El pulso entre Uribe y Valencia
Esta contienda constituye, en resumen, un enfrentamiento renovado entre Petro y Álvaro Uribe, su principal oponente y referente de la derecha radical, quien ha definido el panorama político local y del país a partir de la década de los noventa.

Conocidos los resultados electorales del pasado 8 de marzo, arrancó con fuerza la campaña presidencial para suceder a Gustavo Petro, quien, a cinco meses de entregar el poder, tiene una popularidad de cerca del 54%, y ha ungido a Iván Cepeda Castro como su heredero político.
Después de largos meses de ruido de casi 100 candidatos, por fin el panorama se aclara. Y se observa que la campaña es, en síntesis, una nueva batalla entre Petro y Álvaro Uribe, su archirrival, líder de la extrema derecha, quien ha marcado la política regional y nacional desde los años noventa, cuando irrumpió como gobernador de Antioquia y dio vida a una leyenda de autoritarismo, vínculos con lo peor de la clase política, cercanía con el paramilitarismo, falsos positivos, violación de derechos humanos y ataques permanentes a la Constitución de 1991, a la que cambió un “articulito” para hacerse reelegir.
El mismo Iván Cepeda lo admitió de esa forma en entrevista con Papallones. “Nuestro enfrentamiento es claro: no es con Paloma ni con Abelardo, es contra Uribe”, manifestó. Uribe representa a un Goliat que lucía inalcanzable e imperceptible para los tribunales, a quien el senador Iván Cepeda Castro, emulando a David, condujo ante los estrados judiciales debido a un proceso de testimonios fraudulentos. Aquel momento constituyó, tal vez, el giro determinante en la trayectoria política del aspirante de izquierda, impulsándolo frente a la ciudadanía, particularmente entre los grupos de izquierda y el centro, situándolo actualmente como un competidor firme en el balotaje presidencial, con altas probabilidades de triunfar.
El conflicto entre el petrismo y el uribismo se define por la permanencia del plan político de transformación que encabeza Petro, con las variaciones específicas que añadirían Cepeda y su grupo, frente a la restauración de la seguridad democrática 2.0, a través de una dupla inusual que evidencia las tensiones de la derecha: una postulante de arraigada tradición conservadora del Cauca, Paloma Valencia, que personifica lo contrario al ideal progresista, junto a un aliado LGBTI que concurrió a una elección de la derecha como signo de actualización de ideas. Representan contrastes fundidos en una fórmula de pensamiento destinada a captar a los moderados del centro.

