La difícil evacuación de un barrio inundado en Montería: “Uno es pobre, trabaja tanto, y ahora tiene miedo de que le roben”
Los residentes de Vallejo se desplazan por calles inundadas para rescatar televisores, neveras y otros aparatos eléctricos


Los alrededores de un supermercado en Montería, una ciudad de medio millón de habitantes en el Caribe colombiano, se han transformado desde el viernes en un puerto. El pavimento termina allí, dando paso a una larga secuencia de calles inundadas de agua negra y estancada. Los residentes del barrio Vallejo, construido hace aproximadamente cinco años junto a la orilla izquierda del río Sinú, llegan desde sus refugios en otras partes de la ciudad. Les entregan unos pesos a vendedores de arena para que los lleven en botes hasta las viviendas que abandonaron hace pocos días por las lluvias torrenciales. Regresan con lavadoras, neveras y televisores, que luego cargan en camiones. Saben que no podrán regresar a sus hogares en el corto plazo y buscan rescatar lo que les queda antes de que lleguen los ladrones.
María Angélica Puentes, una mujer de 28 años que labora en el área administrativa de una clínica, acaba de recuperar sus aires acondicionados. Cuenta que son los últimos de una lista de pertenencias que organizó desde que el agua invadió su casa el pasado viernes. “Ese día me llevé las máquinas industriales de confección, que son muy caras: cada una sale 10 millones de pesos [unos 2700 dólares]. También la lavadora y la nevera. El sábado y el domingo me dediqué a los colchones, la ropa y los utensilios de cocina”, relata. Creía que los aires estaban a salvo, pues estaban montados casi bajo el techo, lejos del agua. Pero el lunes leyó en un grupo de WhatsApp que habían empezado a sustraerlos de otras viviendas.

“No es fácil encontrar bajo el agua el lugar en el que vivías, en el que estabas construyendo tu futuro. Y ahora me da más tristeza ver que, pese a la situación en la que estamos, algunos quieran robar lo poquito que nos quedó”, cuenta, mientras espera espacio en un camión junto a su hermana y su pareja. Explica que volver a su casa, una de las 4.000 viviendas inhabitables que contabiliza el Gobierno en el departamento de Córdoba, será un proceso largo en el mejor de los casos: “Hay que esperar que el agua salga y luego la desinfección, porque está lleno de bacterias. Después, resolver los daños estructurales, como los del sistema eléctrico. Así que todo es incierto”.
Mariano Ruiz, un comerciante de 75 años, espera su lugar en otro camión junto a un televisor, una nevera, algunos ventiladores y una máquina de coser. Explica que los llevará a la casa de uno de sus hijos, pues el agua y la humedad los acabarían de arruinar. Después, coincide con María Angélica en que los robos son su mayor preocupación. “La gente aprovecha siempre que hay una calamidad. Aunque son más los buenos que los malos, algunos aprovechan la necesidad del otro”, dice. No disimula su enojo, ira, frustración: “Uno es pobre, tiene cosas luego de trabajar mucho, y ahora tiene miedo de que lo poco que tiene se lo roben las culebras”.
Decidió confiar en un grupo de jóvenes de la iglesia evangélica a la que pertenece. “Le pedí al pastor y llamó a estos muchachos para que me ayuden”, relata. Confía en ellos porque son cristianos y, dice, los cristianos “no le hacen mal a nadie”. Explica que no puede pedir ayuda a cualquiera: sabe de vecinos de otros barrios que llegan con la promesa de ayudar, cargan los objetos y desaparecen.







