El Cinturón Volcánico Transmexicano pone en vigilancia sísmica a casi la mitad de la población del país
Un entramado de fallas activas, sismicidad lenta y volcanes en aparente calma obliga a repensar la alerta temprana y redefine la forma en que el país se prepara ante desastres

La noche del 28 de marzo de 1982, el volcán Chichón, en Chiapas, rompió siglos de silencio con una erupción que nadie en la región esperaba. En cuestión de horas, las comunidades zoques aledañas quedaron sepultadas bajo toneladas de ceniza, rocas y nubes ardientes de gas. Más de 2.000 personas murieron y decenas de miles abandonaron sus pueblos para siempre. “Fue realmente un antes y un después para las comunidades y para su organización”, recuerda Patricia Jácome Paz, doctora en Vulcanología por la UNAM. Escuelas, templos y clínicas se derrumbaron, las cosechas desaparecieron y el paisaje se transformó en un cráter humeante con un lago turquesa en el fondo.
Aquella explosión, una de las más letales en la historia reciente de México, fue también una dura lección sobre lo que late bajo el sur y el centro del país: un sistema volcánico y sísmico que, pese a su aparente calma, sigue muy vivo. Parte de esta red es el Cinturón Volcánico Transmexicano (CVT), una franja que cruza el territorio de este a oeste, desde la costa del Pacífico hasta las proximidades del Golfo de México. Se extiende a lo largo de unos 1.000 kilómetros y sobre él se asienta aproximadamente el 40% de la población, concentrada en urbes como Ciudad de México, Puebla y Guadalajara. Encadena volcanes emblemáticos —Popocatépetl, volcán de Colima, Pico de Orizaba, Paricutín— con un entramado de fallas capaces de generar sismos incluso en zonas alejadas de las costas. Aunque el Chichón se ubica en el arco volcánico chiapaneco, fuera de esta franja, comparte el mismo contexto tectónico que alimenta al CVT.
“La gran mayoría de la población mexicana, quizá más del 70 o 75%, vivimos cerca de volcanes”, explica Jácome. “Vivimos en un país altamente volcánico. No quiere decir que siempre estemos en riesgo, pero sí que nuestra convivencia diaria, incluso la configuración socioambiental, ha dependido de los volcanes: la fertilidad de los suelos, las recargas de agua”.

Lo que hace singular al Cinturón Volcánico no es solo su longitud, sino cómo y dónde se formó. En la mayoría de las cadenas volcánicas del planeta, los volcanes se alinean casi paralelos al borde en el que una placa se hunde bajo otra en el océano. En México, en cambio, esta franja cruza ese borde en diagonal: las placas de Cocos y Rivera se deslizan bajo la placa Norteamericana a velocidades distintas.
Es como si dos filas de coches chocaran de frente, pero no perfectamente alineadas, sino de lado y en diagonal: los impactos no se reparten igual en toda la fila ni ocurren al mismo tiempo. El resultado es un patrón de sismos y erupciones que no es uniforme ni fácilmente predecible.
En los últimos años, investigaciones del Instituto de Geofísica de la UNAM han puesto el foco en procesos que ocurren sin llamar la atención en la superficie. Uno de ellos son los llamados eventos sísmicos lentos: deslizamientos que se desarrollan durante semanas o meses en zonas de subducción (donde una placa tectónica se hunde por debajo de otra). Estos episodios han sido especialmente documentados en Guerrero y Oaxaca.
Aunque muchas veces no se perciben como temblores, la red de monitoreo ha permitido detectar deformaciones en la corteza de entre 10 y 15 milímetros. Es una especie de respiración lenta del subsuelo que, según los especialistas, puede influir en la gestación de sismos mayores a lo largo del tiempo. Esta sismicidad silenciosa se suma a los movimientos cotidianos que sí sienten las ciudades del cinturón, como la capital del país, y obliga a repensar cómo se monitorean las fallas activas y qué indicadores deberían incorporarse a los sistemas de alerta temprana.
Jácome subraya que sismos y volcanes son dos caras de un mismo entorno tectónico, pero no un mecanismo de causa-efecto directo: “Este marco nos da dos fenómenos: una sismicidad continua, con bastante actividad sobre todo en la costa, y un eje volcánico activo que cruza el país”, explica.
Un laboratorio a cielo abierto
Volcanes como el Chichón alternan largos periodos de calma con fases de reactivación súbita. Desde su erupción en 1982, el coloso chiapaneco se ha convertido en un laboratorio natural para estudiar cómo se comportan estos sistemas tras un gran evento y qué señales pueden anticipar un nuevo ciclo de actividad.
Por décadas, sin embargo, el monitoreo fue incompleto. “Durante muchos años, lamentablemente, las redes sísmicas, que eran el principal monitoreo que tenían, no estaban funcionando correctamente o tenían muchas discontinuidades”, admite Jácome. “Sí hay una ignorancia nuestra, de la sociedad y del gobierno, en cuanto a muchos momentos en que el volcán pudo haber tenido cambios que no detectamos; la detección fue sensorial porque nadie estaba midiendo de ningún modo”.
Instituciones como Cenapred y la UNAM han reforzado la vigilancia del Chichón. Las observaciones apuntan a una evolución clara del sistema: “El color del lago ha cambiado de algo más verde, dominado por algas, a un turquesa gris asociado a sílices y sulfatos”, detalla la especialista. “Hemos detectado la aparición de fumarolas en lugares donde antes no las había, con precipitados amarillos de azufre, y un aumento importante en las emisiones de gases; en 2025 tuvimos los valores más altos jamás reportados de sulfuro de hidrógeno, dos órdenes de magnitud por arriba de lo medido en 2021”.

