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POLÍTICA
Opinión

La soledad de Europa no es una condena, es una liberación

Estados Unidos y Rusia están conduciendo el mundo hacia un lugar distinto al que se soñó desde Europa. E incluso quienes deberían venerar los valores del Viejo Continente, como la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, hacen amagos de ceder ante la nueva ola imperialista. La UE se ha quedado sola. Pero en esa soledad está su fortaleza para renacer como la última barrera defensiva contra la deriva fascistoide

Eva Vázquez

Cuántas veces nos lo hemos repetido en nuestro fuero interno, con un gesto melancólico mientras bebemos a sorbos nuestro campari bien agitado? Por el este nos amenaza la Rusia de Putin; por el oeste, los Estados Unidos de Trump, después de abandonarnos, insultarnos y sabotearnos, se han convertido también en una amenaza; nuestra influencia en el resto del mundo no deja de disminuir. Solos, debilitados, consternados. Así nos sentimos. Así nos vemos a nosotros mismos. Parece que todo nuestro pasado glorioso nos hubiera olvidado. “Europa, esa pequeña península del continente asiático”. Nuestra rabia da la razón al sarcasmo de Paul Valéry, el gran poeta europeo del siglo pasado, él también olvidado. Ahora bien, ¿y si la soledad de Europa fuera una oportunidad? ¿Y si no fuera una maldición, sino una promesa?

En un libro reciente sobre Europa, El continente sin cualidades [que publicará en español Siruela], Peter Sloterdijk la describe como un escenario vacío. El gran filósofo alemán adopta una metáfora teatral y arroja luz sobre un fenómeno sin precedentes en la historia europea: la renuncia a toda ambición imperial. Durante milenios, la política europea se aferró, en versiones más o menos creativas, al guion fundacional del Imperium Romanum. De Carlomagno a Hitler, la Europa política fue “el teatro en el que se volvían a escenificar los sistemas de poder romanos”. Ese deseo provocó devastadoras guerras continentales de conquista y una violencia colonial obscena.

Después del apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial, Europa renunció al imperio en un pronunciamiento sin precedentes. El último país de Occidente que aspiró a recrear el Imperio Romano fue Estados Unidos. Y ese fue un cambio trascendental, porque, desde esta perspectiva, la segunda mitad del siglo XX inaugura una era en la que todavía estamos viviendo. Cuando el presidente francés se negó a que Estados Unidos se apropiara de Groenlandia y dijo “no a un nuevo imperialismo”, estaba renovando los votos de los padres fundadores de la Europa de la posguerra y reafirmando su renuntiatio ab imperio.

Una de las primeras escenas de este guion divergente que señala Sloterdijk se produce el octavo día de abril de 1341, Domingo de Pascua, en Roma. Ese día, Francesco Petrarca es “coronado” poeta e historiador supremo en una solemne ceremonia. La coronación de Petrarca es la escena paradigmática de otra Europa, distinta del poder político y eclesiástico. Yo la llamaría la Tercera Europa. La Europa que introduce en el mundo un formidable impulso ascendente, la “explosión del conocimiento”, en las famosas palabras de Peter Burke.

En suelo europeo se desatan las energías disruptivas del progreso: aprendizaje permanente, constante superación personal, libertad para la ciencia, competencia y comercio, sistemas innovadores en los ámbitos de las artes, las tecnologías y las instituciones gubernamentales. Siguiendo esta evolución, Europa comienza donde termina el poder político imperial romano y resurge de sus propias ruinas; es el denominado Renacimiento.

En este sentido, la genealogía de Europa es peculiar: no presenta una fecha de nacimiento concreta, sino muchas en las que vuelve a vivir. Europa no nace (ni muere) de una vez por todas. Renace una y otra vez. La Europa moderna —nuestra Tercera Europa— no se construye mediante la reencarnación política del Imperio Romano, sino por la supervivencia del núcleo de su cultura dentro de una civilización milenaria. Europa no es una geografía. Es una civilización.

El núcleo de esa civilización europea, a pesar de todas sus catástrofes, sus repetidos holocaustos y renacimientos, es el humanismo: la revolucionaria visión del mundo derivada de situar al ser humano en el centro del universo. Todos los logros morales y materiales de la civilización europea moderna emanan de esta visión, que en el Renacimiento tendió un puente —­transitable en ambas direcciones— hacia la Antigüedad. De ella descienden el reconocimiento y la defensa de los derechos humanos y su inviolabilidad por parte del poder político y religioso. En otras palabras: la libertad es la dignidad de la persona. La Europa moderna nace y renace cada vez que un individuo, movido por pasiones creativas, reivindica su libertas frente al poder religioso y el poder político. Esta génesis diferida, esta tarea sin fin, como dice Sloterdijk, “consiste en desaprender gradualmente la sumisión”. En resumen: la democracia liberal.