Paloma no esconde sus orígenes, su ideología, ni su visión ultraconservadora. Su paso por la política ha sido bajo el ala de Uribe, y a pesar de estar en la cúspide de su carrera política, se sigue presentando como la “hija” del expresidente: “Uribe es mi papá”, ha dicho. “Soy la candidata de Uribe”, repite. Y el exmandatario ejerce, precisamente, como jefe de debate, comisario político, ideólogo y mandamás de esa campaña. Uribe es todo en esa casa política.
Cada trino del exmandatario es una orden a sus bases de derrotar a Cepeda y Petro, una descalificación en los términos más recalcitrantes de sus adversarios, un himno marcado por el odio para salir a ganar, cuerpo a cuerpo, el voto en las regiones, las universidades, las calles. Uribe quiere asegurarse de que un eventual mandato de Paloma no sea una reedición de Santos o Duque, de quienes Uribe se sintió traicionado. Paloma estará atada al nido ultraconservador, con Uribe vigilando sus tres huevitos.
Esa campaña comenzó con pie izquierdo. El pie zurdo de Juan Daniel Oviedo, cuya escogencia como fórmula vicepresidencial le mete miedo a la derecha más recalcitrante y doctrinaria, como el exministro famoso por las acciones de Invercolsa, Fernando Londoño, que lo ve como una claudicación de la doctrina en defensa de la tradición, la familia y las buenas costumbres. Oviedo parece condenado a ser un vicepresidente enclosetado en la vicepresidencia, como un tío gay, al que poco querrán escuchar y ver en la Casa de Nariño. Uribe lo necesita para ganar votos, no para convertirlo en protagonista de su tercer mandato en cuerpo ajeno.
Oviedo, al igual que los otros candidatos a vicepresidentes, ha centrado la atención de los electores en los últimos días. En la izquierda, Cepeda propuso a Aída Quilcué, una curtida líder indígena del Cauca, veterana de centenares de batallas por la tierra y los derechos de los pueblos indígenas, senadora por el Pacto Histórico, cuyo esposo fue asesinado por los paramilitares. Aída no es un nombre de relleno, sino una apuesta ideológica y de reconocimiento de los derechos de los pueblos ancestrales, que Cepeda hace para reafirmar su lucha por una Colombia incluyente.
Desde luego, la propuesta de la izquierda no fue bien recibida por grupos que todavía ven a los pueblos originarios como infantes y no como sujetos de derecho aptos para dirigir a Colombia. Resulta pertinente mencionar que El Cauca ya ha contado con mandatarios indígenas anteriormente. Aída Quilcué surge del marco de la Constitución de 1991, elaborada por constituyentes de diversas colectividades, estratos y etnias, incluyendo a líderes como Lorenzo Muelas, vinculado a AICO, y Alfonso Peña, vocero del extinto grupo insurgente Quintín Lame, que transformó a Colombia en un estado diverso y multicultural. Su determinación y firmeza durante su trayectoria, al proteger su tierra y a su gente, así como las garantías de los sectores más desprotegidos, confirman el compromiso de la izquierda por continuar progresando hacia una Colombia más equitativa.
“Mucha gente se pregunta cuántos votos me va a sumar, pero eso no movió mi decisión. Para mí, lo importante es el significado, la trascendencia y el simbolismo”, dijo sobre su fórmula vicepresidencial el candidato Cepeda. El hecho de que Paloma Valencia sea, precisamente del Cauca, y tenga en su historial propuestas como dividir el Cauca en dos, para dejar a un lado a los pueblos indígenas y, del otro, a los terratenientes y empresarios, le ha dado a Aída Quilcué una dimensión de antagonista de la candidata de Uribe.
El tercer actor en la contienda electoral es Abelardo de la Espriella, a quien las encuestas muestran en un acelerado retroceso. Ante ese fenómeno, ha reiterado que es un outsider y no recibe a nadie de la clase política. Vale recordar una frase del Chavo del Ocho: “Al cabo que ni quería”. Y la verdad es que la clase política de derecha ha comenzado a emigrar hacia la campaña uribista. Y el tigre se está quedando solo. Las primeras encuestas después de las elecciones del 8 de marzo, muestran la foto de un felino en picada, una paloma que comienza a levantar vuelo, y un Cepeda anclado en el 37%, que mantiene firme su base electoral. Lo que significa que los cuentazos de que la llegada de Aída Quilcué era un retroceso, no pegan.

En realidad, este trío de figuras marcará el destino de Colombia durante el balotaje, ya que resulta inviable predecir la victoria de algún aspirante en la ronda inicial. Actualmente se vive una confrontación directa entre Petro y Uribe, entre Cepeda y Paloma, enfrentando a la izquierda con la derecha. El Tigre acabará en la etapa final unido a Paloma, mientras que Cepeda ya facilitó el camino para integrar a los simpatizantes del liberalismo, liderados por Juan Fernando Cristo. Los pactos políticos recién están empezando.
Lo que se espera es que se conozcan las propuestas de ambos bandos. Escuchar, por ejemplo, propuestas en temas sensibles como la relación con Estados Unidos y Venezuela, por ejemplo. El presidente Petro logró recomponer la relación con Donald Trump, lo que supondría un cierre de mandato tranquilo, pero nadie sabe aún de qué manera Trump, que ha sido vital en la elección de la derecha en varios países, se entrometa en las elecciones colombianas.
Escasa es la confianza en un Trump que respete la autonomía de Colombia, nación fundamental en su plan de control del crudo venezolano y pieza clave en la batalla contra el tráfico de drogas, al cual busca enfrentar actuando directamente en la región. “Ahora bien —dijo Cepeda a Papallones—, estamos ante una Administración que tiene unas aspiraciones que son, en algunos casos, intervencionistas, y que buscan generar un tipo de hegemonía en nuestro hemisferio. Frente a una Administración de esa naturaleza, nosotros hemos puesto en primer lugar la necesidad del respeto de nuestra soberanía”.
La contienda por el mando político en Colombia progresa. Uribe y Petro compiten para triunfar. La paloma emprende el vuelo, el tigre pierde su tono y Cepeda exhibe el coraje de un ave de riña que no teme a los riesgos de los apostadores.
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