Monumento a la desmemoria
La lectura de la inscripción del Arco del Triunfo de Madrid basta para saber que no es una puerta de acceso a la ciudad


Todavía hoy, quienquiera que por vez primera haga su ingreso en la capital de España procedente del noroeste de la Península es recibido por un imponente monumento en forma de arco rematado por una soberbia cuadriga. Normalmente, no prestará atención a la inscripción situada sobre su entablamiento, desde el momento en que se sirve de una lengua muerta. No cabe, sin embargo, excluir que quien así se acerca a Madrid sea alguien con alguna cultura, la suficiente para advertir que esa lengua es el latín, cuya epigrafía además algo conoce. A nuestros efectos conviene imaginar que la historia de España no es su fuerte.
La lectura de la inscripción bastará a nuestro visitante para saber que el monumento en cuestión no es puerta de acceso a la ciudad sino arco de triunfo. Advierte así que este se erige en conmemoración de una victoria militar, aparentemente librada en ese mismo lugar: “A los ejércitos aquí victoriosos” (armis hic victricibus). No consta de qué victoria se trata, pero sí el oferente o donante del monumento (D.D.D., que sabe leer como dat dicat dedicat). Le resulta extraño que no sea este persona, institución o colectivo, sino atributo de la especie humana, la inteligencia, designada sencillamente con el nominativo mens. Igualmente, le intriga que dicha inteligencia se declare “por siempre victoriosa” (iugiter victura). Nuestro visitante prefiere con esto dejarlo aquí para retirarse a su alojamiento en la ciudad y, a falta de ocupación mejor, dedicar el resto del día a indagar con auxilio de su dispositivo electrónico.
Poco le costará así saber que el monumento rinde homenaje a las unidades militares un siglo atrás sublevadas contra el poder legítimamente constituido para, al cabo de tres años de cruel contienda, señorear el país por cuatro décadas. Hasta aquí la cosa estaría clara. Por contra, sigue sin explicarse la condición del donante. ¿Por qué la inteligencia? En particular teniendo en cuenta la animosidad que en esos jefes militares esta suscita. Y es que ha sabido del famoso exabrupto de uno de ellos, de su disposición instintiva a “sacar la pistola” ante su sola mención. Su agudeza, sin embargo, termina imponiéndose.
Pues no se trata de la inteligencia sin más, sino que a la vez se la proclama invariablemente victoriosa. Acaso habría aquí una explicación. Ha leído que quien dio forma a esta inscripción no sería un cualquiera, sino un intelectual de primera categoría, por más que con una ideología en tránsito del nacionalcatolicismo a un liberalcatolicismo: de hecho, ocupó el rectorado de la adyacente universidad en los años de la construcción del monumento. Siendo así, cabría pensar que el rector Laín Entralgo, pues no es otro su nombre, quiso oponer a una victoria transitoria, como son siempre las militares, la victoria perpetua de la inteligencia. De este modo, piensa, el rector matritense habría logrado deslizar un homenaje críptico al rector salmantino Miguel de Unamuno cuando proclamara en tonos proféticos, en singular circunstancia y en presencia de aquel otro jefe militar ya aludido: “Venceréis, pero no convenceréis”.
Este pensamiento tranquiliza a nuestro hombre lo suficiente como para conciliar el sueño, no sin antes prometerse volver al lugar a primera hora. Pues, en sus prisas, habría olvidado contemplar el monumento desde su cara interior, la cual podría contener una inscripción de similar estilo. La visita no le defrauda. La inscripción, que en efecto existe, se dedica ahora al soberbio campus universitario madrileño que a continuación del arco se extiende (aedes studiorum matritensis). Con lo que, de este lado, el monumento funciona como portal de acceso a la primera universidad del país. En términos poéticamente religiosos se indica que dicha universidad “florece ante los ojos del dios” (florescit in conspectu dei). No entiende este masculino, pues quien contempla el referido campus universitario desde su cuadriga es la diosa de la sabiduría. Pero enseguida se corrige: los ojos son los de Dios, con mayúscula. Hay, sin embargo, más.
El monumento, mediante la incorporación de dos precisiones, hace historia del campus. La primera, que ese campus debe su existencia a “la real munificencia” (munificentia regia condita). La segunda, que fue reconstruido (restaurata) por el mismo general en jefe de los militares sublevados, imaginativamente identificado aquí como “el caudillo de los españoles” (ab hispaniorum duce). Nuestro amigo desconoce aún que la primera referencia es al monarca que en su día se involucrara activamente en el proyecto, pero ya advierte que la segunda es perturbadoramente incompleta. Y es que la reconstrucción del campus trae causa manifiesta de su previa destrucción a resultas de la sublevación capitaneada por el mencionado caudillo, siendo este un dato que, a su juicio, no debería ser pasado por alto so pena de falsear la historia. Aquí hay algo que definitivamente no le cuadra.
Por fin, y al cabo de muchas vueltas, nuestro visitante cae en la cuenta de que el monumento se sitúa en el arranque de una llamada Avenida de la Memoria. Por intentarlo todo, esta circunstancia le lleva a interesarse por la legislación relativa a las políticas de memoria. Y es que podría ser que esta legislación contuviera una excepción dirigida a indultar la epigrafía franquista que se encontrara redactada en latín. Al comprobar que tal excepción no figura en la detalladísima normativa, opta ya agotado por rendirse ante tanto absurdo.
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