No podemos extraer conclusiones sin mencionar, al menos por un instante, el lado oscuro de la luminosa explosión de conocimiento impulsada por el humanismo europeo, es decir, los imperios coloniales europeos. Estamos hablando del eje central de la historia mundial moderna. Esto no es un elogio, sino un hecho. Pero también es importante reconocer que el humanismo europeo engendró, al mismo tiempo, un sistema de conocimiento y pensamiento comprometido con el ejercicio de la crítica y la limitación constantes del poder político. Los pueblos oprimidos por la política europea recibieron de la propia Europa las herramientas culturales para su liberación.

Para afrontar la crisis actual, debemos ser plenamente conscientes de que nuestra época representa el fin de esa historia de dominación. Vivimos en el ocaso de una era. A principios del siglo XXI, por primera vez en 500 años, Occidente ha dejado de ser hegemónico. Desde luego, Europa no lo es. Y creo que todavía no se han evaluado ni apreciado por completo las inmensas consecuencias psicopolíticas de este ocaso.

Las toxinas del resentimiento, la venganza y el odio político, que están volviendo a circular a principios del siglo XXI por las venas de una Europa que ha perdido su antigua hegemonía, ya asolaron el siglo pasado. Nosotros, los europeos, ya las conocemos: ya envenenaron nuestras vidas en el siglo XX.

Por ejemplo, al leer un breve ensayo titulado Problemas de Europa, escrito en 1935 por Marc Bloch —un héroe intelectual del humanismo antifascista—, llaman la atención, casi hasta el asombro, esas similitudes. Bloch comenta y critica las posiciones que surgieron en una conferencia sobre Europa que organizó la Real Academia de Italia para conmemorar el décimo aniversario de la Marcha sobre Roma y a la que asistieron conocidos representantes de la ideología nazi-fascista, como Alfred Rosenberg, el principal teórico del antisemitismo nazi. La idea de Europa, argumentaban los participantes, era “una idea de crisis”. Una idea de pánico, especifica Bloch: “El miedo a morir de hambre, por la competencia que surge por todas partes y amenaza a las grandes industrias europeas; el miedo a las revueltas que agitan las antiguas hegemonías coloniales; el miedo a ver nuestras naciones invadidas por unas formas sociales que, de momento, son muy diferentes a las nuestras…; en definitiva, el miedo a nosotros mismos y a nuestra discordia”.

¿Cómo no vamos a oír un eco inquietante de estas fórmulas tóxicas en los eslóganes de los líderes populistas soberanistas de hoy? ¿Y en los poderosos flujos de resentimiento que embriagan a diario de melancolía a millones y millones de votantes? Una sensación de traición, de derrota, de abandono, de despojo, de peligro, de declive, de amenaza: decepción, rencor, odio vengativo, miedo al empobrecimiento, miedo al extranjero, miedo a la invasión. Miedo a un mundo vasto y terrible en el que uno ya no se siente en casa porque ya no es el dueño de la casa.

Varios de los principales representantes de la ideología nazi-fascista, reunidos en 1932 en la presuntuosa Roma neoimperial de Mussolini para reflexionar sobre el futuro del Viejo Continente, coinciden en una definición de Europa basada en el miedo. Su objetivo era luchar contra su propio declive, en un desesperado y desastroso intento de restablecer el dominio europeo sobre el planeta. Ya sabemos lo que vino después. Por consiguiente, sabemos exactamente lo que no debemos hacer, sentir ni pensar.

Así que sigamos bebiendo nuestro campari agitado si queremos, pero borremos esa mueca melancólica de nuestros labios. Más nos vale prepararnos para dar la bienvenida al declive definitivo de la hegemonía imperialista de Europa.

En el año del Señor de 2026, Europa vuelve a ser una idea de crisis, de pánico. Una crisis que tiene dos caras.

En el frente externo, la identidad de Europa como potencia política decididamente posimperial la deja a merced, en diferentes niveles, de la agresividad neoimperialista de Rusia, Estados Unidos y China, es decir, de todas las demás potencias que ocupan hoy el tablero geopolítico. A este lado encontramos la soledad de Europa. Y soledad, en este caso, significa no solo la falta de amigos, el debilitamiento o la ruptura de las alianzas tradicionales, sino sobre todo su singularidad. Desde que un presidente escandalosamente autoritario y antidemocrático y brutalmente neoimperialista ocupa el ala oeste de la Casa Blanca, Europa es la única potencia económica y política mundial que sigue defendiendo los valores de la democracia liberal que, a través de una historia larga, sangrienta y tormentosa, la llevaron a renunciar al imperio.

Desde el punto de vista interno, de Europa como idea de crisis, nos encontramos con otra inflexión de la misma psicosis de asedio: la triste pasión de millones de ciudadanos que se sienten solos y atenazados por el miedo a una inmigración desregulada y anormal, que perciben como una auténtica y devastadora invasión. Esta pasión tan tóxica es uno de los grandes factores que alimentan el auge de los partidos soberanistas xenófobos, antiliberales y antidemocráticos que pretenden construir un muro a base de enarbolar la bandera de una identidad europea atávica, es decir, la bandera de una Europa hegemónica y colonizadora, no colonizada.

