El hijo de una empleada emociona
Los éxitos más notables de alumnos de familias pobres contagian alegría y orgullo, además de poner el foco en el debate sobre la meritocracia


Brasil asiste a una explosión de felicidad, un fenómeno que nace con los exámenes para entrar en la universidad. Es un tipo de felicidad muy concreta: la de un estudiante que da a su madre, a su familia o su comunidad, la colosal alegría de entrar en una de las universidades más disputadas del país, esas con las que hace no tanto solo podían soñar los hijos de los patrones. Wesley de Jesús Batista, 23 años, hijo de una empleada del hogar y de un albañil, es el futuro universitario más celebrado de este año. Conquistó la primera plaza para estudiar Medicina en la Universidad de São Paulo, pública, más prestigiosa del país. Con manuales donados y clases gratuitas en YouTube, lo consiguió al quinto intento.
Batista ha relatado recientemente a los medios de Brasil que ningún integrante de su familia asistió jamás a la facultad. Su anhelo de convertirse en doctor surge a raíz del asma persistente que sufre. Siendo niño, durante sus ingresos, se sintió cautivado por esos especialistas de uniforme blanco. “Quiero ser un ejemplo para otros jóvenes de que hoy se puede tener acceso a la excelencia sin que importe el origen, la clase social y la raza”, afirmó ante Folha de S.Paulo. El próximo estudiante de grado se preparó de forma autodidacta en su hogar, un humilde hogar en Salvador de Bahía, sitio en el que convive en dos habitaciones junto a sus progenitores y tres hermanos.
La fiebre de felicidad preuniversitaria se expande por todos los rincones. También viralizó en redes sociales el instante en que Jarina Pereira Serra, de 17 años, recibió la noticia de que la Universidad Federal de Pará, también pública, la ha admitido en Letras. La buena nueva llegó a la antigua usanza, a través de una emisaria, la directora del instituto donde hizo la Secundaria, porque la adolescente no tiene móvil ni Internet. Vive en Cachoeira do Arari, una aldea en el río Amazonas, en el archipiélago de Marajó, el rincón menos desarrollado de Brasil.
Alguien grabó la escena con su celular. La alegría de la alumna y los saltos de celebración de sus vecinos triunfaron entre los internautas. Orgullo y emoción contagiosos.
Los vídeos grabados al consultar en Internet el resultado de los exámenes preuniversitarios se han convertido en un género en sí mismo. Muchos adolescentes colocan el móvil, como testigo de un instante trascendental, mientras, rodeados por la familia, averiguan la nota que les abrirá la puerta a una universidad y, ojalá, a un futuro más próspero y brillante del que tuvieron sus mayores. Luego comparten en redes su colosal alegría.
En medio de los aplausos, las entrevistas y los titulares, algunas voces plantearon advertencias, sin dejar de celebrar los éxitos estudiantiles. El de la meritocracia es un discurso muy extendido en Brasil, uno de los países más desiguales del mundo, profundamente clasista y racista. Está arraigadísima la idea de que basta el esfuerzo individual, que los mejores entre los mejores, con trabajo y tesón, alcanzaran aquello que se propongan.
“Es tentador ver a Wesley como el genio que venció solo o la excepción que confirma la regla”, explicó la diputada Tabata Amaral en un vídeo que colgó en Instagram. “Ambas son una lectura perezosa”, avisó esta política que creció en una favela, estudió en la pública y, gracias a una beca, hizo parte de la Secundaria en Harvard. La parlamentaria recalcó que, junto al innegable talento personal, el joven triunfó porque, en su caso, funcionaron una conjunción de cuestiones en su entorno. Estuvo arropado por sus padres, por sus profesores y por políticas públicas. “El camino que hizo Wesley debería ser una carretera asfaltada para todos. Porque el esfuerzo sin oportunidad es lotería”, apuntó.
Bruno Dantas, destacado miembro del Tribunal de Cuentas, pero a efectos de este debate alguien que creció en una familia pobre en el interior de Bahía, incidió en esa línea. El jurista compaetió en redes lo que describió como una reflexión incómoda: “La idea simplificada de meritrocracia a menudo nos engaña, tiende a convertir historia de excepcionales en coartadas morales para que las desigualdades persistan”.
Las cuotas brasileñas que, desde hace más de una década, reservan plazas en las mejores universidades para alumnos de la red pública, con prioridad para pobres y negros, han cambiado radicalmente las expectativas de la mayoría históricamente discriminada.
En medio de la multitud de grabaciones en plataformas sociales donde jóvenes festejan, exclamando “¡Aprobé!”, que pronto cursarán Arquitectura, Moda, Geografía, Administración de Empresas…. Surgió uno con las emotivas palabras de una alcaldesa, Daiana Santana, de Gandu (Bahía). Hace poco, en una jornada política junto al presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, esta hija de madre soltera que creció en el entorno rural y en una favela se definió como un fruto de las acciones gubernamentales. “Gracias, señor presidente, en nombre de las Daianas, de las Marias, de los Joãos… por creer que el hijo del pobre podía entrar en la Universidad”. Para muchísimas familias de bajos ingresos, la ilusión de que sus hijos laboren en una oficina ya no se percibe como algo imposible.
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