiento, los hijos ocupan un lugar incómodo pero necesario: empujar, preguntar, no dejar que el silencio vuelva a imponerse.


Noe Lynch se trata de la descendiente de Héctor y sobrina

En la historia de Noe Lynch, la sospecha aparece mucho antes que las pruebas. Se va de su casa a los 16 años, cuando "ya tenía la sensación de que había pasado algo" que no le estaban diciendo. Recuerda escenas fragmentarias que, con el tiempo, adquieren otro peso: una bomba en el edificio, un matrimonio secuestrado, una nena que queda al cuidado de su madre. “Encontré un papel de escribanía que hablaba de la devolución de una nena a sus abuelos paternos”, recuerda.

Durante años, todo queda en ese terreno ambiguo. “Mi papá decía que era viajante, que vendía peines, zapatillas… cosas rarísimas”. Pero cada regreso traía algo más: “Volvía con cajas de libros, vajilla, cuadros, de todo”. Sin pruebas, pero con una intuición persistente, Noe arma su vida lejos de ese núcleo. “Lo que nunca tuve fue prueba concreta”, dice.

En 2019, lee en el diario que habían procesado a su tío y "ahí todo empieza a cobrar sentido”. La historia familiar se reordena bajo otra lógica, ya no íntima sino judicial.

En ese pasaje también aparece el miedo. “Tomé la palabra pública más tarde, por miedo", dice. Aun así, decide declarar en la causa.

La última frase que intercambia con su padre condensa ese mundo de silencios: “Yo no hice nada, pero si yo caigo, caen todos”. Durante el juicio, en la ampliación de acusaciones, la atravesó "la sensación de devolver algo, de reparación. Y también en los lazos inesperados, como con Mario Bellene Sanchez, hijo de Pancho Sanchez, desaparecido: “Me dijo que yo tenía un hermano nuevo, que era él”.


Natalia, nieta de un teniente

La historia de Natalia Dopazo empieza en un vínculo cercano y cotidiano. “Fui una niña muy cuidada por mi abuelo… viví muchos años junto a él”. Con padres que trabajaban todo el día, ese hombre ocupaba un lugar muy importante en su vida. En 2004, el abuelo es detenido y cumple arresto domiciliario en una causa por violaciones a los derechos humanos. "Mi familia se peleó mucho, fueron años complejos y no se hablaba mucho del tema”, recuerda. Cuando su abuelo enfermó, Dopazo lo visitaba "en pabellón de genocidas del Hospital Militar, sin saber qué era eso”. La comprensión llega más tarde. “En 2010 él se muere y al mismo tiempo yo me vuelvo profesora y fui a centros clandestinos. Ahí me di cuenta de que mi abuelo era un genocida”.

Su principal interlocutora fue Liliana Furió, su “tía del corazón”, como la llama, quien la invitó a sumarse a la Asamblea Desobediente. Natalia tardó en dar ese paso, porque le daba "mucha vergüenza ir sin saber nada”. Recién entre 2021 y 2022 logró acercarse. "Empecé a entender mejor quién era yo y quién era mi abuelo”.

Ese recorrido deriva en algo más estructurado. “Empecé a preguntarle a la gente cómo investigaba, para saber cómo podía investigar yo”. A partir de ahí, el trabajo se vuelve colectivo. Junto a integrantes del Grupo Joven de Desobedientes —entre ellos Patricio Bolino y Benja— impulsa un proyecto para organizar información y facilitar el acceso a fuentes. “De ahí salió la página” web del colectivo, una forma de transformar una historia fragmentada en una herramienta para otros.


* *Draft 2

“A mí me parece importante decir hija de quién soy, porque en función de eso soy desobediente", cuenta Bibiana Reibaldi. Su vida trascurrió entre golpes de Estado, con un padre que trabajaba en Casa Militar. “Yo crecí en ese clima”, dice, “y desde muy chica empecé a ir en contra de ese mandato, a contracorriente de lo que era mi familia".

Sobre su padre, recuerda que “volvía de la Escuela de las Américas, de aprender a torturar, a secuestrar por parte de los militares franceses, y me traía una muñeca divina. Mi vida fue ese tironeo: entre la ternura y el horror".

En los últimos años de vida de su padre, la urgencia fue otra: “Yo solo quería que hablara antes de que muriera. Le pedía que dijera aunque sea un nombre, una familia, algo. Pero no hubo forma, fue fiel a su pacto de silencio”, dice. Bibiana conserva unos zapatos de bebé que le heredó su abuela y reflexiona: “Nadie nace genocida. Cuando él era un bebé no era genocida. Estos piecitos que después anduvieron por caminos de terror y horror, en ese momento eran piecitos que jugaban. Pero cada cual después toma sus propias decisiones", dice.