En los dos aspectos de la crisis europea, esta soledad implicaría —de acuerdo con lo que escribió Bloch en 1935— el fin de la “inmunidad” que ha protegido a Europa durante siglos frente a cualquier hipotética invasión, los siglos de hegemonía durante los que Europa pudo prosperar siguiendo “una evolución continua, que ningún ataque exterior, ninguna irrupción de pueblos extranjeros vino a perturbar e interrumpir”.

¿Y cómo salimos de esta situación?, preguntarán. No salimos. Esa es la cuestión. No hay refugio, no hay vuelta atrás. Seguimos avanzando por nuestro camino solitario, con la cabeza bien alta y, si es posible, acelerando el paso.

Este camino no es la opción obvia: el pasado lunes la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, intentó dinamitarlo al asegurar que “Europa no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido”. Tuvo que corregirse dos días después, tras la crítica de líderes como el presidente del Consejo Europeo, António Costa.

Con su resignación ante el nuevo escenario global, Von der Leyen olvidaba algo importante. La soledad de Europa no es una condena: es una liberación. Nos obliga a ser completa y definitivamente nosotros mismos. Nos permite, por fin —y al mismo tiempo nos obliga—, apostarlo todo por la Tercera Europa de la civilización humanista contra los residuos tóxicos del imperio. La Tercera Europa es una herencia del pasado, pero, sobre todo, una tarea para el futuro. La identidad que estamos formando hereda el antifascismo democrático de los padres, el humanismo de los antepasados y el magisterio de los antiguos y, con esa herencia, abre una perspectiva: “El respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados”. La cita es del ya famoso discurso del primer ministro canadiense —es decir, no europeo—, Mark Carney, en Davos, en el que enumeró y reivindicó con orgullo algunos de los valores que deben guiarnos para convertirnos en lo que somos. Y cito a Carney a propósito, porque la soledad de Europa, que en mi opinión debemos cultivar, no debe ser aislamiento, ni mucho menos, sino todo lo contrario: la máxima apertura. En este sentido, la Unión Europea es el único centro de poder político del mundo que puede —y, por tanto, debe— oponerse a la actual deriva fascistoide del Gobierno de Estados Unidos. Rusia y China, desde luego, no lo van a hacer.

En cualquier caso, la breve lista de Carney puede y debe ampliarse. Es una lista abierta desde el principio: pacifismo atemperado, ecologismo razonable, multilateralismo, capitalismo regenerativo, la defensa de las instituciones democráticas frente a todas las tendencias autoritarias, la defensa de nuestras mentes y las de nuestros hijos frente a la colonización digital aniquiladora que promueven los magnates de las grandes tecnológicas; unos depredadores casi omnipotentes y claramente entregados a un futuro poshumano y posdemocrático.

De esta lista abierta se deriva un proyecto político articulado, en parte ya materializado y en parte todavía a medio hacer. En primer lugar, para contrarrestar las presiones desintegradoras de los soberanismos internos, debemos completar el proceso de unificación política europea, con la implantación del voto mayoritario y la marginación de quienes no comparten los valores fundacionales, acompañado de la creación de sistemas defensivos comunes, es decir, una fuerza militar europea especializada en la defensa, no en el ataque. Este es un paso necesario no solo con el fin de tener la autonomía necesaria para hacer frente a posibles ataques, sino también para evitar que Estados Unidos nos arrastre a futuras guerras.

A continuación, Europa debe crear sin falta un nuevo sistema virtuoso de gobernanza y regulación de los flujos migratorios que respete los derechos humanos de los inmigrantes y la calidad de vida de las poblaciones locales que los acogen. Si no, será imposible frenar la ola soberanista xenófoba.

Por último, pero no menos importante, Europa debe derribar las barreras internas y aumentar la productividad, sobre todo con inversiones en cultura, investigación, juventud e innovación, para volver a ser el epicentro de una “explosión de conocimiento” virtuosa, benigna y no violenta. El camino para convertirnos en lo que somos es largo, sin duda, y probablemente tortuoso, pero está señalado con toda claridad.

“Conviértete en lo que eres” es hoy un eslogan publicitario (una vez lo vi utilizado para promocionar una conocida marca de ropa deportiva), pero empezó siendo una máxima disruptiva que Friedrich Nietzsche tomó de una oda de Píndaro. Y es precisamente otro célebre aforismo del gran filósofo alemán el que nos ofrece una conclusión provisional y un programa general para el futuro: “La grandeza del hombre reside en que es un puente y no una meta. Del hombre se puede amar que es una transición y una puesta de sol. Amo a aquellos que no saben vivir más que hundiéndose”.

Eso es. Los europeos, en este turbulento periodo del siglo XXI, debemos aprender a amar el ocaso de nuestra hegemonía; debemos perseverar en el arte humanístico de vivir en pleno declive. Debemos aprender a amar la soledad de Europa.

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