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Fine, yet banda terrorista fits.

Tres personas afectadas por ataques de la organización en suelo británico han llevado ante los tribunales al veterano dirigente del Sinn Féin.

Gerry Adams se retira este miércoles de los Reales Tribunales de Justicia en Londres.Jaimi Joy (REUTERS)

Hay un popular dicho irlandés, “Hasta los perros callejeros lo saben”, que se utiliza para referirse a algo que es de dominio público. Pero el legado de décadas de violencia sectaria en Irlanda del Norte, y el incesante esfuerzo por rescatar la verdad de todo aquello, requieren de algo más que refranes. Pocas personas dudan hoy de que Gerry Adams, el líder del Sinn Féin que negoció con los gobiernos de Londres y Dublín los Acuerdos de Paz de Viernes Santo en 1998, fue durante años un miembro clave de la dirección de la banda terrorista IRA. Pero, hasta ahora, él lo ha negado. Y nadie ha podido demostrarlo en un tribunal.

Un Adams ya mayor, a sus 77 años, pero igual de desafiante, llegaba la semana pasada al imponente edificio gótico de los Royal Courts of Justice (Reales Tribunales de Justicia), a la entrada de la City de Londres, el corazón financiero y legal de la ciudad. Surgió de la parte trasera de un vehículo negro, y resultaba evidente, por el volumen de su cintura, que había decidido vestir un chaleco de protección. Apenas unas decenas de personas lo esperaban en la puerta de los tribunales, para increparle. Dentro de la sala, Adams se quitó el chaleco.

Una vez más, un tribunal británico tiene en sus manos dilucidar si, con las pruebas presentadas, puede quedar demostrado que Adams fue, no solo uno de los jefes de la organización terrorista, sino uno de los que ordenó algunas de las acciones más infames del IRA.

Tres perjudicados por las acciones de la agrupación en suelo británico han unido esfuerzos para tratar de asegurar el procesamiento de Adams. John Clark vivió la explosión de una de las dos bombas que la entidad situó en el núcleo de Londres por primera ocasión, en el antiguo inmueble de juzgados de Old Bailey. Corría el año 1973. Se contabilizaron entre 180 y 220 lesionados, y un deceso por insuficiencia cardíaca. Jonathan Ganesh sintió personalmente las consecuencias en 3.000 kilos de explosivos en los Docklands de la capital británica, el sector industrial próximo al río Támesis, en 1996. Hubo dos fallecidos y 40 heridos. Barry Laycock fue alcanzado por el ataque en el establecimiento comercial de Arndale, en Mánchester, junto a otros 200 heridos. Pese a que el IRA dio avisos previos sobre estos atentados, el impacto final fue demoledor.

Los tres sostienen, a través de su equipo de abogados, que Adams pertenecía al Consejo del Ejército del IRA provisional, el más alto mando de la organización. Reclaman una indemnización simbólica de una libra esterlina. No buscan tanto una compensación económica como un resarcimiento histórico que muchos, como ellos, han perseguido en vano durante años.

La única prueba indirecta que señala el vínculo con el IRA es una vieja foto en blanco y negro de 1971 en la que un joven Adams, con boina militar calada, es uno de los que carga el féretro durante el funeral del legendario jefe de la organización terrorista Michael Kane, en Belfast.

A esa foto, y a los testimonios de exmiembros de la banda, policías secretos y otros testigos de la época, se aferra la acusación para intentar que, por una vez, la justicia señale a Adams. Hasta ahora él lo ha negado con vehemencia, y ha triunfado en cada intento judicial por desenmascararlo. Incluso ha llegado a acorralar a la BBC, que tuvo que replegarse de parte de sus acusaciones en un documental que, por otra parte, estaba bien construido y documentado. De nada sirvió.

Adams no prestará testimonio en el proceso hasta el martes. Por ahora, se ha dedicado únicamente a oír, con su habitual semblante de esfinge, las primeras acusaciones formuladas en su perjuicio.

