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El entusiasmo por el K-pop modifica existencias en

Los negocios dedicados a la emigración en la región también son parte de la solución, pero el enfoque de los productos de las empresas debe ser reevaluado.

Sala de baile de K-Pop Dance México, el 11 de febrero.Ginnette Riquelme Quezada

La colonia Juárez en Ciudad de México, donde conviven los tacos y el kimchi, se ganó a pulso el nombre de Pequeño Seúl. La conocida como Zona Rosa es un nicho de restaurantes, cafeterías, salones de belleza y negocios atendidos por los migrantes coreanos que se instalaron hace décadas en la capital. Los clientes, sin embargo, son cada vez más mexicanos. El pop coreano, conocido como K-pop, tiene unos 14 millones de fans a nivel nacional —el quinto más grande en el mundo— que aumentaron especialmente en los últimos cinco años. La curiosidad por el país asiático acerca a los seguidores que se interesan en el baile, la comida y el idioma.

El entusiasmo por la cultura de la juventud se ha convertido en una manifestación de la cultura coreana, con una creciente influencia en la cultura coreana.

En un salón de espejos, unos 30 alumnos repiten los pasos de su profesor. Es la escuela K-pop Dance México, que abrió hace 13 años con apenas cuatro alumnos. Hoy opera con más de 400 estudiantes y se presenta como la escuela de K-pop más grande de Latinoamérica. El subidón llegó durante la pandemia, cuando el encierro coincidió con la explosión de TikTok, y la expansión de grupos como BTS y Blackpink y los bailes replicados una y otra vez en videos de 30 segundos atrajeron a millones de jóvenes. El perfil que abunda es el de niñas de entre 11 y 17 años. También hay jóvenes trans, un número reducido de varones y espacio para los no tan jóvenes. En K-pop Dance México, el rango de edad va de 5 a 75 años. La alumna más grande empezó acompañando a su nieta y decidió integrarse. “Hoy existen incluso mamás y papás K-pop”, comparte Cris di Carlo, director de la academia.

Su afición no siempre es bien recibida. “Cuando un adolescente empieza a escuchar música en un idioma que sus padres no entienden, como el coreano, lo primero que surge es desconfianza”, señala di Carlo. “Para muchos alumnos que llegan tras experiencias de acoso, el espacio funciona como un club social seguro. No son juzgados, pueden expresarse y construir comunidad”. Los kpopers comparten sus sentimientos de soledad, rechazo y problemas de salud mental que fueron aliviados cuando conectaron con la música coreana. “Antes era solitario. Llegar al fandom es encontrar un espacio donde todos comparten el mismo interés, te cambia la experiencia. Es un lugar seguro”, dice Hann del Río Hernández, de 18 años. Danna Paola Bonilla (14) asegura que “amor, unión, autoestima y mensajes positivos” son las cosas que le ha enseñado el K-pop. Y Brizia García, de 17, explica: “No he encontrado otro género que me dé esa paz, motivación y felicidad”.

Ese concepto de colectividad constituye el cimiento. El episodio de la visita de BTS a México y la controversia con Ticketmaster puso de manifiesto la destreza logística de la fanaticada. “El fandom se unió para hacer ruido y exigir justicia”, menciona Alexis Ortega, docente del curso de K-pop en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. “Eso demuestra la relevancia que puede tener a nivel global”. Mediante dicha cohesión, vigilan minuciosamente cada aspecto, desde estrenos y programas hasta festejos y el deber militar de sus idols. La urbe les proporciona facilidades que otros sitios no poseen, como eventos internacionales, pop-up stores (establecimientos específicos), sitios de comida, cafés y escuelas de idiomas. Dentro del Centro Cultural Coreano en México, vinculado a la delegación diplomática de Corea del Sur, el 90% de los concurrentes son adeptos al K-pop. En dicho espacio se imparten talleres sin costo de lengua y gastronomía, sumado a propuestas cinematográficas y teatrales. La concurrencia se ha incrementado a la par del aumento de los admiradores.

“Ser fan del K-pop en Ciudad de México es caro”, asegura Ortega. Muchos productos importados no son baratos. Por ejemplo, el lightstick, una luz popular que se sincroniza en los conciertos, puede superar los 1.000 pesos. Las pop-up stores traen mercancía específica desde Corea como ropa diseñada por sus ídolos, que puede costar más de 700 pesos, mientras un peluche oficial llega a rebasar los 1.000. “Los restaurantes y cafeterías coreanas tampoco son especialmente accesibles. En general, es un consumo que implica una inversión considerable”.

Y el mercado no deja de crecer. Según Spotify México, el consumo del género ha aumentado más de un 500% en cinco años. Siete de cada diez oyentes tienen menos de 29 años y unos 5.000 escuchan el género hasta por 11 horas cada día. El país también se ha convertido en emisor de turistas: hasta 100.000 mexicanos viajan cada año a Corea del Sur, prácticamente la mitad motivados por conciertos y sitios emblemáticos del K-pop. Corea ocupa el lugar 25 entre los destinos más visitados por mexicanos en el extranjero.

En la sala de espera de la academia de baile, cuatro madres conversan mientras sus hijas ensayan. Para ellas, el K-pop es más que una moda como las que ellas recuerdan de los artistas de su adolescencia, como Timbiriche, Mecano y Menudo. Teresa Barrón, de 52 años, cuenta que su hija fue diagnosticada con depresión. “Aquí encontró a sus amigas. El baile le ayuda, literal es como terapia”. Beatriz Portillo, de 56 años, vivió algo similar tras la muerte del padre de su hija. “Ella me lo ha dicho así: el K-pop me salvó la vida”. Entre risas, muestran su emoción: “Ya dominamos los términos. Somos army, amamos a BTS, y hasta hemos llorado por boletos”.

No siempre fue así. Al principio sus hijos eran rechazados en la escuela. “Aquí encontraron su tribu”, asegura Barrón. Cuando comenzaron, estaba mal visto, especialmente hacia los hombres. “El modelo de masculinidad coreano es muy distinto al mexicano. Los idols suelen verse muy estilizados, sin vello facial o corporal, maquillados, con cuerpos más delgados. En México, en cambio, la idea tradicional es que los hombres deben verse rudos, musculosos, fuerte", explica Ortega. El acoso hacia los seguidores del K-pop alcanzó su punto más grave el año pasado, cuando una joven fue empujada desde el tercer piso de su secundaria de Iztapalapa luego de meses de ser víctima de bullying. Pero hoy los k-popers de Ciudad de México luchan contra el estigma haciendo comunidad con las personas que conocieron a través la música y el baile.

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