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COLUMNA

Castilla y León: otra lectura electoral

Todos somos en alguna medida responsables del crecimiento de Vox

El presidente de Vox, Santiago Abascal, durante un acto de campaña este viernes en Miranda de Ebro (Burgos). Iratxe Rodríguez (EFE)

Lo confieso: me daba una pereza horrible sentarme a escribir sobre las elecciones de Castilla y León. No ya solo porque parece que está todo el pescado vendido o porque no haría sino reciclar cosas bien sabidas. No, la razón fundamental es que, con la que está cayendo en el mundo o incluso a nivel nacional, meterme en algo tan local me producía casi una sensación de irrelevancia.

Hasta que caí en la cuenta, casi como en una revelación, de que esa pereza era justo el síntoma de algo que podía explicar lo que más nos preocupa de esas ―y otras― elecciones regionales: el deslizamiento de esos territorios hacia el auge de Vox y de los partidos regionalistas. En suma, que podía hacer de esa pereza un criterio hermenéutico de análisis electoral.

No en vano, personas como yo pertenecemos a esa denostada élite urbanita e ilustrada que se las da de cosmopolita; la élite de los anywheres, de quienes están más sintonizados con los problemas globales y miran con desdén a los somewheres, aquellos cuya identidad está sujeta al terruño y cuyo horizonte vital se despliega dentro de ese ámbito específico. Encima, pontificamos sobre las razones que conducen a muchas personas a votar a los partidos mencionados. Sí, el abandono, el desierto demográfico, la falta de expectativas, el ninguneo. Lo envolvemos en frías teorías sociológicas o en términos pedantes como cultural backlash, la reacción conservadora frente al cambio cultural.

Pero lo cierto es que, además, solo hablamos de ello cuando toca y son análisis carentes de empatía. No acabamos de ponernos en la piel de quienes allí habitan. Para más inri, lo que en realidad nos importa no es ya tanto ese resultado electoral específico, cuanto el efecto que pueda tener para lo que en realidad merece toda nuestra atención: las elecciones generales. Lo instrumentalizamos para fines distintos de aquellos que deberían motivarlo, aunque allí haya también quienes voten en esa misma clave. Después vuelven a caer en el olvido.

Si saco a la luz esta autoinculpación es, desde luego, porque me preocupa que el principal beneficiario de esta situación sea Vox. Estas elecciones han sido definidas como la prueba empírica del posible techo electoral de ese partido; un partido que ha encontrado su nicho en los agravios, aunque hasta ahora ha hecho más por inflamarlos que por tratar de eliminar sus causas. Si tanto le preocupan, ¿por qué no se compromete con labores de gobierno allí donde tiene la oportunidad? Pues por puro tacticismo, por tratar de seguir creciendo sin asumir los riesgos asociados a la gestión. Quiere el poder, pero está por ver para qué. Allí donde ha tenido la ocasión solo le ha servido para desmantelar “chiringuitos feministas” o adoptar medidas antiwoke. ¿Dónde ha resuelto los problemas del campo o ha redimido a las provincias abandonadas? ¿Sabemos qué piensa hacer para conseguirlo?

Lo cierto, como decía al principio, es que todos somos en alguna medida responsables de su crecimiento. Aparte de quienes comparten su franquismo sociológico, un gran número de sus votantes pertenecen al grupo de los desencantados con la política, los huérfanos de representación. Si les votan es por llamar la atención sobre demandas insatisfechas o por el desdén de los partidos establecidos, incapaces de ponerse en sus zapatos. Para algunos de estos últimos, la fortaleza de la ultraderecha se contempla incluso como una oportunidad: se acentúan únicamente sus rasgos más inquietantes para traducir después su amenaza en rendimiento electoral propio.

El otro aspecto, las razones de quienes se sienten incomprendidos por el sistema, queda así invisibilizado. El implacable oleaje de la política cotidiana lo acabará desvaneciendo de nuevo como a dibujos en la arena.

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