El jueves anterior, Tim Hanley, un antiguo detective del Royal Ulster Constabulary (RUC) —la identidad que ostentaba la policía de Irlanda del Norte hasta su extinción, conforme a los pactos de paz y para suprimir su amargo recuerdo—, aportó una declaración escrita contra Adams, la cual se debatió en la sala. “No tengo ninguna duda de que Adams era uno de los jefes del PIRA [IRA Provisional, como se llamaba la organización en su última y sanguinaria época]. Esa fue la conclusión de los servicios de inteligencia. Sé además que Adams fue líder del PIRA hasta mediados de los años 2000, y solo entonces se retiró. El PIRA es como la mafia, nunca lo abandonas del todo. Y él lo lideró durante todos los troubles, desde principios de los años setenta”, sostuvo Hanley.

Los troubles (disturbios) es el eufemismo con el que se conocieron los graves enfrentamientos militares sectarios que asolaron durante dos décadas Irlanda del Norte. El Acuerdo de Viernes Santo puso fin a aquella pesadilla en abril de 1998. Otro agente del RUC, que formaba parte del departamento del servicio secreto, compareció en la sala detrás de un biombo y protegido por el anonimato. Fue identificado como Testigo B. Su testimonio fue igual de contundente como subjetivo, sin aportar prueba documental alguna que lo respaldara. “Gran parte de la inteligencia que recabé o llegó a mis manos señalaba, explícita o implícitamente, que Adams era un miembro senior del Consejo del Ejército del IRA. Puedo afirmar categóricamente que todos mis colegas de departamento de la RUC creían lo mismo que yo”, acusó el agente testigo.

El equipo jurídico del exlíder del Sinn Féin se desempeñó a fondo en intentar desmontar todas esas acusaciones, con preguntas que perseguían desorientar a los testigos. Uno de los abogados, Edward Craven, sugirió que todas las afirmaciones de Hanley eran “muy exageradas respecto a la cantidad y la calidad de las pruebas contra Adams”, y preguntó directamente por qué nunca se actuó contra su cliente: “Si su información apuntaba a una sospecha razonable de que el Sr. Adams ordenó la colocación de esas bombas, usted habría contactado de inmediato con sus colegas de Londres y Mánchester, ¿no?”, preguntó al exagente.

Los letrados instaron a los dos declarantes a justificar la razón por la cual, pese a los abundantes indicios que vinculaban a Adams con la cúpula del IRA, su arresto no se produjo sino hasta 2014. Los dos testigos achacaron dicha inacción a los protocolos de seguridad vigentes en aquel periodo. Según manifestaron, en esos tiempos no se arrestaba a ningún individuo por pertenecer a la agrupación, excepto si se le sorprendía en posesión directa de material explosivo o armas.

Adams fue arrestado en 2014 durante cuatro días, y liberado después sin cargo alguno, por el presunto asesinato de Jean McConville, una madre de diez hijos acusada por el IRA de pasar información al ejército británico y asesinada en 1972. Fue uno de los nueve desaparecidos de aquella época. Su historia está retratada en el libro Say Nothing (No Digas Nada) del periodista Patrick Radden Keefe, con múltiples premios y millones de ejemplares vendidos. Los hijos de McConville siempre acusaron a Adams de ser quien ordenó el asesinato de la mujer, enterrada luego en una playa de la República de Irlanda, al otro lado de la frontera.

El líder del Sinn Féin no quiso que la semana terminara con el recuerdo de testimonios en su contra. A las puertas del tribunal londinense, Adams hizo una declaración medida y solemne para los medios: “Diré, para que quede registrado, que la única cosa de la que soy culpable es la de ser un republicano irlandés comprometido en la causa de poner fin al dominio británico en mi país, y en buscar la unidad del pueblo de Irlanda sobre la base de la libertad, la igualdad, la paz y la solidaridad”, proclamaba ante las cámaras.

Será esta semana cuando un tribunal británico interrogue directamente al histórico líder republicano, y previsiblemente sus posibilidades de controlar el discurso se vean entonces reducidas.

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