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Los guardianes de coral de Acapulco que predijeron la llegada de un huracán como Otis

Una iniciativa comunitaria científica monitorea datos en las aguas de la turística bahía de México y crea modelos predictivos sobre la formación de ciclones para anticiparse a posibles catástrofes

Un miembro del equipo recupera uno de los biosensores que recolectan datos del arrecife de Acapulco. Guardianes del coral

El Profeta, así lo llaman muchos en el Paseo del Pescador de Acapulco. Pero, Juan Barnard no es adivino, ni siquiera meteorólogo. Es biólogo, oceanógrafo y uno de los fundadores de los Guardianes del Coral de Acapulco, una iniciativa comunitaria y científica volcada en la protección de la sostenibilidad de las costas de Guerrero. Dedicado desde hace más de una década al estudio del comportamiento del océano, el apodo de agorero se lo ganó por haber advertido que un fenómeno catastrófico golpearía el puerto turístico más icónico de Guerrero mucho tiempo antes de que Otis lo hiciera.

La furia de aquel ciclón comenzó en la calma de las profundidades del mar. Diez meses antes de Otis se formó una ola marina de calor que alcanzó los 32 grados, “extremadamente caliente, nunca habíamos tenido una temperatura tan elevada. Y nos decíamos, esto va a ser grande, ¡va a desencadenar una catástrofe!”, recuerda Bernard, que entonces avisó a las Secretarías de Turismo y de Medioambiente. No le escucharon. “Mi error fue no avisar a Protección Civil”, cuenta nada más subirse a la Orca, la lancha en la que su equipo partirá para ir a recuperar los distintos sensores submarinos instalados en el lecho marino de la bahía de Acapulco.

Con ellos, el equipo monitorea las condiciones de la columna del agua en distintos puntos de la costa. “Nos permiten registrar la temperatura del mar en tiempo real y a distintos niveles con el objetivo de estudiar la relación entre el calentamiento oceánico y la salud del arrecife y el comportamiento de ciclones tropicales, que está cambiando”, apunta el biólogo. Se refiere a los huracanes de intensificación rápida: el aumento de los vientos máximos sostenidos de una tormenta en al menos 56 km/h en un lapso de 24 horas o menos. “Impulsados por el cambio climático y aguas cálidas, son un grave peligro al convertir tormentas en huracanes mayores rápidamente, como evidenció Otis”, comenta Bernard.

Nada más zarpar, a pocos metros del muelle, el biólogo señala las enormes manchas que oscurecen el fondo del mar. Entre tantas pérdidas materiales, la brutalidad de las olas formadas con el Otis arrasaron las embarcaciones. “El 90% de ellas se perdieron”, explica el oceanógrafo. Antes de que se formara esa ola caliente, y mucho antes del ciclón histórico, el equipo científico había notificado de que el coral ya estaba totalmente blanqueado. “Ese fue el preámbulo de la muerte: asociamos la muerte con algo oscuro, negro. Esta vez la muerte se manifestó blanca”, relata Bernard, que ha dedicado su vida a la conservación del ecosistema marino de su costa y a buscar soluciones contra uno de los fenómenos globales más preocupantes derivados del cambio climático.

“Los océanos se están acidificando debido a la disolución del CO2, lo que afecta a la estabilidad de los ecosistemas de organismos que fijan el carbonato de calcio, como los bivalvos. Las conchas se disuelven. Esto reduce la disponibilidad de ese compuesto químico en el océano, que usan los corales para construir y reparar su esqueleto. Y que depende de un pH óptimo, dependiente a su vez de la temperatura”, explica Bernard antes de zambullirse en el agua para recuperar uno de los sensores ubicado a 17 metros de profundidad, en el Canal de Bocachica, frente a la isla la Roqueta. “Hay buena circulación de agua, con cambio de mareas, lo que nos da una generalidad del estado de la bahía”, explica mientras se coloca las aletas de buceo. A su lado, Alfredo Ricardo Zarate, biólogo de la Universidad Autónoma de Guerrero y parte de la iniciativa, prepara el dispositivo que enlaza con el nuevo sensor que van a instalar y al que aferran a una piedra pesada para que no lo arrastre la corriente. “El programa da instrucciones para que tomen datos de la temperatura promediados por hora”, dice Zárate, que después hace las estimaciones con programas. Con esos datos, el equipo puede estudiar la correlación entre los diferentes parámetros e integrarlos con otros datos meteorológicos para entender y entrenar modelos predictivos. “Y así poder tener alertas tempranas de huracanes”, explica Bernard.

