El fin de la Edad de la Ceniza
La guerra contra Irán pretende poner fin a la era de inestabilidad abierta en 1979 con la revolución iraní y el asalto a La Meca

El año 1979, que arrancó con noticias agridulces, acabaría como el primero de lo que podemos llamar “la Edad de la Ceniza”, un prolongado y sombrío periodo de inestabilidad, miseria y violencia que trocó el mundo y sus reglas, y que hoy parece escribir uno de sus capítulos finales. Iniciado febrero, el exiliado gran ayatolá Ruhollah Jomeiní aterrizaba en Teherán en el clamor de las multitudes y ponía fin a la revolución popular desatada por el partido comunista Tudeh y de la que él, ladinamente, había sabido apropiarse para derrocar la dictadura del último shah de Persia, Mohamed Reza Pahlevi.
Estados Unidos perdía así su principal aliado en Oriente Próximo en un momento crucial, en el que creía que podía cambiar el curso del largo y enquistado conflicto regional. Aun así, apenas un mes después, Egipto e Israel rubricaban el acuerdo de paz negociado un año antes, considerado por la Casa Blanca la piedra angular de esa anhelada estrategia.
Otros dos hechos históricos acaecidos en los dos últimos meses de ese año malhadado convertirían 1979 en el principal punto de inflexión de nuestro tiempo. El 20 de noviembre, un grupo mesiánico suní asaltó la Gran Mezquita de La Meca, declaró hereje a la monarquía saudí y anunció la llegada del Mahdi (el imán oculto) y el fin de los tiempos. La ocupación del lugar más sagrado del islam acabó el 4 de diciembre con un baño de sangre en el que participaron tropas de asalto francesas; el ahorcamiento público de su líder, el extremista wahabí Juhayman al Otaibi, y una herida abisal entre la autocracia saudí y los movimientos más rigoristas que se ha dejado de profundizar con el tiempo.
Aquel mismo año que descubrió a Maradona concluyó con otro hecho histórico esencial para entender lo que ocurre hoy en Irán: la última semana, tropas soviéticas cruzaban el río Amu Daria y arrancaba una cruenta ocupación de Afganistán que se prolongaría una década. La pérdida del gendarme iraní, sumada a la ambición imperialista del Kremlin y el temor a la inestabilidad extremista en la península arábiga, demandaron una nueva estrategia. De ella surgió el conocido “puente de los muyahidin”, un plan coordinado por la CIA y el Mosad con sus nuevos aliados regionales —Arabia Saudí y Pakistán, temerosos de la revolución en Irán— para instruir y enviar al frente afgano a decenas de radicales islámicos.
Uno de aquellos “combatientes de la libertad”, como los bautizó el exsecretario de Defensa Donald Rumsfeld, fue Osama Bin Laden. Pero también el egipcio Ayman al Zawahiri. Las dictaduras árabes vieron en aquel plan una vía para deshacerse de los miles de extremistas que les amenazaban, miembros de organizaciones como los Hermanos Musulmanes. Acabada la guerra, la mayoría de ellos regresaron a sus respectivos países, pero en ninguno de ellos fueron recibidos como héroes de la lucha contra el diablo comunista, sino con suspicacia y rechazo. Esa frustración y abandono abonaría el surgimiento en los años noventa primero de Al Qaeda, y después de su hijo bastardo, el Estado Islámico.
En este tiempo, Irán no solo resistió, sino que afianzó su régimen rigorista —principalmente gracias a la guerra impuesta con Irak—, y se convirtió en uno de los principales adalides de la ofensiva contra el imperialismo. Forjó alianzas con Rusia y China, expandió su influencia a Líbano y Siria y comenzó a convertirse en una potencia regional, asida a su riqueza petrolera.
En esta lógica belicista sucedieron los atentados del 11-S en Washington y Nueva York, y la decisión que completaría el círculo de violencia y desigualdad que desde 1979 atribula la cuna de la civilización: George W. Bush logró poderes especiales para lanzar cualquier ataque sin la aprobación del Congreso, si el objetivo, o la excusa, era luchar contra el terrorismo internacional. Ninguno de sus sucesores revocó la orden, aprovechada igualmente por Trump para autorizar la ansiada operación de Israel contra Irán. Una reforma legal y un contexto geopolítico que han inundado Oriente Próximo de sangre y fuego, y de miles de rescoldos de rabia que, cuando las armas callan, quedan vivas bajo toneladas de ceniza.
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