Valiente Minneapolis
Frente a un poder que gobierna mediante la confusión, la única respuesta posible es construir realidad juntos: ciudadanos que graban, medios que verifican


Propaganda chapucera, memes oficiales, imágenes de IA que ni pretenden convencer, solo saturar y confundir. Hay hasta un término ridículo para ello: slopaganda. Es curioso que la tosquedad de esas imágenes no sea un defecto sino su rasgo central. Por eso decir “esto es obviamente falso” no funciona como refutación: es exactamente la reacción que se busca. Si la propaganda del siglo XX aspiraba a parecer verdad, esta nueva forma exhibe su falsedad. Piensen en Trump caminando junto a un pingüino hacia una bandera de Groenlandia. Algunos señalaron que los pingüinos viven en el Polo Sur. Pero corregir el dato es no entender nada. El mensaje no es “esto es real” sino “podemos hacer que lo falso circule como si fuera real, y no puedes hacer nada”. El “error” es irrelevante.
Estamos, pues, ante un cambio de régimen simbólico. No se trata de mala propaganda, sino de otra lógica de poder comunicativo. Hay una diferencia entre un Estado que miente y un Estado que trolea. El primero todavía rinde homenaje a la verdad ocultándola; el segundo ha abandonado el juego por completo. Bush mintió sobre Irak, pero fabricó pruebas falsas para parecer veraz. Hoy el poder ya ni siquiera pretende decir la verdad. Esto es lo que significa que la Casa Blanca publique memes generados por IA, imágenes manipuladas, provocaciones deliberadas. No es torpeza comunicativa: es una forma de gobierno. El Estado ya no gobierna a pesar de la confusión sobre los hechos, sino gracias a ella. Gobierna produciendo saturación. La pregunta es entonces inevitable: ¿cómo se construye la densidad de lo real en un tiempo en que la irrealidad se ha convertido en técnica de gobierno? ¿Es posible resistir a esto?
Minneapolis nos está dando algunas pistas. Trump eligió esa ciudad como campo de batalla por ser bastión demócrata con una importante comunidad somalí, el escenario perfecto para una ofensiva migratoria. En 2020, tras el asesinato de George Floyd, la ciudad estalló. Aquella violencia sirvió como excusa a Trump para presentarse como el presidente del orden y justificar el despliegue de la fuerza. Ahora buscaba repetir ese guion, pero encontró otra cosa: vecinos que se ayudan y se avisan, que se organizan, redes solidarias que quedaron de 2020 y se han reactivado, grupos de Signal que se crean cada mañana y se borran cada noche. Los ciudadanos salen juntos, observan juntos. Saben lo que ha ocurrido porque estaban allí. La Casa Blanca publicó una imagen de la activista Nekima Levy Armstrong siendo arrestada: lloraba, su piel estaba oscurecida. Pero existía un vídeo real, grabado por los propios agentes. En él, Armstrong está serena. Cuando se descubrió la manipulación, la respuesta oficial fue: “Los memes continuarán”. En otro contexto, quizá habría funcionado. Pero en Minneapolis no. Allí la gente sabía lo que había pasado. La manipulación no cuajó. ¿Por qué? Porque la propaganda de saturación tiene un punto ciego: funciona cuando cada uno está solo frente a su pantalla. Donde no hay comunidad, la imagen no tiene contra qué estrellarse. Minneapolis tiene algo que el poder no esperaba: densidad. No una prueba aislada, sino una experiencia compartida, una comunidad que valida colectivamente lo que ve y lo que vive. Esa es la lección. Frente a un poder que gobierna mediante la confusión, la única respuesta posible es construir realidad juntos: ciudadanos que graban, medios que verifican, comunidades que comparten lo que ocurrió. Sin esa cadena, el régimen de irrealidad gana. Porque la alternativa es que alguien ponga su cuerpo y su vida para que creamos lo que vemos. Y no deberíamos necesitar mártires para saber qué es verdad.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a Papallones desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en Papallones.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes




























