La muerte blanca que anticipó una tragedia

Después de 20 minutos de inmersión, una boya rosa emerge para avisar al capitán de la lancha que los dos expertos terminaron la tarea y están de regreso. Antes de partir al siguiente punto de la bahía donde está el otro biosensor, en el Bajo del Árabe, uno de los sitios de buceo más destacados y reconocidos en Acapulco, el oceanógrafo despliega de un maletín su mini laboratorio portátil y va apuntando los datos de temperatura y pH en una tablilla. “Gracias a esa correlación de registros de temperatura y otros indicadores obtenidos de las boyas inteligentes desplegadas en la superficie que llevan un registro de la salinidad, oxígeno disuelto, velocidad y dirección del viento y precipitación en la atmósfera, entre otros, vamos a coadyuvar todo este tipo de información a los sistemas de alerta”, explica Zarate.

Los modelos predictivos que construye los comparte en la actualidad con la Secretaría de Protección Civil de Guerrero, “que están encantados por la información”, cuenta orgulloso el biólogo. “Lo que estamos haciendo sirve no solamente para salvaguardar la vida del ser humano, sino la infraestructura de la que dependemos, para que se protejan los ecosistemas marinos”, dice Barnard. Si dejáramos a la naturaleza coralina regenerarse por sí sola, “tardaría unos 200 años y en condiciones idóneas, que no las tenemos”. El principal problema que amenaza es la temperatura, “pero tenemos muchos otros factores de estrés, como la contaminación o el exceso de turismo”, lamenta el experto que lleva más de una década documentado la degradación de las aguas acapulqueñas y que está tratando de impulsar la creación de un Área Marina Protegida en la Isla de la Roqueta.

“Antes esta área estaba llena de coral, había mucho cuerno de alce. Y poco a poco ha ido desapareciendo, muriendo”, cuenta Andrés Abelino Zarate, al mando de la lancha y testigo del declive del ecosistema. De 42 años y conocido como El Pollo, es dueño de una empresa turística dedicada a la pesca deportiva y buceo, actividades a las que se ha dedicado desde niño, primero a pulmón, luego con equipo profesional. “Y he visto los cambios drásticos en mi bello y paradisíaco puerto”, cuenta el marinero, que participa en los proyectos de Bernard, a quien conoce desde hace más de 20 años. “Este proyecto de ciencia ciudadana sólo es posible con la ayuda de la comunidad, son los buzos quienes nos proveen de equipo, nos llevan en sus lanchas a tomar datos que también ellos recogen”, confiesa el biólogo.

Gran parte del financiamiento para sus proyectos lo saca de la venta de sus fotografías submarinas. Un dinero que también dirige a la restauración de corales, a cultivar fragmentos de coral en jardines submarinos. “Primero se propaga en viveros artificiales y después se plantan en el arrecife dañado. Después de muchos años, ¡ya empezamos a ver muchos reclutas!”, cuenta Bernard refiriéndose a las larvas de coral que sobreviven, la primera unidad necesaria para crear una colonia. “Esa zona ahorita está llena de vida. Hay mucho cirujano, damiselas, cardúmenes, pez trompeta, globos, puercoespín”, enumera El Pollo emocionado.

Guardianes del Coral de Acapulco planea trabajar de forma estrecha con científicos de la Universidad del Mar de Oaxaca. “De allá vienen casi todos los huracanes”, matiza Bernard. Según el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), más del 70% de los sistemas tropicales del país se forman o ingresan por esa región del Pacífico. “Por eso vamos a llevar nuestros sensores y los vamos a calibrar para intercambiar información”, cuenta el biólogo que pretende construir una red científica para entender mejor esa correlación entre las condiciones del mar y los fenómenos meteorológicos. “Entenderla bien va a llevar mucho tiempo. Se necesitan al menos unos 10 o 15 años de datos históricos para poder tener modelos predictivos robustos y fiables”, confiesa. Y, como la evidencia científica de los últimos años advierte, “a partir de ahora los huracanes serán más frecuentes e intensos; y la vulnerabilidad de la población será mayor”. La temperatura de la costa de Acapulco se encuentra inusualmente alta. “Otra vez hay un escenario ideal para un huracán como Otis”, sentencia Bernard.

Ya de regreso al muelle vuelve a señalar la sombra que proyectan los fragmentos de barcos hundidos en los fondos. A los pocos días de aquel salvaje ciclón, El Pollo, que estaba al mando de un yate pero que milagrosamente sobrevivió, fue uno de los buzos que se lanzó al mar a rescatar los cuerpos de los desaparecidos, entre ellos, tantos marineros que perecieron por quedarse esa noche a cuidar las embarcaciones. “La evidencia está ahí, la muerte blanca de los corales nos la está revelando, es terrible todo lo que podemos perder si no ponemos más atención en lo que está sucediendo y actuamos. Acapulco fue uno de los mejores ejemplos de que la catástrofe estaba anunciada y no hicimos caso”.

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