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Las otras vidas
Opinión

Contra el imperio

Con tal de enfrentarse a regímenes detestables, hay personas que adoptan actitudes detestables, y que por rechazo a un tipo de crímenes aprueban los del bando contrario

Mientras practicamos esa costumbre de ahora que es la conversación desolada sobre las calamidades del presente —las internacionales y las domésticas, por usar el nuevo calco infeccioso del inglés— la amiga que se sienta a mi lado me dice, no sé si con ímpetu combativo o con la ironía de la resignación:

—Se ve que tenemos que volver al antimperialismo de nuestra juventud.

Esa palabra, imperialismo, que leíamos y usábamos tanto en aquellos años, se había extinguido en el vocabulario de muchos de nosotros, de esa manera enigmática en la que ciertas palabras raramente usadas se multiplican en una progresión geométrica como la de las especies de bacterias, de plantas o insectos, y en un tiempo muy breve desaparecen sin dejar rastro. De la omnipresencia se pasa a la invisibilidad. Por eso me gustan tanto esas ferias de lo que en Estados Unidos llaman ephemera, las cosas sin ningún valor que todo el mundo usa y tira sin prestarles atención, postales, cajas de cerillas, bolígrafos, entradas de teatro o de cine, residuos en los que en el momento nadie repara, aunque están en todas partes, y que precisamente por eso, al cabo de los años, se convierten en pepitas de tiempo en estado puro. Una vez, mientras escribía una novela situada en los años treinta, encontré en una de esas ferias algo que sin tener utilidad para la trama me dio la sensación que uno necesita cuando escribe sobre un pasado que no conoció. Era una especie de libreta con un bello transatlántico dibujado en la portada, que contenía el calendario de comidas del restaurante de a bordo. Yo estaba tocando algo que no habría podido saber cómo era, pero que formaría parte de la realidad material de los personajes que inventaba: un pasaje de barco.

Hasta hace nada la palabra imperialismo era una reliquia olvidada, no porque el concepto que nombra se hubiera vuelto irrelevante, sino porque yo creo que nosotros, sus antiguos usuarios, habíamos perdido la capacidad racional de usarla, aunque también porque simplemente obedecíamos al capricho de la moda, que un poco antes nos la hacía imprescindible. Habíamos leído y desmenuzado en seminarios letárgicos El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en la ardua prosa de Lenin, o de los traductores del ruso que trabajarían a destajo en la editorial Progreso de Moscú, y aunque no perteneciéramos a la rara especie antifranquista de los prochinos estábamos tontamente familiarizados con un cierto número de consignas de Mao, extraídas del Libro Rojo que los alegres guardias juveniles de la Revolución Cultural esgrimían mientras quemaban templos o manuscritos inmemoriales, colgaban a alguien por el delito de llevar gafas o humillaban a los profesores culpables de saberes burgueses haciéndoles desfilar con orejas de burro entre los estacazos y pedradas de sus estudiantes. Decía Mao: “Los imperialistas son tigres de papel”.

Imperialismo, para nosotros, era por definición el imperialismo americano. En 1968, el Partido Comunista de España, honrosamente, se había pronunciado contra la invasión soviética de Checoslovaquia, pero no llegó a calificarla de imperialista. Uno de los hechos fundadores de nuestra conciencia política fue el golpe de Estado de Pinochet contra el Gobierno de la Unión Popular en Chile. Pero nuestro rechazo a la opresión no nos llevó a protestar contra las matanzas de Mao, el encierro de disidentes soviéticos en hospitales psiquiátricos, la tiranía devastadora de Ceaucescu en Rumania, por no hablar de la de Fidel Castro en Cuba. Creo que fue hacia 1970 cuando Mario Vargas Llosa sostuvo una polémica con uno de los grandes portavoces de la intelectualidad europea, Günter Grass, ardiente defensor entonces del régimen cubano y de las sublevaciones guerrilleras latinoamericanas, en una de las cuales los militares habían ejecutado a Ernesto Che Guevara. Lo que dijo Vargas Llosa, con toda la razón, y con el escándalo de bastantes colegas, fue que muchos intelectuales del primer mundo defendían para el tercero regímenes en los que ellos nunca aceptarían vivir.

