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TRIBUNA

Cortinas de humo

La vida imita al arte. Les sonará aquella película en la que un presidente de EE UU provocaba una guerra para tapar sus escándalos sexuales

enrique flores

1. Para los que nos dedicamos a la creación artística —y también para los que no lo hacen de modo habitual o profesional—, uno de los principios básicos que practicamos, incluso sin pensar en ello, es tener asimilada la certeza de que el arte siempre imita a la vida. Incluso las manifestaciones o realizaciones más fantasiosas o abstractas parten de una conexión con realidades objetivas que han afectado nuestra sensibilidad, se han alojado en nuestra subjetividad y buscan su expresión a través de recursos estéticos. Por ejemplo, para el novelista, un artista que debe crear universos más o menos concretos o imaginarios en los cuales se mueven personajes a su vez más o menos creíbles, siempre está presente el reto de generar verosimilitud, o sea, ese artificio discursivo a través del cual lo narrado consiga conformar la lógica íntima de ese universo creado, y de ese modo, su propia realidad.

Este propósito funciona así porque, al fin y al cabo —como nos recordó Milan Kundera apoyándose en Henry Fielding, el autor de Tom Jones—, la novela es un acto de descubrimiento y conocimiento, pues su razón de ser radica en el reflejo de los conflictos de la condición humana, que es universal y permanente y, aunque tiene un origen subjetivo, incide en nuestros actos y, por esa vía, actúa sobre las realidades objetivas.

Bastante se ha hablado en los últimos años del tan asombroso reflejo de nuestra realidad de estos tiempos conseguido por la trama futurista de 1984, la novela que George Orwell publicó en 1949, mucho antes de la existencia de los artilugios digitales que nos rodean, vigilan y hasta nos agreden hoy. Los mecanismos de control de los ciudadanos, la falsificación y reescritura de la Historia, las coartaciones de la libertad individual que campan en la trama social de esa Oceanía novelesca y ficticia donde transcurre la trama se parecen demasiado a muchas manifestaciones de nuestras sociedades contemporáneas en las que, por ejemplo, la verdad se ha descentrado hasta difuminarse en ocasiones y ha materializado uno de los grandes lemas del Ministerio de la Verdad al manipular la información: “La ignorancia es poder”.

2. Los acontecimientos de repercusión mundial que se han sucedido en los últimos meses, pero en especial lo ocurrido con la guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán han puesto en evidencia cuánto puede parecerse la realidad a la ficción. Y es que en este caso se trata de un conflicto que, por las circunstancias que lo aúpan, recuerda demasiado la trama de una obra de arte: ¿la vida imitando al arte —casi replicándolo— en lugar de que el arte imite a la vida?

Seguramente, muchos habrán recordado en estos días la película Wag the Dog (La cortina de humo en la versión española, Mentiras que matan en otros países de la lengua), obra basada en la novela homónima de Larry Beinhart, estrenada en 1997 y dirigida por Barry Levison. Para su gloria, la cinta está protagonizada por dos monstruos de la actuación, Robert de Niro y Dustin Hoffman, que encarnan los personajes de un relacionista público y un productor de Hollywood. Convocados por una funcionaria de la Casa Blanca, ellos se encargarán de crear una cortina de humo para distraer la atención de los ciudadanos sobre el escándalo en que se ve envuelto un candidato a la reelección presidencial estadounidense, acusado de abuso sexual sobre una menor. La cortina de humo que crean estos dos artífices es una guerra virtual, y escogen como enemigo a combatir a ¡Albania!

Creo que nos sonará demasiado esa sinopsis de Wag the Dog: escándalos sexuales de un presidente y guerras provocadas, solo que en este caso la guerra ha sido real, no como la que planean el relacionista público y el productor de Hollywood, algo que me ha recordado también una de las creaciones del grupo humorístico Les Luthiers, que en tono de parodia total, empeñados en actualizar el himno nacional van a declararle la guerra a Noruega, pues los anteriores enemigos históricos ya no resultaban atractivos. Y ya se sabe que para el poder es una bendición tener enemigo, mejor si en hostilidad. Ahora mismo lo es para el feroz régimen iraní.

¿Qué ha pasado con el presidente que iba a acabar con todas las guerras y se pavoneó de terminar incluso algunas que ni siquiera existían? ¿Cuál de las cinco o seis razones esgrimidas ha sido por fin la que decidió esta operación militar? ¿Y ya no caen bombas rusas sobre Ucrania, como prometió? ¿O ahora ese presidente está siendo fiel a su palabra de desentenderse de la paz pues no había recibido el Premio Nobel que tanto ansiaba y, según él, merecía?

Resulta muy arriesgado tener certezas sobre procesos en curso y expresar opiniones o ideas con alguna antelación. Tal disyuntiva se ha hecho hoy más generosa, pues vivimos en la más contundente incertidumbre, alimentada por un poder político, económico y militar que, además de errático, ha demostrado estar por encima de todas las convenciones que se estimaban más firmes. Lo seguro es que cuanto está ocurriendo y ocurrirá en Oriente Próximo con el desarrollo de esta guerra va a tener muchas consecuencias, algunas de ellas extremadamente peligrosas, pues ya se habla, bastante en serio, de eventuales escaladas nucleares del conflicto. Y todo puede ocurrir, como ya lo saben los españoles.

Lo cierto es —y esa certeza sí podemos esgrimirla sin temores— que la cortina de humo ha sido desplegada con premedita intención y solidez. Con los asuntos militares en primera plana de los medios de todo el mundo, con las consecuencias económicas que ya está provocando la guerra debido al incremento del precio del petróleo (siempre el petróleo), con las quinielas ardiendo sobre el futuro político iraní, con el cúmulo de consecuencias que va a tener este evento en todo Oriente Próximo, con Europa también tocando los tambores de la guerra, con el temor a un incremento de posibles atentados terroristas islámicos en cualquier parte del mundo, con España económicamente amenazada y con Putin muerto de risa por lo que está viendo mientras casi nadie habla de la guerra de Ucrania, y —termino sin terminar una enumeración que podría extenderse— mientras incluso se considera que se podrá declarar un estado de excepción en Estados Unidos que dé más poderes al presidente que (con el beneplácito de su partido) declara guerras sin pedir permiso a nadie… ¿Quién va a invocar más transparencia en la publicación y manejo de los dichosos archivos de Epstein?

Ni los más imaginativos artistas podrían haber concebido un escenario así. La guerra actual no es contra la pobre Albania, ni siquiera contra Noruega. Lo terrible es que ahora mismo la realidad está superando en mucho al arte, y lo dramático en esta ocasión no es novelesco, porque se trata de la más sombría realidad. Pero lo que más duele es saber que detrás de todo —o quizás en el centro de todo— esté gravitando el posible pasado de depredador sexual de un político con poder para destruir cualquier norma de convivencia, arguyendo que lo hace para restablecer democracias y hacer grande América otra vez. Al precio que sea, incluida la vida de tanta gente. En fin, que la cortina de humo no es verosímil, como las de una película o una novela, sino muy material y puede asfixiar a muchos.

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