Hernando Vergara es uno de los jóvenes evangélicos que acompaña a Mariano. Relata que las alertas por las lluvias comenzaron hace 10 días, pero los vecinos no les prestaron atención, confiando en que el agua no llegaría más allá de los tobillos. “Yo viví un tiempo en el barrio El Dorado, una zona en la que había humedales. Supuestamente, según los ancianos, una vez se inundó. Pero fue hace mucho tiempo, en los ochenta”, explica. En esta ocasión, toda la zona quedó sumergida, y la Alcaldía estima que aproximadamente 100.000 habitantes de la ciudad han resultado afectados. Las lluvias no solo inundaron El Dorado, sino también los barrios recientes que han crecido en los últimos años a lo largo del margen izquierdo del río. Ahora, aunque el nivel del agua ha descendido, persiste la preocupación por las previsiones de nuevas precipitaciones del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam).
Cindy Patrón, una enfermera, relata que ha sido una de las afortunadas: solo le quedan unas bolsas con juguetes que no logró evacuar el viernes, cuando aún podían circular los camiones y el traslado era más sencillo. “Me fui por mis hijos, por mis perros y mi gato Michu. Si no los hubiera tenido, de pronto me confiaba y la lluvia me cogía desprevenida también”, dice. “Sentí miedo desde el principio. ¿Quién controla el agua? Nadie”.
El viaje
Al atardecer, Claudia Hoyos sube a un bote junto a su hermano Santiago. La embarcación navega entre innumerables viviendas cuyas puertas están inundadas hasta las cerraduras. En algunas farmacias, productos cosméticos reposan en los estantes más altos y ventiladores han sido colocados sobre sillas para evitar que se dañen. No hay rastro de vida en ningún lado, salvo algún otro bote a lo lejos o montones de basura reciente flotando en el agua. Claudia toma fotos y relata que, tras pasar días refugiada en un pueblo a una hora y media, regresó a su barrio. Santiago, quien reside en Medellín, logró venir a ayudarla. Aunque el viernes abandonó su casa priorizando la seguridad de sus hijos y creyó que el agua no afectaría sus pertenencias, en su primer recorrido descubrió que ya no le quedaba nada: incluso los colchones estaban arruinados por la humedad.
La embarcación se detiene frente a la casa de Claudia, pero nadie baja. En realidad, el objetivo es un edificio de tres plantas al frente, donde aparece un hombre que los vecinos contrataron para vigilar la cuadra y evitar más robos. “¡Veci! ¡Acá traje la batería!”, grita Claudia, señalando una batería para que el nuevo vigilante pueda cargar su celular y hacerle saber a posibles ladrones que no están solos. Luego, Santiago sube a la proa y se equilibra para no caerse de la lancha. Tras varios intentos, mientras la embarcación oscila de un lado a otro, logra entregarle al vigilante dos bandejas con lentejas, arroz y pollo.

“A esta hora ya es peligroso el viaje”, dice Santiago durante el camino de regreso, a fines de la tarde del martes. “Hay caimanes, culebras, babillas. Dicen que el otro día picaron a uno. Pero primero está la necesidad de sacar alguna cosita”, comenta. Minutos después, él y su hermana desembarcan. Los tripulantes, unos areneros que han traído sus botes para ayudar, se quejan de que en algún sitio del puerto improvisado les han negado un plato de comida. “Son racistas. Muchos piensan: ‘¿Vienen a robar o a trabajar’. Nos discriminan por ser areneros”, afirman. Señalan que son ellos quienes han ayudado a rescatar pertenencias, mientras que la Policía y la Defensa Civil “están por la foto”. Un policía, por su parte, aclara que ellos tienen la función de ayudar a la gente a salir de sus casas y no el traslado de objetos. “Incluso ahora, no falta el que se vuelve a meter y hay que sacarlo de nuevo”.
A pocos metros, la ingeniera Tania Giraldo observa desde su balcón. Es una de las pocas vecinas que aún permanece en el barrio: el agua envuelve su casa, a unos metros del puerto improvisado, pero no alcanza la entrada. Además, ahora vive en el segundo piso y aún cuenta con gas y electricidad. Explica que no está sola, que todos los vecinos de su cuadra decidieron quedarse. “Confiamos en el que agua siga bajando. Lo que nos da miedo es dejar las cosas solas, por los rateros: hoy a la mañana casi cogieron a uno y casi lo matan a palos”, dice. Ella y sus vecinos, añade, se turnan para vigilar dos horas cada uno durante la noche.
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