La debilidad de nuestro antimperialismo era la ceguera parcial y voluntaria que nos aquejaba. Veíamos, con toda la razón del mundo, los crímenes de Estados Unidos en Chile, en Guatemala, en Argentina, en Uruguay, el descaro con el que armaron y patrocinaron la negra noche de las dictaduras en los años setenta. Simpatizábamos con la lucha de Vietnam del Norte, pero no con las víctimas del régimen de Ho Chi Minh, y menos aún con los survietnamitas que después de la guerra huían por millones, jugándose las vidas desesperadamente en el mar. Éramos tan contrarios al imperialismo que estábamos dispuestos a aprobar con entusiasmo a cualquier líder o cualquier movimiento que se declarase antimperialista, casi cualquier guerrilla que usara ese lenguaje y cumpliera con ciertas normas indumentarias y capilares establecidas por la revolución castrista. En julio de 1979, era lícito alegrarse sin reserva de la victoria de los sandinistas contra el tirano Somoza, pero en enero de ese año nos habíamos alegrado tanto de la caída de un “títere del imperialismo”, como era el sah de Irán que no se nos ocurrió poner reparo al ceño lúgubre de clérigo Torquemada del ayatolá Jomeini. Si el sah había impuesto autoritariamente las costumbres occidentales a su pueblo, ¿no sería un signo de liberación que las mujeres iraníes llevaran de nuevo el velo, tan propio de aquella cultura? ¿Quién iba a creer que los Jemeres Rojos, llevando ese nombre y habiendo derrotado a un golpista impuesto por los Estados Unidos, iban a cometer en Camboya uno de los dos o tres peores genocidios del mundo?

Paralizados entre dos opciones imposibles, lo que hicimos muchos fue mirar a otro lado. He observado que, con tal de enfrentarse a regímenes detestables, hay personas que adoptan actitudes detestables, y que por rechazo hacia un cierto tipo de crímenes y abusos aprueban los crímenes y abusos del bando contrario. En España queda quien, con tal de estar en contra de Estados Unidos, es capaz de aplaudir a déspotas corruptos como Maduro o el siniestro matrimonio Ortega de Nicaragua, y hasta de aprobar la invasión rusa de Ucrania, que ya tiene mérito. Mario Vargas Llosa, del que en otras épocas pudimos aprender a inventar novelas empapadas en la vibración y la complejidad del mundo y a defender la libertad de espíritu en contra de la peor de todas las ortodoxias, la que imponen los nuestros, derivó después hacia un neoliberalismo de millonario latinoamericano, de esas clases dirigentes que antes de pagar impuestos prefieren vivir en colonias de lujo custodiadas por guardas armados y comprar viviendas a precio de oro en Miami o en esta Europa donde políticas que ellos nunca aceptarían en sus propios países les permiten salir de compras, visitar restaurantes y pasear a pie por la calle, sin coches blindados ni escoltas con fusiles de asalto.

Los disidentes del este de Europa y de Rusia descubrieron con amargura en los años noventa que después del comunismo lo que venía era un capitalismo sin ley, del que se beneficiaban sobre todo los antiguos dirigentes comunistas. En China, se ha comprobado que capitalismo y comunismo, aquellos grandes enemigos de la Guerra Fría, son perfectamente compatibles, a condición de que se prescinda de la democracia. Y no parece que la democracia sea ahora una prioridad, aunque sí una molestia, para las oligarquías que en Estados Unidos controlan desde el Tribunal Supremo hasta la más vil y banal de las redes sociales. Así que no nos queda más remedio que hacernos de nuevo antimperialistas, y esta vez no contra uno, sino contra tres imperios, dotados cada uno de unas capacidades de vigilancia, control y destrucción que no habían existido nunca.

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