A ello se suma un enjambre sísmico activo desde junio de 2025 bajo el edificio volcánico, cuyos momentos más intensos registraron más de 100 sismos al día. “Claramente lo que podemos decir ahora es que hay un cambio en el sistema, un cambio de actividad”, afirma. El mensaje de la comunidad científica ha sido constante: no se trata de alarmar a la población con la premisa de una erupción inminente, sino de reconocer que el sistema sigue activo y que cualquier cambio debe ser detectado y comunicado a tiempo.
Un riesgo que también es político
La vigilancia coordinada del Chichón convive con carencias estructurales de presupuesto e infraestructura científica. “El monitoreo se ha mantenido con esfuerzos de universidades y reactivos”, precisa Jácome. “Se han sometido proyectos importantes de reforzamiento y hay cada vez más conciencia de la necesidad a nivel gubernamental, pero no ha habido una asignación presupuestal”.
La falta de datos continuos también condiciona el uso de herramientas tecnológicas emergentes, como la inteligencia artificial. En otros volcanes, como el de Colima, grupos de investigación ya han utilizado algoritmos para reanalizar series sísmicas y detectar patrones no evidentes. “La IA se ha incluido sobre todo en el análisis de datos y la detección de señales que indicarían algún proceso”, explica. “Nos da la posibilidad de reanalizar, reencontrar patrones, hacer entrenamientos de identificaciones sistemáticas y acelerar estas detecciones; pero esto parte de tener datos. Si lo vamos a hacer para monitoreo, lo importante primero es tener aseguradas las redes de monitoreo con datos continuos en el tiempo”.
Por su parte, el cráter del Chichón se ha convertido también en un destino turístico informal, con visitantes que descienden hasta la orilla del lago sin plena conciencia de los riesgos asociados a un ambiente cargado de gases sulfurosos. En ese contexto, la relación entre autoridades y población ha empezado a cambiar en Chiapas. “En 2020, cuando nos reunimos la primera vez, había comunidades que ni siquiera estaban en los planes de evacuación; eran comunidades que sabíamos que existían porque las visitábamos como vulcanólogos, pero para Protección Civil no existían en sus mapas”, cuenta Jácome. “A partir de ese año se dieron a la tarea de visitar a todas las comunidades que pudieran ser afectadas, hicieron mapeos comunitarios importantes y han generado una vinculación a través de comités comunitarios humanitarios, formados y capacitados en protección civil”.
Además de simulacros y planes de evacuación, la recomendación a la población es clara: reportar sin pánico cualquier cambio inusual. “Es importante que se reporte si se notan olores que no se habían olido antes o cambios en la coloración del agua”, dice. “Detectar sensorialmente un sismo no significa que haya que entrar en alarma, sino acudir a medios oficiales y dar seguimiento con Protección Civil y con los comités humanitarios”.
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