Después de la muerte de su padre, inició un recorrido en soledad. “Busqué durante años a otros como yo", dice, y en 2017 dio con Historias Desobedientes. El 3 de junio de aquel año, decidieron sumarme a una manifestación que lo cambió todo. "Decidimos nombrarnos hijos de genocidas y salir a la calle. Pensé que nos iban a rechazar, pero la gente nos abrazaba".



Maria Stella Capecce, la hija de Omar

Al producirse el golpe de 1976 yo contaba con 19 años. Comenzamos a notar situaciones extrañas, pero mi padre era doctor y yo razonaba: él no está implicado, trabaja en el hospital, asiste heridos, rescata personas. Me aferré intensamente a ese pensamiento. No obstante, conforme pasaba el tiempo, el grado de opresión y de censura resultaba cada vez más atroz y yo me alejaba paulatinamente, relata Capecce.

“Durante mucho tiempo me quedé con la imagen del médico al que la gente me decía en la calle ‘tu padre me salvó la vida". Pero en 2007, recuerda, leyó "una querella de Estela de Carlotto sobre mujeres que habían parido en Campo de Mayo. Ahí estaba mi padre. El relato era escalofriante: mujeres vendadas, atadas, bebés que les sacaban al nacer”, dice.

Maria Stella recuerda que en ese momento estaba teniendo a sus hijos y que su padre iba a visitarla a la clínica. “Era una locura, dos mundos completamente separados”.

Tiempo después, decidió confrontar a su padre. "No fueron tantas", recuerda que le dijo. “Ahí ya no había nada más que sostener”, relata Maria Stella.

“Después encontré a Historias Desobedientes y fue un alivio no estar sola. Nosotros no somos víctimas, no somos organismos de derechos humanos. Nuestro lugar es otro: la desobediencia. La primera vez que marché con la bandera pensé que nos iban a rechazar. Sentía vergüenza, miedo. Pero la gente aplaudía, nos abrazaba. No podía parar de llorar.”

Finalmente, recuerda: “Una vez, en una ronda, un chico me dijo: ‘Yo nací en Campo de Mayo cuando tu padre trabajaba ahí’. Nos abrazamos. Ahí entendí algo que no puedo explicar del todo.”


Lilian Furió, cuyo padre Paul

Liliana Furió figura entre las creadoras de Historias Desobedientes. “Conocí a Analía Kalinec, hija de Eduardo Emilio Kalinec [policía de alto grado condenado por torturas y homicidios] un año antes de que pudiéramos formar el colectivo”, rememora. En aquel periodo inicial permanecieron aisladas, compartiendo vivencias que aún no se manifestaban públicamente. Para el año 2017, establecen la agrupación, conformada, según relata, "no por valientes, sino por gente común". “Rompimos muchos moldes”, opina. A partir de ese momento, su trayectoria se inserta en un tejido grupal que impacta igualmente su ámbito privado, manteniendo una charla permanente con Julie August, su pareja, descendiente de un médico de las fuerzas nazis: dos relatos diversos que se encuentran en un interrogante idéntico acerca del legado y el compromiso.

Su propia biografía está marcada por la normalización. “Para mí era absolutamente natural que hubiera gobiernos democráticos y militares”. Durante la dictadura, dice, “la pasé muy bien, no tenía idea de nada. Con la democracia empiezan a salir a la luz los crímenes y yo no me quise enterar”. Incluso cuando leyó el Nunca Más eligió creerle a su padre: “Me dijo que eran excesos, que él no tenía nada que ver”.

La etapa decisiva ocurre tiempo después, en 2008, cuando arrestan a su padre. "Ahí dije: pará, hay archivos, hay testimonios, una cantidad abrumadora de relatos del horror. No pude seguir intentando creer que él no había estado”. En el campo de los derechos humanos, desconfiaban de estos hijos e hijas de represores. "Sin embargo, persistimos avanzando, brindando relatos y respaldando litigios”. La agrupación se transforma en un integrante dinámico de ese tejido.

Hoy, el sentido del trabajo también es acompañar a otros en ese proceso de reconstrucción. “Cuando yo me confronté con esto, no tenía dónde ir”, dice. Por eso, la apuesta es construir red, con nuevos grupos como el de Asamblea Desobediente, para "que sepan que hay otros hijos, otras hijas… que ya hicieron ese camino”. Y, en última instancia, intervenir sobre algo más amplio: “Desarmar esta cultura de la crueldad”.


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