De Nueva York a Venecia: los tiempos del arte
Guggenheim centra la última colaboración de Swatch Art Journey, con obras de Monet, Pollock, Klee y Degas


“No podía permitirme comprar obras de los maestros antiguos, y de todos modos considero que mi deber es proteger el arte de mi tiempo”, cuenta Peggy Guggenheim que le respondió a Bernard Berenson, autoridad en arte renacentista, cuando él visitó la exposición con su colección de arte moderno en la Biennale de Venecia de 1948 y le preguntó por qué atesoraba ese tipo de obras. Es una de las anécdotas que la millonaria y mecenas estadounidense recuerda en su autobiografía, Out of this Century, donde explica qué la llevó al inacabado palazzo Venier dei Leoni del Gran Canal, donde vivió 30 años. Esa residencia acoge desde 1951 la Peggy Guggenheim Collection; en Venecia se cuenta que antes, cuando se construyó en 1748, en su jardín había leones, y que cuando pasó a manos de la excéntrica marquesa Luisa Casati en 1910 lo que campaba a sus anchas por el jardín eran leopardos, mientras Sergei Diaghilev (fundador de los Ballets Rusos) celebraba sonadas fiestas en el interior.

En esos mismos jardines amurallados reposan hoy los 14 perros Lhasa Apso que acompañaron a la millonaria estadounidense, junto a obras de arte de Jenny Holzer o Hans Arp. Durante las tres décadas que la mecenas vivió ahí, quienes llegaban al palazzo en góndola podían ver la estructura colgante de Alexander Calder que ocupaba el salón de la entrada y que todavía recibe a quienes visitan la colección. “Cuando se abrían las puertas se balanceaba, por eso Duchamp lo llamó móvil”, explica Grazina Subelyte, conservadora del museo.

En la sala de al lado está “una de las grandes obras de la colección, Alchemy, un cuadro pintado en 1947 por Jackson Pollock. Parece caótico y no lo es, porque él era preciso, sabía lo que quería hacer”, explica Karole P. B. Vail, directora de la colección y nieta de su fundadora, sobre uno de los cuatro lienzos que inspiran la última entrega del proyecto Swatch Art Journey. En esta alianza, además del de Alchemy, hay otros relojes basados en pinturas conservadas en la sede de Guggenheim en Nueva York: The Palazzo Ducale, Seen from San Giorgio Maggiore, 1908, de Claude Monet; The Bavarian Don Giovanni 1919, de Paul Klee, y Dancers in Green and Yellow, 1903, de Edgar Degas.

“Esta nueva colaboración, al estar Guggenheim en Nueva York y Venecia, une dos mundos, no es solo un museo estadounidense o un museo italiano, es un puente entre culturas”, explica Carlo Giordanetti, miembro del equipo directivo de Swatch AG y CEO del Swatch Art Peace Hotel. Desde 2018, la firma de relojes suiza ha trabajado con distintas instituciones —del Rijksmuseum de Ámsterdam al Thyssen-Bornemisza de Madrid, la Tate Modern de Londres o los Uffizi de Florencia— para reinterpretar algunas de sus obras. Subraya Giordanetti que Venecia y Swatch comparten un vínculo único: “Siempre ha sido una ciudad especial para la compañía, hemos llevado a cabo muchos proyectos en Venecia, aquí fue donde hicimos la primera exposición de coleccionistas de la historia de Swatch, en 1992; llevamos en la Biennale desde 2011; hemos hecho proyectos de Carnaval con los venecianos... Por alguna razón, quizá porque es una ciudad que parece muy histórica pero a la vez es muy contemporánea, única, diferente, encajamos muy bien. Tiene una escena única, Marina Abramovich va a tener una exposición en la Gallerie dell’Accademia, Dries Van Noten va a abrir su fundación aquí...”
Giordanetti, que nació en Turín, no recuerda la primera vez que visitó el centro de arte veneciano. “A mi madre le encantaba el arte, imagino que ella fue quien me dijo que tenía que venir a verlo. Es un lugar mágico, cuando vine la primera vez era diferente, la disposición de la colección ha cambiado desde que llegó Karole [asumió la dirección en 2017, tras más de dos décadas en el Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York], porque ella aportó su experiencia como conservadora, esa visión, pero también su experiencia personal, porque ella creció en esta casa, jugaba de niña en el jardín de su abuela, y creo que le ha dado al museo una sensación más cálida, ha cambiado piezas de lugar, sacado obras del sótano...”. Pero Alchemy continúa ocupando un lugar central en la colección. “Es el trabajo más relevante de nuestro porfolio, pero también es una obra que cambió la historia del arte, fue el primer cuadro que Pollock pintó en el suelo, y utilizó más de 70 colores distintos; al observarlo de cerca se ven todos los detalles de esos tonos”, explica mientras señala los detalles de la pintura Luciano Pensabene, conservador y restaurador de la Peggy Guggenheim Collection, que en 2015 restauró este lienzo en el prestigioso centro especializado en ese tipo de trabajos Opificio delle Pietre Dure de Florencia, “frente a otra obra maestra, La adoración de los Magos de Leonardo da Vinci”.

Aunque Pollock nunca salió de Estados Unidos, Peggy Guggenheim fue su mecenas y popularizó su obra en Europa. De hecho, en sus memorias la coleccionista recuerda que en 1950 le pidieron presar sus Pollocks para una exposición, y en aquel momento atesoraba 23 obras creadas por el artista. “Fue muy difícil elegir las obras para esta colaboración, pero Karole decidió que esta tenía que estar, y afortunadamente la fundación del pintor dijo que sí”, señala Giordanetti. Ya mientras vivía Peggy Guggenheim quiso abrir su casa tres días a la semana para que quienes pasaran por allí —aficionados al mundo del arte o expertos, vecinos, curiosos o turistas— pudieran disfrutar de su colección, un espíritu que mantiene hoy su nieta: “Esta colaboración refleja nuestro compromiso común por hacer el arte accesible a un público amplio y diverso”.
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