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COLUMNA

Vox, fascismo y revolución

Lo que caracteriza a algunos políticos de ultraderecha no es la melancolía por el pasado, sino su voracidad por el porvenir

El presidente de Vox, Santiago Abascal, en una rueda de prensa, en la sede nacional del partido, el pasado 22 de diciembre, en Madrid. Gabriel Luengas (Europa Press)

Vivir del miedo a Vox es otra de las muchas maneras de vivir de Vox. De ahí que quienes aspiran a extraer un rédito del ascenso de la extrema derecha insistan en calificarlos, casi por inercia litúrgica, como fascistas. En un país en el que a un político tan inane como Albert Rivera se le llamó “falangito”, no cabe esperar que la palabra fascista perturbe en exceso a nadie. Ese desgaste semántico, conviene recordarlo, es obra de quienes emplearon el término con alegre impunidad hasta agotar la eficacia de la palabra. Una estrategia en la que colaboraron, por cierto, personas tan inteligentes como Umberto Eco.

Resulta más llamativo que quienes buscan capitalizar la alerta antivox pasen por alto uno de los pocos rasgos en los que los de Abascal sí podrían rozar al fascismo más ortodoxo. Y esa semejanza no pasa por compartir propuestas extremas, sino por la relación radical y desmesurada que tanto el fascismo como la extrema derecha actual mantienen con la noción de futuro.

Quienes dicen combatir a Vox mientras contribuyen a potenciarlo subrayan con frecuencia su supuesto carácter nostálgico. Pero si en algo se parecieron los fascistas históricos a algunos políticos de Vox no es en la melancolía por el pasado, sino en su voracidad por el porvenir. El fascismo fue un proyecto revolucionario fascinado por los cromados de los aviones, la precisión maquinal de las motocicletas y la mística de la velocidad. No en vano, su raíz intelectual se encuentra antes en el futurismo y en el manifiesto de Marinetti que en cualquier evocación sentimental de tiempos pretéritos.

Desde los memes a los criptobros, la extrema derecha actual reproduce en parte esa fascinación por ciertas apuestas tecnológicas, junto con un desprecio por la tradición efectiva y una impugnación institucional que a veces roza la extravagancia. Hay algo siniestramente freak en los planteamientos más rupturistas de Vox y, aunque en ello radique parte de su atractivo, quizá ahí también resida su mayor vulnerabilidad.

No creo que en 2026 nadie deje de votar a Vox por temor a que lo tilden de radical. Pero la hostilidad intermitente hacia la Corona, el mercado o incluso la Iglesia introduce heterodoxias potencialmente críticas a la hora de penetrar en la derecha más tradicional. Quien quiera frenar a Vox que apriete ahí, porque aunque las opciones radicales rara vez decaen por su extremismo, sí pueden hacerlo por sus contradicciones. Siempre que haya, claro, alguien dispuesto a señalarlas.

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